Bichos de otoño

Ilustración de Luly Gosne - Pimienta Estudio

Ilustración de Luly Gosne - Pimienta Estudio

Tengo una amiga que puede decirme apenas entro por una puerta si ese día me parezco a un acorde mayor o a uno menor. Si en vez de música hiciera dibujos, supongo que me diría lo mismo con colores fríos y cálidos, que tengo días de azul y otros de naranja, que a veces soy brillo y otras, estoy opaca y algunas cosas más que ni sé. Hay gente que dice que las estaciones del año son, en realidad, estados de ánimo: es fácil adivinar de qué color van pintados, cuáles están en tonos mayores y cuáles en menores.

Nací en otoño en la segunda mitad de los años 80. Mis primeras fotos tienen ese color que cualquiera que lea “otoño” y “años 80” puede imaginar, aunque yo no les pueda precisar a qué filtro de Instagram corresponde. No sé muy bien qué dice de mí el signo del zodíaco bajo el que nací, pero el otoño me va bien. Se me parece o yo a él. Nos necesitamos, como mi gato a su mantita o el deseo a la curiosidad. Los pocos meses en que amaina el calor en Tucumán yo me siento más en casa en el mundo, más cómoda para hacer las cosas que más me gustan, que son, en general, las que se hacen bajo techo. El otoño es de bichos melancólicos, manchados de azul y mi menor, que viven en bibliotecas de libros amarillentos o en casas de techos altos y pisos de madera que crujen mientras suena Duke Ellington arrastrado en algún vinilo. Nos gusta la luz tenue, la lluvia finita, los tazones de café, el lomo suavecito de los gatos, los besos en el cuello, los bolsillos forrados de las camperas y el sonido del fuego cuando no hay más nada.

Yo sé que hay fervientes amantes del verano y la primavera, personas inmunes al calor que desmaya y a las alergias que deforman, afortunados sujetos que encuentran la felicidad entre los mosquitos y la humedad, devotos del sol que a ellos broncea y a nosotros nos arde de un rojo furioso en toda la piel. Sé que en estos días empiezan a sufrir añorando el calor, las piletas, los días al aire libre, dormir pegajosos y otras maravillas del verano tucumano (que, por otro lado, pueden leer con mucho más detalle aquí). Es por eso que para ellos, y con la esperanza de que cuando vuelva el calor sepan hacer lo mismo por mí y los que son como yo, he confeccionado la pequeña lista que sigue a continuación. Dicen que si no podemos contra algo, es mejor unirnos: este inventario hace recuento de algunas, probadas y efectivas, formas de hacerse uno/una/une con el otoño.

- Armar rompecabezas o construir algo pieza a pieza. Concentrarse en los detalles chiquititos, mirar con lupa, dedicarse un rato a esos rituales para los que general no nos damos el tiempo.

- Cantar tangos o baladas tristes en ésta u otras lenguas. De no saber cantar, silbarlas bajito. De no saber silbar bajito, imaginarlas mientras se patea alguna vereda de siesta nublada. No hay mejor estación que el otoño para descubrir que la música se agarra por dentro y se va haciendo a nuestra forma, como una enredadera.

- Pasear a pie por la calle San Luis, como en verano buscando sombra, pero ahora para sumergirse el paisaje otoñal de veredas tapadas de esas hojas que tanto conocemos porque son el logotipo del otoño o porque adornan la bandera de algún país septentrional. Guardarse, como en una foto mental, el color de la tarde porque así casi ya no vienen.

- Sentarse a escribir en cuadernos viejos pero vacíos, limpios de quienes fuimos, salvados de las mudanzas y la catarsis de los malos amores. Escribirlos por fin con la primera idea, aunque sea la certeza de que nada bueno surgirá. O escribir lo de siempre hasta exprimirlo, para que de ese jugo salga un gusto distinto. Decir otra vez que estamos descosidos, que casi siempre perdemos las llaves, que fuimos en escalas de grises y estuvo bien, que se extraña extrañarte, que todo fue por si acaso, que los adoquines se acuerdan, que una a veces no. Y ver cómo después de dicho lo mismo de siempre ya no suena igual nunca más.

- Acariciar al gato propio o a los ajenos, dueños y señores de las casas que visitamos. A falta de gato casero, intentar hacerle un mimo al callejero que se cruce por el camino. A falta de gato, puede ser un perro, un conejo, un hámster, un pajarito. Lo importante es sentir como un calorcito que sube contra el frío incipiente y la posibilidad de conectar con algo más que el wifi de un vecino.

- Ponerse medias largas y enredarse los pies con alguien. Dejarse leer en voz alta o pedir que nos cuenten anécdotas de la infancia bien de cerca. Que nos cuenten de cuando tuvieron miedo por primera vez y quién se los calmó, y que nos hablen de los abuelos, de los amigos invisibles o los muñequitos de compañía, de su segundo nombre y de la leche chocolatada con grumos que explotaban en el paladar.

- Hartarse de mates para despertar y de vinos tintos para irse a dormir más contentos. En otoño pareciera que el silencio ocupara menos espacio y nadie se siente más o menos triste por sentarse solo con un mate o una copa en la mano a mirar cómo se pasa abril

- Darse la mano dentro de un bolsillo mientras alguien cuenta algo que no le había contado antes a nadie, y corre un poco de viento y se hace tarde por un barrio que se autodestruirá al llegar la noche.

- Hacer canciones, como sea que quieren ellas venir, con dos acordes y tres versos, mal dormidas y demoradas, como un lunes en el trabajo. Hacerlas aunque no salven vidas ni vayan a ganarles el corazón a las señoritas que frecuentan otros bares y que no aceptarían nunca unas flores hechas con las primeras cuerdas de una guitarra. Hacer nacer canciones aunque no vayan a sonar más que en una casa o, a lo mejor, en un asado de amigos que a la mañana siguiente seguramente no la recordarán. Fabricar canciones para mostrárselas a los otros que seremos un día, y marcar más centímetros en el marco de la puerta donde nos medimos todavía, aunque sigamos con nuestras metáforas pequeñas y tontas tan lejos del ‘batiscafo de tu abismo’.

Y además: darse baños calientes al final del día porque en el agua las cosas pesan menos, ver de nuevo las películas que veíamos de chicos, jugar juegos de mesa a ganar o morir, dibujar paredes, visitar amigos, llegar tarde a las obligaciones, amanecerse hablando de cosas que todavía no llegan.

Para ser bichos de otoño hay que volverse sepia por un rato, sentir el olor a viejo de algunos espacios cerrados, querer el viento que se va llevando el último verano, y pensar que una canción se nos parece mientras las hojas muertas se amontonan en una pala.