Trabajar sin patrón en tiempos de ajuste

Foto: Gentileza herrería norte

¿Cómo celebrar el Día del Trabajador en épocas de retrocesos de derechos laborales? Las respuestas se esbozan en medio de la tristeza, el hastío, la bronca. Algunas de esas respuestas son, también, un acto de resistencia porque no se puede entregar hasta el derecho a celebrar o a encontrarse y, sobre todo, a organizarse. Aunque encontrarse con otros e intentar otras maneras de trabajar se hace cuesta arriba en el país donde la precarización, la pérdida de derechos y la reivindicación del individualismo, se hace necesario.

En ese escenario en el que se tensionan las formas históricas de organización laboral y sin abandonar la disputa por condiciones dignas dentro del trabajo asalariado, emergen, se sostienen y se lucha por otras maneras de trabajar. El cooperativismo es una de ellas, una práctica colectiva que, aún atravesada por las crisis, insiste en construir comunidad allí donde el presente empuja a fragmentarla.

Nacer, sostener y resistir con la cancha inclinada

En 2012 la Cooperativa El Hormiguero nacía y se proyectaba como una herrería. Así empezó la Herrería Norte, que fue parte de un proceso organizativo más amplio vinculado al Frente de Organizaciones en Lucha. Ese lugar se convirtió en un espacio donde lo laboral, lo personal y lo colectivo no estaban separados y a ese espacio se sumó, tiempo después, Ana Lucía López Ruiz de Huidobro. “Pensamos a la cooperativa como una herramienta muy potente de autoorganización, donde quienes la integramos somos protagonistas”, dice Ana. 

Ese protagonismo no es una idea para generar sentimiento de pertenencia, sino una realidad que se desprende de las formas en las que se concibe y se concreta el trabajo. “Tiene que ver con los vínculos que se generan ahí, con la potencia que tiene eso y que es transformadora de lo grupal, de lo individual y de cómo se retroalimenta lo individual con el colectivo”, explica. Además, aclara, también se trata de cómo una persona se relaciona con lo que se produce. 

Ana Lucía llegó a la cooperativa mientras estudiaba fotografía. Su entrada fue, en principio, para generar un ingreso pero, con el tiempo, ese espacio se volvió su trabajo principal y también una elección política. En ese recorrido, la cooperativa también cambió. Empezó como un pequeño taller en el patio de una casa pero luego la profesionalización fue cada vez más necesaria para disputar un lugar en el mercado. “Hay un prejuicio de que lo cooperativo es lo mínimo o lo precario. Nosotres empezamos a discutir eso: cómo ofrecer calidad, competir y estar orgulloses de lo que hacemos”, advierte. Esa profesionalización encontró límites concretos en un sistema que está hecho para beneficiar a grandes empresas. 

“Partimos de un lugar desigual—  explica—  y no tenemos la misma infraestructura ni la misma capacidad de actualización constante”. Además, Ana recuerda que en otros momentos hubo algunas experiencias de políticas públicas que acercaron herramientas o maquinarias como parte del reconocimiento de un escenario desigual para la competencia en el mercado. Sin embargo,esas políticas no resolvían otro de los problemas: la demanda. “Podías producir, pero no tenías a quién venderle”, recuerda Ana Lucía cuando habla de otro contexto bastante diferente al actual, en el que tampoco, más allá de las promesas o los discursos, pudieron ser proveedores del Estado. 

A eso se suman las dificultades para sostener derechos laborales básicos dentro de la lógica cooperativa como aportes, vacaciones o aguinaldo. En ese punto, la tensión con el modelo de trabajo tradicional no desaparece, más bien se redefine en condiciones de mayor fragilidad.

Cerrar con el deseo de sostener

En 2025 la Herrería Norte cerró sus puertas. Para clientes, cooperativistas y gran parte del sector de la economía popular fue un golpe duro. Pero el cierre del taller no fue abrupto, sino el resultado de una acumulación de crisis. “El macrismo nos pegó fuerte, la pandemia también fue un golpe fuerte. Después hubo un momento de reactivación, incluso de crecimiento, pero duró poco. La caída de la demanda y la imposibilidad de competir nos volvieron a golpear”, reconstruye Ana Lucía cuando habla de las veces que la posibilidad de ‘bajar la persiana’ rondaba como un fantasma.

En esa recapitulación de crisis, no hay dudas de que ninguna fue como esta que se vive hoy. “Esto ya fue a otra escala. Bueno, cuando te dan por todos los frentes y no tenés capacidad ya para responder…”, reflexiona, y se queda con el pensamiento como en suspenso. Ocurre que entre todos esos frentes estaban los costos fijos como el alquiler, los servicios, el mantenimiento y una estructura difícil de sostener. “Hubo momentos en que tuvimos que usar ahorros para seguir. Ahí dijimos: hay que frenar”.

