El desamor de un mundial
/* Por Pablo Jeger
Ilustración: Celeste Antonio | La Palta
“Hay gente que nunca superó Vietnam o la noche en que su banda fue telonera de Nirvana. Supongo que yo nunca superé a Charlie”
John Cusack en Alta Fidelidad
Señoras y señores: se viene el Mundial. Y con el permiso del Señor Conductor del Colectivo La Palta, hoy vengo a traerles una nueva nota. Pero vengo además a traerles una excelente noticia: se viene el Mundial más tranquilo para los argentinos, el Mundial en el que no tenemos la presión de salir campeones porque ya SOMOS campeones. Podemos ser bicampeones, por supuesto, y si usted es un hombre o una mujer de fe, más vale que apueste por eso en cuanto prode se le cruce.
Pero si usted sabe que los días de lluvia existen y tiene un paraguas en la casa, o si usted, al igual que cierto director técnico legendario de nariz prominente, es un neurótico que piensa que ganar es solo un instante y perder es para siempre, lo invito a relajarse, o por lo menos a acompañarme en el intento, porque le traigo la garantía de que una eventual eliminación en este mundial no le va a dejar ni un rasguño a su psiquis, ni una sola amargura futura. Esta vez jugamos gratis. No habrá más penas ni olvido, no habrá lágrimas ni escenas tristes esta vez en los Estados Unidos de América si un arquero rival estudia nuestros penales o si una enfermera rubia acompaña a uno de los nuestros al doping por sorteo.
Y por las dudas aclaro que tan viejo no soy, y que la imagen de la enfermera yanki no forma parte del archivo de mi memoria. No sé si vi en vivo esa escena de Maradona porque en 1994 tenía cinco años y mi único recuerdo borroso de ese Mundial es haber decorado mi cuarto con mis dibujos de las 24 banderas de los países participantes (la difícil era la de Corea del Sur). Mi memoria plena comienza en el Mundial del 98 en adelante, y por suerte sigue siendo muy completa: sé dónde y con quién vi cada uno de los partidos de Argentina. La única excepción es el Argentina-Inglaterra del 98, porque por algún motivo a alguien muy boludo en mi colegio se le ocurrió organizar una excursión a San Javier o a no sé dónde ese día, y los muy boludos de mis viejos no tuvieron mejor idea que mandarme a esa excursión de mierda. Y así como recuerdo ese detalle, recuerdo también las canciones y las mascotas, las pelotas, los fixtures y las publicidades. Pero sobre todo recuerdo el amor con el que uno empieza a vivir cada mundial y el desamor con el que terminaron la mayoría.
Hablando de desamor, tengo que abrir un paréntesis para explicar por qué puse una cita al principio de esta nota. Es así: en la película Alta Fidelidad (2000), John Cusack es dejado por su novia y se inventa un Top 5 de sus cortes más dolorosos, en el intento de mentirse que este nuevo desamor ya no podrá herirlo porque ya había sufrido lo suficiente antes. El personaje repasa estas ex parejas una por una y en algún momento se detiene en Charlie Nicholson, una mujer que nunca había podido superar (Catherine Zeta-Jones, cómo culparlo). Incluso frente a las otras ex novias de la lista, Charlie es una piedra de otro tamaño en el zapato. ¿Qué tiene que ver esto con el fútbol? Bueno, va la comparación a la que iba: al igual que los fracasos amorosos, hay algunas eliminaciones futbolísticas que, a un hincha, le duelen más que otras. No son todas iguales. Algunas son más difíciles de superar, si es que se superan. Pero (y esta es la parte complicada) no siempre sabemos por qué algunas pesan más en la memoria. El dolor futbolístico no siempre es proporcional al nivel del equipo o a la instancia a la que llega o la contundencia de la derrota o a las expectativas del hincha o a la falta de fortuna. A veces duele porque duele.
