La Palta

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Volver al barrio 40 años después

La casita del barrio Ciudadela Sur se llenó de gente. Con abrazos apretados se mostraban esas emociones que no se pueden definir entre la tristeza y la alegría. Entre el dolor y el alivio. En esa casa, en ese barrio, una tarde de abril de 1976, los ‘Ututos’ fueron secuestrados. Miguel Ángel y Victor Hugo Sosa permanecieron desaparecidos por 40 años. En julio de este año sus restos fueron identificados y el sábado pasado, los ‘Ututos’ volvieron al barrio.

“Mi papá cuando era chico salía a la hora de la siesta a molestar y a jugar en la calle. Se ponía a remontar volantines o a las bolillas”, contó el hijo de Miguel Ángel Sosa. Así explicó cómo su padre, por no respetar el sagrado momento de la tarde tucumana, se ganó el apodo que se hizo extensivo a sus hijos. “Siempre nos dijeron los ututos, hasta hoy en día seguimos siendo los ututos”, recordó.

Dos cajitas de madera contenían los fragmentos óseos del hombre y el muchacho que el barrio no volvió a ver. Miguel Ángel tenía 40 años; Víctor Hugo, 20. Las imágenes en blanco y negro de los ‘Ututos’ estaban ahí, recordando las miradas, las expresiones.  “La memoria de ellos no es fosilizada, no tenemos que recordarlos como víctimas ni como restos, porque ellos son una huella”, dijo Gustavo Herrera, sobreviviente del terrorismo de Estado.

“Volvieron con la primavera”, decían los volantes que vecinos, amigos, compañeros de militancia y militantes de organismos de derechos humanos tenían en sus manos. El jazmín paraguayo, con las flores violáceas y blancas y su particular perfume, daba testimonio que así había sido. Y entre las palabras de agradecimiento a los presentes, el arte se abrió paso. Un poema de Pablo de Neruda, recitó uno. Zamba para no morir, cantó otro que ante el pedido de ‘otra’, cerró con Te voy a contar un sueño. “Ni olvido ni perdón para la milicada. Que marchen todos presos, pide a gritos la pueblada”, decía el estribillo de una de las canciones que los asistentes no conocían, pero que todos se animaron a corear, haciendo propia esas palabras.  

La casita se llenó de gente. Los ututos volvieron al lugar de donde se lo llevaron sin mayores explicaciones. El barrio se volvió a alborotar, pero esta vez con un regreso que fue posible porque la búsqueda fue incansable.

Fotografías de Ignacio López Isasmendi