Memorias del fútbol femenino tucumano
/Hay una metáfora del siglo pasado que da vuelta en libros y películas: el aleteo de una mariposa en una parte del mundo puede desatar un huracán a cientos de kilómetros. El famoso efecto mariposa refiere a cómo una pequeña perturbación puede, en determinadas circunstancias, cambiar el curso de lo que viene.
Las historias de Eva Bustos, Elizabeth “Lita” Fernández y Norma Salica tienen algo de eso. Siendo niñas patearon una pelota por primera vez. Mucho tiempo después, tras un largo recorrido, llegaron a ser parte de algunos de los grandes hitos del fútbol femenino en Tucumán.
Los comienzos
Eva y Lita asistían al secundario a la Escuela de Comercio de la Banda del Río Salí. En los primeros años, durante sus clases de educación física, jugaban al fútbol. Se sumaban adolescentes de distintos cursos y competían en las semanas del estudiante o campeonatos relámpago. Fue a finales de los 80 cuando el profesor Ramón Ruiz, que era arquero de clubes y además docente en su escuela, empezó a dirigirlas. Llegaron a recibir felicitaciones de la Directora, porque llevaron los primeros trofeos de fútbol a la Comercio.
Con el entusiasmo de ganar distintos torneos, se propusieron armar un equipo para hacer fútbol 5 y 7 en La Rivera, barrio ubicado en Lastenia, cercano a sus casas. Allí empezaron a acercarse chicas desde distintos lugares de la Banda del Río Salí hasta trascender esas fronteras. Se sumaron jóvenes de San Cayetano, La Florida, y distintas zonas del este tucumano, para conformar un equipo de fútbol 11 que, afirman, llegó a conocerse de memoria.
Norma vivía esa época como espectadora, viajaba desde Villa 9 de julio, en la capital tucumana, para ver los partidos de fútbol femenino, y recuerda: “Para mí la cuna era ahí, en la Banda del Río Salí”.
Foto: Gentileza Eva Bustos
Eva coincide con su compañera y recuerda que el primer rival a vencer como la Rivera era de un grupo de pioneras de la zona, con una mayoría de jugadoras de El Palomar. “Ese equipo era imbatible. Era el mejor equipo en todas sus líneas. Desde la arquera, la defensa, el medio campo hasta la delantera. Eran tremendas jugadoras”, cuenta.
Llegar a cada partido significaba contar con el apoyo de las familias y del barrio. Eso, cuentan, les generaba una gran alegría, sobre todo teniendo en cuenta el contraste con años anteriores, cuando las mujeres que se iniciaban en el deporte, o incluso ellas mismas en la niñez, enfrentaban la resistencia a que jueguen y la discriminación.
“La primera palabra que te dicen es ‘marimacho’”, menciona Eva. Lita, por su parte, recuerda que las mujeres en esos años eran señaladas por su aspecto “varonil”, fueron manoseadas frente a otras personas para comprobar que eran mujeres, y que, por lo tanto, podían competir en los torneos femeninos junto a otras mujeres. “Por lo menos yo no pasé tanta discriminación. Sí que nos decían ‘vayan a lavar los platos’ o cosas así, pero creo que cosas feas, feas, como la han pasado la generación anterior a la nuestra, nosotras no lo hemos pasado”, sostiene Fernández.
Norma reflexiona como militante a partir de sus experiencias en la infancia, en su barrio: “Todas las que hacíamos fútbol hemos pasado por ese tema de tener que defender nuestro lugar. Decir ‘bueno acá estoy yo’. Sea quien sea yo, estoy acá y vos me tenés que respetar y vas a tener que jugar conmigo, porque ellos (los hombres con los que jugábamos) te bajaban”. Ese defender el lugar, coincide Eva, escalaba de las palabras hasta los golpes: “Me ha costado el barrio por este machismo de los chicos que decían que los que podían jugar eran los varones, las mujeres no. Y eso cambió cuando fui a la secundaria”.
El fútbol para ellas no era solo jugarlo, lo vivían, aprendían y lo sentían al ver a los equipos de la época. Cuando les preguntan por su referente, entre todos los jugadores de entonces, un nombre salta sin dudar: Diego Armando Maradona. Con admiración, Eva dice que “trataba de verlo jugar siempre porque trataba de aprender algo”. Lita coincide: “Cómo jugaba, lo que hacía con la pelota, no lo hacía nadie”.
