Sobrina

Ilustración: Celeste Antonio | La Palta

Hace unos meses nació mi sobrina. A los pocos días, yo cruzaba de continente y de estación en dirección al verano tucumano sin pasaje de vuelta. La versión poética sería decir que volví solamente para conocerla y estar cerca de ella, pero la versión real es que hubo cuestiones mucho más triviales y más o menos personales que decidieron mi vuelta al país. Me gusta más pensar en la versión poética, así que hagamos de cuenta que esa es la única verdad.

De más está decir que considero que mi sobrina es la más hermosa de todas las sobrinas y que puedo asegurar, objetivamente, que cuando ella se ríe se despeja toda la ciudad. Haremos de cuenta que esto también es así para todos.

Mi sobrina, cuyo nombre blurrearé con una M pixelada, es, de este lado de la familia, la primera en todo: primera hija, primera sobrina, primera nieta. En más de 30 años es el primer bebé que aparece en la casa. Con ella han vuelto a la casa de mis padres una cantidad de objetos que no veíamos de cerca desde los años 90. Mamaderas, pañales, juguetitos, mordillos, chupetes, peluches, móviles de colores, libros de tela y sin texto, batitas estampadas, una cuna, un cambiador y hasta un mamotretito colorido lleno de juguetitos colgantes con el ambicioso nombre de ‘gimnasio’.

Volvieron los portarretratos a engalanar las cómodas y los estantes ahora sirven para exhibir fotos de ella, los fondos de pantallas de los celulares se llenaron con su cara, y un montón de adultos dejaron de cantar canciones normales para empezar a tararear como autómatas unos pocos compases aburridos que salen de darle cuerda a un osito.

Mi sobrina, igual que yo hasta que nació mi hermano, su padre, es el centro de un universo, pequeñito y artesanal. No lo sabe pero lo presiente, nos mira mirarla y siente que haríamos cualquier cosa por ella. No se equivoca. A mí me pasó igual.

Cuando vivía lejos tenía el miedo recurrente de que me sonara el teléfono de madrugada. Que suene el teléfono de madrugada es mala señal en cualquier lado, pero si no estás a un taxi de distancia es todavía peor. Con el tiempo, empecé a amigarme con la idea de que me perdería de muchas cosas lindas que les pasaran a mis amigos, a mi familia, pero no terminaba de aceptar que también las cosas feas me quedarían lejos; que, en el mejor de los casos, llegaría tarde a las tragedias aunque estando cerca no pudiera evitarlas tampoco.

Muchas veces sentí que me ocultaban los pequeños detalles que amargan, igual que yo no contaba si había llorado ese día o las frustraciones que tenía a veces con el trabajo, la gente o el idioma. No sé si lo hicieron, a lo mejor no. Lo que sé es que cuando la cosa vino jodida me lo contaron. No fue una llamada a la madrugada sino un mensaje largo y detallado en el que me explicaban que mi tío estaba enfermo y que no pintaba bien. Me dijeron que empezaría un tratamiento y la esperanza de todos nosotros se abrazó a la ciencia, a los casos que salieron bien, a la posibilidad de una sobre vida. 

Mi tío era joven y saludable. Le gustaba la actividad física y estar al aire libre. Sabía de plantas, hacía buenos asados, hablaba poco pero abrazaba mucho y siempre te preguntaba cómo estabas. Había sido padre joven y tío más joven aún: cuando yo nací, tenía apenas 20 años, iba a la facultad y vivía con sus padres. En esa casa yo era la más malcriada y la más querida. Entonces quizás yo no lo sabía, pero lo presentía: los miraba mirarme y sentía que hubieran hecho cualquier cosa por mí. Y no me equivocaba.

Ocho meses después de ese mensaje largo y detallado que me llegó de lejos, mi tío falleció. Yo ya estaba de vuelta en Tucumán y mi sobrina ya estaba en el mundo. Bienvenida y adiós se mezclaron en unos pocos meses como diciendo que así es la vida, y las cosas siguieron pasando. Es curioso cómo después de que ocurren estas cosas definitivas nos agarramos de las otras, las cosas más nimias, para seguir conectados con el lado más luminoso de la vida. De pronto es importante un brindis, un día de invierno con sol, una taza de café. 

Decidí que ser tía era una buena manera de no pensar en la muerte y estoy tratando de aprender un amor que no conozco. A veces cuando la veo me agarra una fascinación extraña y pienso en mi tío con veinte años y una sobrina por primera vez; pienso si habrá sentido algo parecido, aunque yo lo doble en edad. Empecé a cantarle a mi sobrina que me mira con sus ojos grandes bien abiertos y a acordarme de cuando mi tío cantaba “Pedro Canoero” en la ducha y yo desde afuera lo escuchaba atenta como si solamente cantara para mí. 

Ahora la casa de mis padres, que era la casa de mis abuelos, es el lugar donde mi sobrina es la más malcriada y la más querida, como yo cuando tenía su edad y me dejaban con mis abuelos y mi tío. Muchos años después, mi tío le confesó a mi mamá que a veces cuando llegaba tarde a casa y me veía durmiendo sola en la cuna me alzaba y me metía en la cama con él, para que no me hiciera frío. 

Ahora que soy tía, aunque no vivo con ellos, cuando llego a la casa de mis padres y la veo dormida en la cuna me da ganas de hacer lo mismo que hacía mi tío, llevarla conmigo y cuidarla, para que no esté sola, para que no tenga frío.