Fin de fiesta
/Foto: Alejandro Sarmiento | La Palta
Volví a casa después del partido a la hora en que, aún sin perder una final, la angustia del domingo te consume. Ya estaba oscuro pero la calle no estaba muerta, había gente con camisetas argentinas, yendo a la plaza o volviendo a casa. Había movimiento, pero sin quilombo. Cada tanto sonaba una vuvuzela perdida, lamentosa, como un elefante herido, pero en general en el barrio sur reinaba el silencio. En la esquina de mi casa ya no estaban los chicos que durante las últimas semanas vendían banderas y gorritos para hacerse unos mangos. En cambio, a pesar de la hora y del resultado, todavía estaban, firmes en la vereda, unas chicas con su puestito de panchuques y apretados, probablemente esperando ver si, aún sin la euforia de los campeones, algo se vendía. Pensé en ellos y en mí, en nuestras vidas normales a las que volveríamos el lunes, en mi país en venta, en todo lo que está roto.
Me acordé de la otra final, la que viví en el país equivocado, y que ganamos, hermosa y agónicamente. Me perdí los festejos en casa y abrazarme con mis amigos en el último verano antes de que el país fuera tragado por el agujero negro de la derecha más asquerosa.
Ahora pienso en todo lo que cambió desde entonces, mientras elijo la mejor entre las miles de fotos que le saqué a mi sobrina antes del partido. Pienso en ella que no se da cuenta de que perdimos, como yo no me di cuenta de que habíamos ganado el año en que nací. Igual que yo entonces, ella tampoco sabe el país en el que vive. Con el tiempo y los mundiales se enterará y a lo mejor también descubra que aquí en el fútbol somos como en la vida. A lo mejor cuando ella crezca cambien las cosas y ser de aquí se vuelva más fácil, más seguro, más cómodo, pero como viene la historia de este país, siempre habrá que pelearla. No solemos especializarnos en finales felices, pero tenemos unos momentazos en el medio de la trama que te duran para siempre. Aquí la justicia es casi siempre poética, y una gambeta no vale más que una guerra, pero acaricia. Con todo prácticamente perdido sabemos que no se pierde hasta que el partido haya terminado, lo saben los jugadores pero también las madres y las abuelas. Claro que siempre puede haber más penas y olvido, pero a los tangos los cantamos igual. Y a veces pasa que festejamos y es para siempre, aunque dure un momento.
De los ojos de mi sobrina paso al cuarto oscuro del fondo de la vida, que son las redes sociales, ahí donde la gente tira todo lo que tiene encima. Pienso que al mundo le anda faltando mundo, y a los librepensadores bienpensantes de la humanidad, un poco de tierra en las suelas y de lecturas fuera de su algoritmo. Después están los vecinos, asfixiados por la misma soga, que no quieren perder a nada y entonces tampoco pierden la oportunidad de alinearse con los verdugos. A ninguno de todos esos quisiera tener que explicarles cómo es mi Pueblo, no les interesa, están pensando en conspiraciones y están convencidos, ahora sí, de que a los dueños del planeta los lastima la derrota futbolística de un país que ni conocen.
En 2022, cuando le ganamos a Francia en un partido infartante, yo vivía allá y lo vi sola en mi habitación. No conocía a mucha gente y los bares, la calle, la ciudad eran terreno hostil. Ganamos y salí a festejar con otros argentinos en un plaza un poco alejada, con cuidado. Este año jugué de local en todos los partidos y vi a los jugadores levantar el cartel de “Las Malvinas son argentinas” desde la casa donde crecí, con mi gato en la falda, y mis padres en el mismo sillón. Esas son las revanchas que me gustan, esos eran los partidos que yo me debía después de tantos abrazos de gol que me perdí. Para el próximo Mundial espero gritar los goles, cualquiera, todos, con mi sobrina que ya hablará y, por lo tanto, ya gritará, aunque no todo salga como queramos, aunque haya que esperar otros 4 años más.
Foto: Marianela Jerez | La Palta