Los partidos se jugaban en horarios en los que podían ver otros partidos de la liga nacional. Además de ver fútbol por gusto, aprendían algunas reglas o cómo pararse en la cancha, entre otras magias.
Soñar en grande
Foto: Gentileza Norma Salica
Todavía eran adolescentes cuando pasaron del proyecto de La Rivera a ser jugadoras del Club Atlético Concepción. Según Eva y Lita ellas eran, al menos en 1990-91, el único club con participación de la Asociación de Fútbol Argentino (AFA) que contaba con un equipo de fútbol femenino.
Los entrenamientos tenían lugar en las instalaciones del club, pero los equipos y viáticos corrían por cuenta de las jugadoras. No representaban un gasto muy importante, por lo que fue una sorpresa que, con el cambio de dirigencia, se haya decidido terminar con el proyecto. La respuesta que les dieron fue “Fútbol femenino no queremos en el club”. Entre 1992 y 1993, esto significó el cierre de la etapa que se había iniciado con la Rivera para dar lugar a otros caminos.
Años después, Eva siguió su carrera, en una escuela de fútbol 5 en la cancha Wembley, que quedaba en Barrio Norte. Allí conoció a sus compañeras que venían, en su mayoría, de una experiencia similar en las Escuela Sarmiento y Normal. Entre ellas estaba Nancy Boyanovsky. Fue ella quien llevó a San Martín de Tucumán la propuesta de armar un equipo de fútbol femenino. “Empezamos a mirar el fútbol a futuro, no tanto como hobby”, afirma Lita.
En los comienzos de las pioneras del Santo, la dirigencia les entregó el conjunto completo y pelotas, además de poner a disposición el Complejo Natalio Mirkin tres veces a la semana para entrenar. En estos primeros años de la disciplina, y con Nancy a la cabeza, San Martín tomó la posta en organizar los primeros torneos en la provincia. “Lo hacía porque le gustaba el fútbol, que todas crezcamos, que visibilicemos el fútbol femenino, que todas las chicas se animen a jugar” dice Eva, valorando el trabajo de su compañera.
Se jugaban cuadrangulares u octagonales durante un fin de semana, a veces todos los partidos en el mismo día. Los torneos se hacían en toda la provincia, jugaban clubes como equipos que aún no contaban con una institución de respaldo. “¿Qué se iban a imaginar esas chicas de barrio que San Martín vaya a jugar con ellas?” se pregunta Eva. Junto con Lita destacaron la importancia de que el Ciruja, y también el Club Atlético Tucumán, hayan respaldado a las organizadoras de estos encuentros, porque simplemente con el nombre se abrían las puertas para que distintos lugares se convirtieran en sede de los torneos. Así, afirman, se empezó a despertar el interés de más futbolistas y a replicar la iniciativa de llevar los proyectos de fútbol femenino a distintos clubes tucumanos.
La era profesional: jugadoras, dirigentas y técnicas
Lita había intentado jugar en Atlético Tucumán, pero no se convenció nunca de que ese era su lugar. A los 22 años se sumó al equipo que se estaba armando en el Club Central Córdoba. Siguió a sus compañeras por otros clubes hasta que llegó al equipo de la Universidad Nacional de Tucumán, donde jugó hasta los 35. Allí se retiró para ser coordinadora de fútbol femenino en la Liga Tucumana de Fútbol.
Eva formó parte de San Martín desde 1996 hasta 1999. “Con todo el dolor de mi corazón he dejado”, dice. Entre las dinámicas del equipo, la incompatibilidad de horarios entre sus estudios y los entrenamientos, las distancias y las limitaciones económicas, dejó el fútbol en plena juventud. Y no quiso seguir en otro equipo. Su sentido de pertenencia estuvo siempre con los colores de la Ciudadela.
Recién a finales de 2008, se reencontró en la actividad futbolística. Esta vez como Directora Técnica en un equipo que se estaba armando para jugar contra la UNT. “Me llevaron de los pelos para que dirija”, recuerda. En ese partido amistoso, vencieron por 1 a 0 al club que venía de ser campeón del Torneo Apertura de la Liga Tucumana un año antes. Es con ese equipo que, con el tiempo, Eva conoció a Norma.
Salica no se desempeñó nunca como jugadora. Pero tuvo la oportunidad de incorporarse al plantel técnico del equipo del Círculo de Oficiales como preparadora física. De ahí le quedó el rótulo de profe.
