¿Quién habilita la palabra? Vejeces, edadismo y encuentros entre generaciones
/Foto: Marianela Jerez | La Palta
“Qué bueno que sigas tan activa”, recuerda Tina que empezó a escuchar cuando se jubiló. La invitaban a una charla, a un curso, y la sorpresa aparecía casi siempre en forma de elogio. Como si seguir haciendo cosas después de jubilarse fuera algo extraordinario. Como si el retiro laboral debiera inaugurar, necesariamente, otra etapa, más quieta, más próxima al repliegue que a la participación. La anécdota aparece en una conversación entre tres mujeres que dedicaron su vida a la militancia y que, lejos de reconocerse en una imagen detenida de la vejez, siguen participando, discutiendo y construyendo con otras generaciones.
Adriana Guerrero es tucumana, tiene 61 años, es feminista y, si bien es una de las fundadoras de Ni Una Menos Tucumán, se encontró con el feminismo a principio de los 90 cuando ya venía construyendo en el partido justicialista. Alejandra García Aráoz tiene 68 años, vivió y comenzó a militar desde muy joven en La Plata, su mudanza a Tucumán fue siempre una continuidad de esa militancia y, desde 2007 es referente del nodo de Tucumán de la Red por el Derecho a la Identidad impulsada por Abuelas de Plaza de Mayo. Tina Gardella cumplió los 70 y, aunque hace unos años se jubiló como docente de la carrera de Ciencias de la Comunicación, sigue al frente de cursos posgrado e integra varios espacios que sostienen y construyen memoria y derechos humanos.
Las tres separaron en su agenda un día para tomar unos mates y hablar de edadismo, de los prejuicios que se construyen alrededor de la edad y de las formas en que esos prejuicios condicionan los vínculos. Pero la charla pronto desborda la pregunta por las vejeces. ¿Quién decide cuándo alguien es demasiado joven para opinar? ¿Cuándo se supone que una persona ya debería correrse de escena? ¿Por qué la edad termina funcionando como una autorización para hablar, enseñar, decidir o descalificar? La pregunta que atraviesa el encuentro podría resumirse en una frase que aparece hacia el final de la conversación: ¿quién habilita la palabra?
Entre la eterna juventud y la obligación de retirarse
Foto: Tina Gardella - Marianela Jerez | La Palta
Para Tina, el culto a la juventud no puede pensarse por fuera de la lógica del mercado. Hay una industria que vende la promesa de permanecer jóvenes, no solo a través de la apariencia física, sino también mediante los consumos culturales, mediáticos y artísticos. La juventud aparece como un valor que debe conservarse y la vejez como algo que conviene postergar, disimular o mantener a distancia. “Lo que te venden es siempre la fuente de la juventud, siempre parecer joven, ser joven”, plantea.
Los estereotipos también operan de maneras menos evidentes. Así como a Tina le sorprendía que otras personas destacaran que siguiera activa, a Adriana se le cuestionó siempre su deseo de jubilarse. “Yo, que hace años lo único que quiero ser es jubilada”, dice entre risas. Después de décadas de trabajo y militancia, quería disponer de su tiempo para hacer todas esas cosas que no había podido hacer. Sin embargo, sus compañeros de trabajo le preguntaban por qué no se quedaba cinco años más, si todavía podía hacerlo. “¿Para qué me quedaría? Tengo diez mil cosas para hacer”, respondía.
Adriana también cuenta que una amiga evita decir cuántos años tiene porque sabe que casi de inmediato la empiezan a tratar como si no entendiera. Al hacer un trámite, por ejemplo, la edad puede convertirse en motivo para que otras personas le hablen de manera infantilizante o decidan por ella. La vejez queda atrapada entre el mandato de apartarse y la obligación de demostrar que todavía se puede. El problema no es cumplir años. Es que, a partir de cierta edad, otras personas se arroguen el derecho de decidir qué se puede hacer, comprender o decir.
Cuando ser joven también desautoriza
Los prejuicios etarios no funcionan en una sola dirección y, como ejemplo de esto, Alejandra irrumpe en la charla con una pregunta y una incomodidad: “¿A ustedes no les pasó de estar en lugares donde algunas personas se refieren a quienes son más jóvenes como “el chiquito” o “la chiquita” y desautorizan esa palabra o esa opinión porque ‘no tienen edad’ para opinar?”. Todas asienten. Alejandra habla de que esas situaciones se dan muy seguido y que pareciera que la experiencia y los años vividos fuera un aval para tener una voz que deba ser escuchada. Para ella, esas expresiones no son inocentes sino que buscan descalificar una palabra antes de escuchar lo que tiene para decir quien la pronuncia.