Ahora sí, me había quedado en Francia 98: yo tenía nueve años cuando el Burrito Ortega le pegó un cabezazo a Pinocho van der Sar y Holanda eliminó a Argentina. Tenía edad y tendencia a llorar por fútbol pero no fue el caso, fue un mundial lindo. A los trece, con el fiasco de Bielsa en Corea-Japón, me tomé la precoz vuelta de Argentina en primera ronda con la ironía propia de la preadolescencia. Y para la adultez ya había dominado el arte de la racionalización futbolística: “este equipo nunca jugó a nada” (Sudáfrica 2010), “ellos tenían mucho mejor plantel” (Brasil 2014), “no se podía esperar nada de esta murga dirigida por Sampaoli” (Rusia 2018). Más temprano que tarde uno aprende que en el fútbol se pierde mucho más de lo que se gana, salvo que uno sea hincha de, no sé, el Real Madrid, y a mí me tocó ser hincha de San Martín. Pero nunca pude superar la eliminación del mundial de Alemania 2006. Esa es mi Charlie Nicholson.
La historia es conocida pero la repasemos. Argentina tenía, en el 2006, un plantel excepcional: fue el primer mundial que jugó Messi y el único que jugó Riquelme, pero también estaban Crespo, Tévez, Aimar y Saviola. Vi el 2 a 1 contra Costa de Marfil en casa de mis tíos, pero a partir del segundo partido (la gloriosa goleada frente a Serbia & Montenegro) empecé a verlos en el bar del papá de Franco, un compañero del colegio. Había una pantalla gigante, que para esos años preHD era quizás la mejor forma de ver un partido de fútbol. Yo tenía 17 años y estaba en el último año del colegio. Y con el correr de los partidos, el grupito de chicos del curso que adoptó el bar como sede fue creciendo. Incluso fuimos a la plaza después del 2 a 1 frente a México y el gol de Maxi Rodríguez (quizás el gol argentino que más grité en mi vida).
Argentina entonces enfrenta al local en cuartos de final y se pone en ventaja con un córner de Riquelme que conecta Ayala de un cabezazo. Pero en un acto de cobardía deportiva que jamás perdonaremos, el DT Pekerman saca a Riquelme (un volante de creación) por Cambiasso (un volante de contención). Se lesiona Abbondanzieri (el arquero que sabía atajar penales), Messi queda sentado en el banco porque Pekerman prefiere poner al Jardinero Cruz, y Alemania empata con un lugar común: dos cabezazos en el área. En los penales, mientras el arquero suplente argentino se tira mal en todas, aparece Jens Lehmann. El arquero rival saca un papelito en el que tiene anotado cómo patean los argentinos y ataja dos. Pero no lo festeja. No sale corriendo a abrazarse con nadie ni baila como hubiera bailado el Dibu. Solo señala en el aire con un dedo, satisfecho con su tarea. Es meticuloso, es frío, es alemán, es el villano perfecto. Hasta su nombre parece el de un enemigo de James Bond. Estuve gugleando y parece que Lehmann viene teniendo una vida difícil después de retirarse, entre un divorcio escandaloso, detenciones por manejar en estado de embriaguez y peleas jodidas con vecinos. A lo mejor hay un Dios.
¿Por qué me duele la eliminación de ese año y no otro?¿Por qué me afectó mucho menos, por ejemplo, la imagen de Messi mirando la Copa en el Maracaná en el 2014, como niño pobre con la ñata contra el vidrio de una juguetería? Dios sabe, y Dios sabe también que me lo pregunto seguido. Quizás porque fueron penales, quizás porque íbamos ganando, quizás porque el DT se equivocó, quizás porque la sensación es que ese día dejamos caer la arena tristemente entre los dedos. O quizás yo solo era adolescente y esto solo es una cuestión generacional. O sea, a la gente de mi edad le pasa con ese mundial, a algunos más viejos les pasará con el de Italia 90, a algunos más jóvenes les pasará con el de este año.
Ese día, en el bar del papá de Franco, después de los penales nos sentamos en la vereda de esa esquina céntrica mientras de a poco se restituía el tráfico vespertino. Nadie decía nada, salvo uno de los chicos, el Mocho, que se preguntó en voz alta: “2006… 2010… ¿Cuántos años vamos a tener nosotros entonces?”. Parecía lejísimos el siguiente mundial. Cuatro años son una eternidad en el secundario, y uno puede cometer la torpeza de pedirle al tiempo que se apure. Hoy por hoy le pediría que se frene un poco.

