El ladrón de bicicletas

Ilustración: Luly Gosne de Pimienta Estudio.

Ilustración: Luly Gosne de Pimienta Estudio.

A mi amigo le robaron la bicicleta. Le dolió en el alma pero también en el cuerpo y en el bolsillo porque ahora tendría que cargar más seguido la Ciudadana y caminar con el sol que está tan fuerte. No es de los que usan la bici para hacer grandes travesías, ni le había puesto canastito y timbre de diseño. La suya era nada más, y nada menos, que su medio de transporte, por eso tenía las ruedas así de gastadas y los cambios medio borroneados de tantos roces por ahí.

El día que me lo contó estaba desarmado, llegando tarde a los lugares, tristón y arrepentido de haberla dejado ahí donde se supone que no corría peligro, que era un ratito nomás, que la cadena, que está todo bien, que ya volvemos. Subió a las redes una foto donde se la veía en sus mejores días, verde y orgullosa, con una calcomanía del correcaminos y otra del escudo de San Martín. Que si alguien la veía, por favor, le escribiera a ese número. Lo hizo con un mínimo restito de esperanza y obligado por los optimistas: “Es que cuando te roban la bici, amiga, te roban la libertad”, me confesó con la voz amarga, entre trago y trago de cerveza. Y yo, que no entiendo de bicis, pensé en mi guitarra y le di unas palmaditas en la espalda.

Cambiamos de tema, hablamos de mi gato, de los bares de dos mil y poquito que ya no existen, de unos temas inéditos de Silvio y de un youtuber que te los enseña a tocar. Nos volvimos a pata por el barrio sur, cruzando eventuales bicis atadas a los postes de la luz, mi amigo mirándose los pies y soñando ruedas que hicieran tlic-tlic-tlic-tlictilictlictictlic.

Pasaron después muchos días. Cuando nos vimos de nuevo me contó, resignado, que estaba ahorrando para comprarse otra, probablemente usada, que ya seguía todos esos grupos de compra y venta de Facebook, que le dijera si conocía a alguien que vendiera la suya a un precio accesible y una cadena mejor que la que le habían cortado. Cantamos una canción del Príncipe Pena que tenía un estribillo pegajoso y lleno de voces y pareció que lo de la bici verde ya había pasado a ser asunto de otro, del que la había llevado o de mi propio amigo en otra época, como pasa con la ropa que ya no nos queda, los juguetes de cuando éramos chicos y algunos afectos.

Una tarde a la hora en que baja el sol y los celulares se llenan de fotos de un cielo anaranjado, ocurrió lo inesperado. Mi amigo, un poco más adaptado a su vida de peatón, caminaba por el borde de la vía haciendo equilibrio ante la mirada divertida de los nenes del club del frente. Entonces, después de reírse con ellos y poner otra vez los pies en la tierra, la vio. En la acera de enfrente, apoyada en un poste de luz, con el manubrio apenas inclinado, como una chica linda acodada en la barra de un bar, estaba su bicicleta. Desaparecieron entonces los chicos del club, la señora que tomaba tereré en la vereda, y los que apretaban en el balcón. Cruzó la calle y la miró de cerca, sin poder creer del todo que fuera ella, ahí, otra vez a una distancia impensada. Pero no había dudas, era ella, aunque le hubiesen arrancado el escudo de los santos y el correcaminos, y aunque sobre su verde hubieran empezado a pintar de un celeste antiderechos. Mi amigo volvió a enamorarse a primera vista, como en un bolero, como cuando la vio por primera vez, del otro lado de una vidriera. Pero igual que con el amor, apenas respiró de nuevo, le entró el miedo y la duda: qué hacer con la bici, quién la habría dejado ahí, dónde estaría el nuevo dueño, por qué la habría dejado ahí tan confiado de que su antiguo dueño no pasaría, casualmente por allí, y la reconocería. Intentó adivinar detrás de cuál de todas las posibles puertas se encontraría el que la estacionó allí, y se imaginó tocando el timbre y sacando pecho para decirle que esa bici era suya, y en el mejor de los casos encontrarse a una persona ingenua y solidaria que se la devolviera sin más. También se le ocurrió la posibilidad de que apareciera y lo viera ahí, tan cerca de la bici, y comenzara a increparlo y se acercara el policía que suele andar dos cuadras más allá y la cosa terminara mal, como todo lo que acaba en una comisaría.

Por eso ni se le pasó por la cabeza llamar al policía y explicarle que acababa de encontrarse con su bici robada un mes atrás, y porque en la escuela había aprendido que el peor infierno está reservado para los botones.

Ya empezaba a caer la noche con la vía muerta, como casi siempre, y mi amigo todavía ahí, petrificado, a dos pasos de la bici verde sin cadenas, con el corazón en la mano y el pulso acelerado. En su cabeza se cruzaban las imágenes de cuando se la habían robado, con soluciones, con escenas como la última de Alterio en Caballos Salvajes. Sabía que en cualquier momento la oportunidad habría pasado, como sucede con los besos que no se dan a tiempo o las ofertas del Cyber Monday.

Entonces lo hizo: amparado por la primera oscuridad, la calle desierta de los los vecinos ya se habían guardado en sus casas, saltó a su bici, despojada de las marcas de un pasado que los unía, y empezó a andar. Pedaleó a toda velocidad inventando en el movimiento una brisa inexistente y se alejó en dirección oeste, por la avenida, confundido entre el tránsito que iba hacia el cerro. Volvió a sentir la libertad en la planta de los pies, a sacarle la lengua a los colectivos que iban al lado, feliz como a los cuatro años y cómodo como quien vuelve por fin a casa después de un largo viaje.

Me lo encontré en un semáforo: ‘¡volvió!’, me dijo, con la sonrisa dibujada y cien años de perdón.