Foto: Gentileza Norma Salica
No abandonó nunca su lugar de hincha. Con la cercanía que había logrado con un equipo conformado por jugadoras de Los Pocitos y distintos barrios de la zona norte de la capital, llegó un ofrecimiento: le pidieron que fuera su Directora Técnica. “He dicho que sí, pero en esos segundos he pensado: es mi oportunidad”, dice Norma. No era sólo por el título, dirigir era una oportunidad, porque siempre a los gremios los dirigían hombres. Es lo que había observado durante años de trabajo como docente: los hombres en la dirigencia, las mujeres en la docencia. En cualquier disciplina deportiva en la que haya participado veía, siempre, mujeres dirigidas por hombres.
Luego de un encuentro amistoso entre ambos equipos, se fusionaron bajo el nombre del Club Atlético San Juan. El objetivo de esto era llegar con la cantidad de jugadoras necesarias para participar en la Liga Tucumana.
Nunca fue sólo fútbol
Norma recuerda a quienes estaban ahí: “Las expulsadas de otros equipos, las que tomaban, las que no las quería nadie, las que eran de barrios humildes”. Desde ese equipo, además de lo futbolístico también se trabajaba en la disciplina. Las futbolistas al saberse jugadoras de la Liga, se comprometían más con los entrenamientos y con los cuidados.
Además, el comportamiento en la cancha, destaca Bustos, era impecable: “Jugar de mala fe, nunca. Jamás le hemos enseñado que peguen una patada, que insulten, que agravien”.
Durante los años que funcionó este proyecto albergaron jugadoras con distintas realidades y carencias. “Tienen esa fortaleza de poder seguir, porque no es fácil.”, comenta Norma. De todas las edades y lugares de la provincia se sumaron a participar. Había chicas que no sabían leer, o que no tenían documentos y que, a partir de lo que compartían con el equipo, iban cambiando su situación. También les tocó acompañar a una integrante del equipo que había sido detenida en la Unidad Nº4, hecho que terminó con todo el penal jugando al fútbol.
Aunque el equipo se disolvió en 2012, tras casi eliminar al Decano en los playoffs de la Liga, el vínculo permaneció. En la actualidad, continúan con Las Tucumanesas, una organización compuesta por mujeres lesbianas que militan por la justicia social y se identifican con el peronismo, sobre todo, por la figura de Evita. Hoy, cuando se encuentran, valoran los lazos que supieron construir: “Todas éramos iguales, una la miraba a la otra y la otra la miraba a ella, a nosotras. Nos tenían arriba, pero nosotras a ellas también”, reivindica Salica.
El recorrido de estas jugadoras fue largo y, aún así, continúan formándose y dando pelea, junto a muchas otras, para que las mujeres tengan su lugar en el fútbol.
Lita dejó la dirigencia y volvió a las canchas como Directora Técnica. Allí se encuentra a menudo con la desmotivación de muchas jugadoras que, aún contando con muchas más facilidades que las generaciones anteriores, no tienen la perspectiva a futuro: “Tenemos grandes jugadoras en el interior que desde Buenos Aires no las vienen a ver, o no las tienen en cuenta para los clubes o las selecciones. Entonces saben las chicas que, como no las ven les da lo mismo”, se lamenta.
Eva sostiene que las mujeres son “jugadoras polifuncionales”. Las tareas de cuidado, los trabajos, los hijos, el mantenimiento del hogar recaen sobre las mujeres y disidencias. “Si vos tenés que pensar que vas a correr una o dos horas tampoco vas a estar muy al 100% ahí” porque la cabeza, dice, piensa en todo lo que le espera al volver. No piensa casi en el tercer tiempo. Insisten en que es necesario que se sigan profundizando algunos cambios a nivel social para erradicar el machismo, aunque encuentran difícil que se avance en ese sentido: “Si tenemos un gobierno que insulta, que discrimina, que naturaliza la violencia, eso empeora lo que estaba”, sentencian.
Tal vez el efecto mariposa no pueda explicar por sí solo todo lo que ocurrió después de aquel primer acercamiento al fútbol. Pero alcanza para mirar hacia atrás y descubrir que, a veces, una pelota y un lugar donde jugar puede cambiar muchas vidas. La historia del fútbol femenino en Tucumán sigue escribiéndose, con nuevas jugadoras echando a rodar sus propias historias.
