La persona más valiente

Fotografía de Elena Nicolay.

Fotografía de Elena Nicolay.

La persona más valiente que conozco. (Pablo Gargiulo)

“La tragedia fue un golpe terrible. Nosotros dormíamos con las puertas abiertas. Los panaderos entraban a las 4 de la mañana y había que atenderlos, entonces las puertas no se cerraban. Ellos entraron y los encontraron en la cama. Fue tremendo, no sabíamos para dónde disparar. Mi marido trabajaba en la construcción y tenía muchos clientes abogados así que les pidió ayuda y presentaron los hábeas corpus. Y yo salí a la calle a buscar. Tomaba el ómnibus y me bajaba en lugares recónditos porque yo pensaba ‘la han traído para acá, la han traído para acá’”.

Marta Gómez tiene 85 años. Camina pausado, pero firme. Habla suave y cuenta sus recuerdos con detalles que estremecen. Cada tanto se para y dice: “bueno, eso no me acuerdo bien. Antes me acordaba, pero mi memoria no es la misma”.

Marta ha preparado un budín de esos que se desarman en la boca y generan -o transportan a- momentos entrañables. El convite, acompañado de un café, es suficiente para saberse bien recibido. “Siempre hago algunas de estas cositas. Me quedan las mañas de panadera”, comenta, como disculpándose por el mimo.

Cuando repasa la noche en que secuestraron a su hija, Carmen Gómez, y a su yerno, Héctor Gargiulo, señala los espacios de la casa y explica los cambios en estos más de 40 años. Repite lo que había contado en la audiencia por el juicio Operativo Independencia, donde Héctor y Carmen eran parte del universo de víctimas. Que la pareja estaba durmiendo con su hijo. Que ese hijo se llama Pablo Gargiulo y, por entonces, tenía poco más de un año. Que ella se encargó de criarlo. Que ahora es abogado. Que estaba sentado a su derecha mientras ella declaraba.

Lo que ella no cuenta es que al final de aquella declaración, su nieto le dijo que es la persona más valiente que conoce. Un año después, vuelve a decirlo.

“Antes trabajaba en la panadería. Mi marido había venido de Europa en la posguerra; empezamos de cero y de a poco empezamos a tener algunas cosas. Una finca tuvimos, pero cuando te sacan un hijo ya nada importa, nada tiene valor. Yo he vendido hasta mi anillo de compromiso. Cambió mi vida totalmente. He sido feliz gracias a Pablo, porque era muy sensible y hicimos todo para que fuera un chico feliz”.


Fotografía: Ignacio López Isasmendi.

Fotografía: Ignacio López Isasmendi.

En tiempos de tanta oscuridad, la lucha de Martita con todas las madres fue el faro que indicó el camino a seguir. Su valentía y dignidad trasciende todos los tiempos.

No se inventó la palabra que describa cabalmente el ejemplo de mujer que es.

(Raquel Zurita)

“Una vez fui a la plaza independencia y me encontré una señora muy triste en el banco. Era la señora de Sánchez, la madre de la ‘Mori’ Sánchez*. Me contó su historia. ‘Mori’ era amiga de mi hija. Ella habló con el padre de la iglesia de la (calle) Chacabuco, creo que era. ‘Que yo conozco, a una que yo conozco a otra’, nos decíamos y empezamos a convocar, a reunirnos, a ver qué se podía hacer. Se nos hizo importante reunirnos porque había gente más letrada. Yo no tenía mucho estudio, solo la primaria. Carmen Mitrovich** dijo: ‘tenemos que ayudarles a las otras madres a que sepan presentar un hábeas corpus’. Algunos abogados nos ayudaron. A algunos los mataron también, no me acuerdo mucho de los nombres, pero de sus caras sí que me acuerdo”.

Martita habla de aquellas primeras reuniones en una iglesia católica donde al poco tiempo les cerraron las puertas. Del cura que una vez las abrazó y al que después, de un momento a otro, sin previo aviso ni la oportunidad de despedirse, lo trasladaron. De la vez que quiso hacer una misa para pedir por su hija y los hijos de otras madres, y no quisieron decir los nombres (pero no se habían opuesto a cobrar el servicio). Del día que fue a hablar con el vicario castrense y le dijo que sus hijos estudiaban en una cueva de ‘bolches’ y por eso habían desaparecido. “Me volví a casa a preguntar qué era eso de los bolches, qué era eso tan malo que habían hecho Carmen y Héctor para que se los llevaran así”, dice como susurrando. Hoy sabe de qué se trata esa y otras palabras. Sabe que fueron excusas. Y sabe que no hay excusas para el horror, la perversión y la inhumanidad.

Durante las primeras marchas en la plaza Independencia estaban solas. Martita recuerda que les apagaban las luces de Casa de Gobierno y que no podían leer los papeles en los que pedían por sus hijos. Cuando supieron de las Madres del Pañuelo Blanco, en Buenos Aires, decidieron hacer lo mismo. Ella fue la encargada de cortar y coser aquellos 30 primeros pañuelos tucumanos. Pero el día que los iban a usar aparecieron unos carros hidrantes. “Mirá, si nos ponemos los pañuelos nos van a llevar presas a todas. Guardalos, acá no se puede”, le dijo Carmen Mitrovich. Aún así, ese día detuvieron a dos madres: Martita recuerda que así supieron que era una manera de presionar para que no salieran a las calles. “Pero seguimos saliendo, y seguimos dando la vuelta a la plaza”.