Foto: Majo Trievisol | Gentileza herrería norte

Si bien el cierre fue pensado como un parate, no dejó de ser doloroso. “Ver cómo se vacía el espacio de trabajo es durísimo. No es solo el lugar físico: es la vida cotidiana con las personas con las que compartiste años”. Con la idea de que no sea un cierre definitivo, de sostener de alguna manera la estructura que tanto costó construir, decidieron retomar trabajos puntuales y que la cooperativa no desaparezca del todo. Hoy, con menos integrantes y sin un espacio propio, Herrería Norte recibe algunos encargos puntuales mientras intenta proyectar un futuro posible.

La decisión de cerrar es siempre un duelo. En un trabajo cooperativo están en juego no solo los puestos laborales sino también una estructura que va desde el oficio o la profesión específica con maquinarias, herramientas e insumos hasta la de gestión, administrativa y contable. Todo ese aparato no se puede desarmar tras cerrar una puerta o poner un candado. Tampoco se quiere.

La experiencia de Tomás Casadey parte de otro recorrido, pero llega a un punto similar. Su acercamiento al cooperativismo fue a través de Pangea Bar, un espacio fundado en 2006 bajo la lógica autogestiva. Un bar que supo ser refugio de luchas y militancia y que hoy transita por sus  últimos días abierto al público. La noticia dejó a muchas personas con un nudo en el estómago y en la garganta. En ese bar fue donde Tomás descubrió una manera distinta de trabajar. “Desde afuera ya se decía que ahí se trabajaba de una manera ‘rara’ o ‘solidaria’. Cuando lo conocí desde adentro, supe que quería ser parte”, cuenta.

Antes de eso, había pasado por trabajos en relación de dependencia. “Siempre se sentían injustos. La competencia entre compañeros, el individualismo y los patrones que maltratan hacen pensar que esa lógica es desoladora para toda la vida laboral”, comenta. Entonces el cooperativismo apareció como otra posibilidad. “No quería ser jefe ni ‘mi propio jefe’”, advierte el joven que sintió alivio al descubrir la organización horizontal como forma de trabajo.

Al igual que Ana Lucía, Tomás supo que el cooperativismo sería la elección siempre que se pudiera. La decisión de seguir en el cooperativismo no fue sencilla, pero sí firme. “Me costó dejar mi grupo de tantos años, pero volví a elegir esta forma de trabajo”, dice Ana Lucía. Ambos encontraron en el Consultorio de Salud Integral un lugar donde el trabajo colectivo redefine también la práctica profesional. “Allí podemos decidir que el trabajo de alguien con título universitario no vale más económicamente que el de quien no tuvo ese privilegio, pero aporta desde otros saberes”, explica Tomás.

El Consultorio de Salud Integral se especializa en la atención a demandas de salud sexual y (no) reproductiva, desde una perspectiva de derechos humanos y género. Eso, sumado a la conformación como cooperativa de trabajo autogestionada, permite discutir el modelo de atención: “Podemos pensar una salud más respetuosa, con derechos garantizados”, señala.

Ambas experiencias coinciden en que el cooperativismo no es solo una salida económica, sino también una forma de disputar sentidos sobre el trabajo en un contexto que tiende a fragmentarlos. “El espacio cooperativo no es solo donde vamos a trabajar. Es donde pensamos el territorio, con quiénes nos vinculamos, qué redes tejemos”, señala Ana Lucía. En ese sentido, el trabajo se expande más allá de la producción. Es también organización, cultura y política.

Pero esa potencia convive con desafíos concretos. “Sostener una cooperativa es difícil en términos burocráticos, económicos y organizativos. Y además implica deconstruir formas de trabajo tradicionales. No es solo no tener jefe, es un compromiso enorme pero gratificante al fin”, reflexiona Casadey.

En el contexto actual, atravesado por crisis económicas y retrocesos en derechos laborales, el desafío es sostener lo construido sin perder el horizonte. Para Tomás, cada conquista dentro de una cooperativa tiene un valor particular, quizás un poco de revancha. “Se siente como arrebatarle algo a un sistema que empobrece a muchos y enriquece a pocos”, comenta. 

En tiempos donde el trabajo se vuelve cada vez más incierto, estas experiencias no se presentan como modelos ideales ni soluciones cerradas, sino como prácticas en movimiento. Formas de sostener lo colectivo incluso cuando el contexto empuja en sentido contrario.