La Palta

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Recuerdos que siguen haciendo daño

Los testimonios del jueves no solo estuvieron cargados de horror, dolor e impotencia, además fueron contundentes. ‘Pecho'i Tabla’ le decían a Víctor Sánchez. Había sido entrenador de básquet en La Florida, pero también fue entregador y violador según señalaron los testimonios de B.H., G.I. y E.C. Estas tres testigos fueron víctimas de quien fuera personal civil de inteligencia (información que salió de la desclasificación de los documentos por parte del Ministerio de Seguridad). Las tres afirmaron haber visto a Alfredo Coronel en el Arsenal, las tres fueron torturadas y violadas por Sánchez. E.C. además señaló a Jorge Soria, a quien le decían ‘El Feto’, como otro de los entregadores. Santos Chaparro se quebró muchísimas veces a lo largo de su testimonio. “No es fácil para mí”, dijo, “porque yo sufrí esto en carne propia”. Lo que Santos Chaparro vio y vivió supera la imaginación humana respecto a lo que se considera el infierno. “Zoilo Reyes estaba engusanado y tenía un olor a podrido que no se lo podía aguantar”, contó entre sollozos. Vio a una mujer a la que conocía como ‘La Petisa’, desnuda y con los pezones cortados; “la habían violado”, agregó.

Santos quería continuar, quería contarlo todo, pero su cuerpo no se lo permitió. En un momento pidió un receso para ir al baño y, en ese breve cuarto intermedio, el personal médico advirtió que sufría un delicado cuadro de hipertensión. El presidente del tribunal dijo a la audiencia que aun cuando se lo estaba trasladando al hospital, el testigo insistía en que quería continuar con su declaración. “No puedo”, dijo en más de una oportunidad. “Pero no importa, usted pregunte, yo le voy a contestar todo”, decía después. “Ojalá que nadie presencie o sufra estas cosas que han hecho”, dijo Santos mientras recordaba sin poder terminar de verbalizar eso que recuerda y que, evidentemente, duele demasiado.

Alfredo Coronel era un conscripto, la noche del 21 de junio se lo llevaron. “Estaba bajo bandera”, dijo su esposa Sebastiana Brizuela. Y aunque en la Quinta Brigada, lugar donde cumplía el servicio militar, le dijeron que era un desertor, nunca llegó a su casa una orden de arresto ni le devolvieron la libreta de enrolamiento ni ninguna documentación. Alfredo, o Fredy, como le decían todos en La Florida, fue visto en Arsenal con ropa de fajina tanto por su cuñado Ramón Brizuela como por Santos Chaparro. Fredy les había asegurado a todos estos testigos que a él lo iban a matar y que el responsable de que ellos estuvieran allí no era otro de Pecho'i Tabla.

Rosario Argañaraz era un agricultor simoqueño que fue secuestrado el 8 de enero de 1977. El último lugar donde fue visto con vida fue en Arsenal Miguel de Azcuénaga, lugar donde 35 años después sus restos fueron identificados en una fosa común. El día viernes estaba previsto que declaren sus hijos Antonio Roberto y Miguel Alberto Argañaraz, pero ninguno de los dos  pudo hacerlo. Antes de ingresar presentaron un cuadro de hipertensión, por lo que sus testimonios serán reprogramados.

Rosa Maza, esposa de Antonio, declaró ante el tribunal y contó lo sucedido el 8 enero de 1977. Dijo que esa noche secuestraron a su suegro, Rosario, y a su cuñado, Miguel. La noche siguiente volvieron a buscar a su marido, Antonio, y en esta ocasión se llevaron además un tractor que les pertenecía a estos trabajadores. Antonio y Miguel volvieron. Son sobrevivientes que hoy quieren que se sepa lo que vivieron. Rosario da testimonio de otro modo, con otros dolores, con otra contundencia.

Sospechosos de todo, culpables de nada

“Me preguntaron por las armas”, es una de las frases más repetidas entre muchos de los testigos que declaran frente al Tribunal. Obreros del surco, trabajadores de los ingenios, hombres de campo o de pequeños pueblos, fueron secuestrados, torturados, algunos asesinados. “Nosotros no teníamos ni idea de lo que era la guerrilla, no teníamos ni ideología política”, dijo Julio Antonio Ahumada. Este testigo que declaró en la audiencia del viernes 31 contó que fue detenido en dos ocasiones, la primera fue llevado a la comisaría de Acheral y luego trasladado a la Base Militar de Santa Lucía. En este primer secuestro fue llevado junto a su padre. Al día siguiente fue liberado, pero su padre no, “Le faltaba un riñón, y si lo han golpeado como me han golpeado a mí seguro lo han muerto”, dijo. La segunda vez estuvo en el Arsenal Miguel de Azcuénaga, contó que cuando lo sacaron de allí le hicieron firmar unos papeles que nunca pudo leer. “Me han abierto causa, me acusaron de tiroteos habidos y por haber”, afirmó. Luego fue trasladado al penal de Villa Urquiza, más tarde al de Sierra Chica y por último al de La Plata.

Isidro, otro de los testimonios del viernes, también fue detenido ilegalmente junto a su padre, contó que escuchó que lo torturaban, “pedía que no me peguen a mí”. Pero no se trataba solo de diezmar familias, sino de instalar el miedo y la desconfianza, marcar a fuego la idea que si si están desaparecidos es porque algo habrán hecho. “Yo le dije que nunca había tenido armas, revisaron mi dormitorio, el de los chicos, tirándolos a los chicos de la cama”, contó Alberto Díaz, el último testigo en declarar el día jueves. Pero las armas no aparecieron, no estaban. Entonces, si no eran guerrilleros eran sospechosos de ayudar a la guerrilla. ‘Les venden mercadería’, ‘les dan agua’, eran las acusaciones que se les hacía. Y con esa excusa se los llevaron. Juan Carlos Dip, Juan de Dios Gómez, son algunos de los pobladores de Caspinchango que por tener o por trabajar en almacenes de la zona se convirtieron en “peligrosos”.

“La impotencia mía, porque si yo hubiera sido guerrillera los mato”, dijo B. H.

Gabriela Cruz

gcruz@colectivolapalta.com.ar