No hace falta construir frases u oraciones para esculpir a Martita Gómez. Hay palabras que se ciñen a su risa, a su voz suave, a su medida alegría, nada de lo cual da cuenta de su tenacidad, de su convencimiento de que la acción, por más pequeña o trivial que sea, alimenta el motor de la lucha a la que se abrazó para construir el camino de la justicia y la memoria.

Y así contumaz, dulce y suave, desafía a persistir en el largo camino de la lucha, el que ella viene recorriendo con su cuerpo erguido y su convicción -a pesar de la tragedia - que más temprano que tarde, la verdad enrostrará a los verdugos de los hijos de esta tierra. (Marta Rondoletto)

“Nosotros buscábamos, corrían rumores de lo que pasaba, pero mucho no creíamos. Cuando asumió Alfonsín fue como si se me hubiera caído la venda. Llega un momento en que no podés tener esperanza”.

Martita Gómez es una de las referentes de la lucha en Tucumán. Las esperanzas de encontrar a sus hijos -tanto a Carmen como a Héctor- se transformó en tenacidad, en búsqueda de justicia, en trabajo colectivo. Hoy pertenece a Memorias e Identidades del Tucumán y desde ahí sigue construyendo. Reniega cuando se olvida algunos nombres, pero su memoria parece inalterable cuando habla de lo recorrido con sus compañeras en las calles, en las oficinas, en las plazas.

Recuerda cuando aquel niño de poco más de un año creció y junto con otros jóvenes formaron la agrupación HIJOS -Hijos e Hijas por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio-. “Muchas veces se juntaban en casa a hacer empanadas”, dice entre risueña y orgullosa. Tenían alrededor de 20 años y había que sostener los gastos de esa militancia incipiente que cada uno sigue sosteniendo, aunque desde diferentes lugares.

Martita sigue teniendo esperanzas. Tiene esperanzas en la gente joven que se suma a las marchas y hace de la Memoria, esa con mayúsculas, una bandera y una convicción. Muestra, por ejemplo, unos planos que unos estudiantes de Arquitectura presentaron como trabajo de graduación: una propuesta para convertir el predio del ex arsenal Miguel de Azcuénaga en un sitio de memoria. Habla de la documentación que la Fundación Memorias e Identidades del Tucumán preserva y tiene a disposición para todos aquellos que quieran consultarla. Abre las puertas de su casa y convida con café y budín -o alguna otra exquisitez- a quienes se acercan a conocer de su vida, su historia, su lucha. Y siempre aclara que ese recorrido lo hizo con otras mujeres, y las nombra, y las describe, y las reivindica.


“No tengo una relación personal con ella. Solo la de verla en las audiencias de los juicios, sentada, atenta, con esa mirada serena, profunda, paciente, perseverante en la espera de justicia. Recuerdo muy especialmente el largo, apretado y enorme abrazo con Pablo al final de su alegato, su nieto-hijo. Todo fue muy conmovedor y ella sosteniendo ese abrazo donde no cabía más nada”

(María Inés Lugones)

“Para mi fue una lucha de 40 años, una lucha de toda la vida, y aunque no hayamos obtenido los resultados que queríamos fue un alivio haber llegado ahí. Somos un país tan valiente... España no ha podido, Chile no ha podido. El juicio ha sido el lugar donde hemos podido expresar y que la gente se entere lo que era. Si seguimos luchando, esto no se va a poder borrar. Fue como cuando terminás un tejido: te cuesta tanto porque es laborioso, pero decís ‘pude hacerlo, me salió bien’”.

Marta Lía Ceridomo de Gómez es su nombre completo, pero en Tucumán se la conoce como Martita, ‘la Martita Gómez’. En febrero de 2017 declaró en el juicio Operativo Independencia. Su nieto le hizo las primeras preguntas: “¿qué tal Marta? Debe ser la primera vez que le digo así”. Marta es su mamá y su abuela. La que se encargó de hacerlo feliz y la que, a cambio, recuperó la felicidad después de haber perdido a su hija. En ese contexto, él era el abogado que llevaba la querella por sus padres; ella la testigo y querellante en la causa.

Su testimonio fue claro, contundente y de una emotividad que conmovió a todos los presentes. “Era una familia donde el sol salía todos los días -dijo, cuando habló de esa casa con olorcito y ritmo de panadería-. Sin la lucha de los familiares ustedes no estarían aquí, juzgando”.

Así reafirmó su convicción en la lucha colectiva e incansable. Tan incansable que este 24 de marzo, como cada año, marchó sosteniendo las banderas históricas. Y su esperanza en la juventud seguramente se reforzó al escuchar las voces, la energía y la fuerza de jóvenes y adolescentes que reivindican a aquellos otros jóvenes de los 70. Los de las escuelas secundarias, los que le imprimen alegría a la lucha. Los que llenan de glitter cada espacio. Los que abrazan la bandera que ella sostiene hace más de media vida.

*Mori Sánchez - María Teresa Sánchez, desaparecida el 2 de noviembre de 1976. Sus restos fueron identificados en el Pozo de Vargas en junio de 2017.

**Carmen Mitrovich, madre de Adriana Mitrovich, desaparecida el 28 de abril de 1977. Sus restos fueron identificados en noviembre de 2012 entre los inhumados como NN en el Cementerio de Tacanas, al sur de Tucumán.