Adriana reconoce esa operación desde su propia experiencia política. Cuando tenía 18 años y participaba de la militancia durante la vuelta a la democracia, quienes ocupaban cargos de decisión tenían treinta y tantos o cuarenta años. Entonces eran considerados grandes y podían establecer quiénes estaban en condiciones de discutir y decidir. Ahora, algunas de aquellas mismas personas descalifican como jóvenes a quienes están pisando los 30 años. La edad, entonces, funciona como una frontera móvil. Quienes alguna vez fueron considerados demasiado jóvenes para intervenir pueden terminar reproduciendo, años después, el mismo mecanismo sobre otras generaciones.
Foto: Alejandra García Aráoz - Marianela Jerez | La Palta
Alejandra recuerda que, durante su paso por la escuela secundaria que terminó en 1976, los docentes habilitaban las discusiones y trataban a sus estudiantes como interlocutores. Eran jóvenes que debatían ideas complejas y encontraban en la escuela un espacio para hacerlo. En su mirada, la posibilidad de intercambiar entre generaciones se fue debilitando junto con la fragmentación de los vínculos sociales. La pérdida no es solamente la de una conversación entre personas de distintas edades. También se pierde la posibilidad de aprender desde experiencias, recorridos y perspectivas diferentes.
Adriana advierte, además, otra forma de infantilización. En una sociedad que dificulta el acceso al trabajo, la vivienda y la autonomía económica, muchas personas adultas jóvenes permanecen en una situación de dependencia que termina prolongando socialmente la adolescencia. Así, mientras algunas voces son desautorizadas por jóvenes, otras quedan atrapadas en la idea de que todavía no están preparadas para ser adultas.
Los tiempos de la vida y los tiempos del mercado
La edad se convierte en una explicación que oculta las condiciones materiales y las relaciones de poder que organizan la vida. Para Tina, estas contradicciones expresan una disputa cultural. Las sociedades necesitan clasificar, ordenar y asignar lugares, aunque las trayectorias de las personas no respondan necesariamente a esas categorías. “Uno es un proceso, es un sujeto siempre en configuración, un sujeto siempre en proceso”, dice. Y, en este sentido, reconoce que la militancia le enseñó que ninguna historia comienza con la llegada de una persona ni termina cuando esa persona se retira. Hay experiencias heredadas, luchas que continúan y otras que necesitan abrirse paso. Por eso, el vínculo con las generaciones más jóvenes también implica preguntarse qué se puede transmitir y qué hace falta transformar.
“Los jóvenes, ¿cómo me relaciono con los jóvenes? Porque hay de alguna manera una necesidad de verte también, cómo sigue esta historia. Porque yo no soy eterna”, reflexiona Tina. La continuidad de los procesos colectivos requiere que quienes participaron de ellos durante años puedan facilitar otros recorridos. No alcanza con ocupar un lugar ni con reivindicar la experiencia acumulada. También hace falta habilitar a quienes llegan.
Alejandra coincide en la necesidad de revisar las formas de relación, aunque pone el acento en evitar que las diferencias se conviertan en nuevos compartimentos. En lugar de crear espacios separados para cada grupo etario, propone construir ámbitos más inclusivos, donde la diversidad de edades forme parte de la experiencia compartida. “Esto que está ocurriendo aquí, donde estamos sentadas cinco personas, una de 30, otra de 50, otra de 60, otra de 70, esto es un intercambio”, dice.
La escena que describe es sencilla y, al mismo tiempo, señala un horizonte político. No hace falta que todas las personas tengan la misma edad, las mismas experiencias o las mismas opiniones para construir algo en común. Hace falta que esas diferencias no se conviertan en jerarquías que definan quién tiene derecho a participar.
Feminismos, derechos humanos y las deudas del propio campo
Las tres reconocen que los feminismos han abierto espacios importantes para el encuentro entre generaciones. Adriana recuerda las marchas y los espacios de discusión en los que mujeres de distintas edades comparten protagonismo, desde militantes históricas hasta jóvenes que se incorporaron a partir de las movilizaciones de los últimos años. En esos ámbitos, sostiene, fue posible discutir asuntos que durante mucho tiempo permanecieron en silencio.
“Nos ha costado añares empezar a hablar, desde el feminismo, de nuestras propias vejeces, de nuestros cambios hormonales y de nuestras maneras de estar en el mundo. Y volver a decir que las brujas siempre son viejas y son brujas por viejas. Y que no somos las reinas ni las princesas, somos las brujas porque somos viejas. Y las brujas y viejas también somos sabias aunque no cualquier vieja es la bruja”, señala. Así, cuestionar los imaginarios que asocian a las mujeres mayores con figuras despreciadas permite recuperar otras maneras de pensar la experiencia, el deseo y el paso del tiempo.
Sin embargo, esa apertura no está garantizada en todos los espacios de militancia. Alejandra señala una contradicción dentro de los organismos de derechos humanos, un campo que conoce de cerca. Allí también puede ocurrir que una persona mayor invoque su experiencia para desautorizar a alguien más joven, como si haber atravesado determinadas luchas le otorgara una autoridad incuestionable. “¿Nosotros le decimos a la compañera cuando desautoriza al joven, che, pará, que también tiene derecho´’?”, pregunta. Su preocupación no pasa solamente por reconocer que esas situaciones existen, sino por la dificultad de intervenir cuando ocurren dentro de los propios espacios.
Foto: Adriana Guerreri -Marianela Jerez | La Palta
Adriana observa que los partidos políticos siguen reproduciendo formas de decisión en las que ciertas voces concentran la autoridad. En algunos organismos de derechos humanos, advierte, la falta de incorporación de personas jóvenes también puede dificultar la renovación de las prácticas y de las miradas. La experiencia, en ese contexto, corre el riesgo de convertirse en un argumento para conservar lugares de poder. Quienes llegaron antes pueden terminar cerrando las puertas a quienes vienen después, aun cuando las luchas que comparten necesiten de esa continuidad.
Tina propone pensar estos vínculos como parte de una transformación institucional. En la universidad, por ejemplo, la convivencia entre estudiantes jóvenes y personas más grandes puede producir aprendizajes que van mucho más allá de los contenidos de una carrera. Pero ese encuentro necesita condiciones materiales, tiempo y espacios de socialización.
Cuando las dificultades económicas obligan a estudiantes a trabajar y limitan sus posibilidades de cursar, también se restringen esas experiencias compartidas. La universidad, insiste Tina, no es solamente un lugar donde se transmiten conocimientos. Es un espacio donde se construyen relaciones y se aprende con otras personas.
Una cultura que cuide sin separar
La conversación también abre una discusión sobre las políticas públicas y las redes de cuidado. ¿Hace falta crear espacios específicos para las personas mayores? ¿Cómo atender las situaciones de vulnerabilidad sin reforzar las mismas categorías que las dejan al margen? Adriana considera que es necesario prestar atención a las vejeces que transcurren en soledad, especialmente en una sociedad donde las redes familiares y comunitarias ya no siempre cumplen las mismas funciones de acompañamiento que antes. Ella misma vive sola y observa cómo se han transformado los vínculos cotidianos. Pero, advierten las tres, no todas las personas llegan a la vejez con las mismas condiciones.
Tina recuerda que las desigualdades de clase también se expresan en los cuerpos y en las posibilidades de vivir. Hay mujeres que atraviesan trabajos y condiciones de vida tan duras que el desgaste aparece mucho antes. Por eso, pensar las vejeces exige mirar más allá de la edad y atender las condiciones materiales que las producen. Para Alejandra crear espacios separados puede volver a encerrar a las personas en categorías rígidas. Su apuesta es ampliar la inclusión y construir ámbitos donde las necesidades de cuidado no dependan de pertenecer a un grupo etario determinado.
Construir una cultura capaz de reconocer los límites sin convertirlos en motivo de vergüenza, es una de las propuestas que Tina arroja en durante la charla. En un momento, cuenta que empezó a colocar papelitos en la heladera para recordar algunas cosas. La anécdota provoca risas entre las tres, pero también permite pensar qué hace posible reconocer una dificultad sin temor a ser descalificada. “Es importante crear y tener un clima, no de confianza, sino de cuidado”, dice, y explica que son espacios donde “uno sabe que lo que dice va a ser cuidado, va a ser querido, va a ser tratado con hospitalidad”.
No se trata de negar el paso del tiempo ni las diferencias entre las edades. Se trata de que reconocer una necesidad no implique quedar a merced de la mirada ajena. Que los cuidados no se conviertan en tutela y que la experiencia no sea una excusa para ejercer poder. Al final, la pregunta vuelve a ser política. ¿Quién decide quién está en condiciones de hablar? ¿Quién determina cuándo una persona ya cumplió su tiempo y cuándo otra todavía no está preparada para ocupar un lugar?
En esta charla aparece como propuesta dejar de pensar las generaciones como estaciones separadas y empezar a construir espacios donde las trayectorias puedan encontrarse. Donde la experiencia no clausure las preguntas y la juventud no sea una condición que deba justificarse. Donde las diferencias no desaparezcan, pero tampoco se conviertan en jerarquías.
Porque, como recuerda Tina, los procesos colectivos vienen de antes de nosotros y necesitan continuar después. La tarea no es perpetuarse en un lugar, sino contribuir a que otras personas también puedan ocuparlo, transformarlo y abrir nuevos caminos.
