Pasar el enero

Fotografía: Agostina Rossini

Fotografía: Agostina Rossini

Lo sabemos muy bien: Dante se olvidó de contar el último infierno, el ardiente círculo que desarma apenas algún desdichado es arrojado o se atreve a asomar su nariz. A la Divina Comedia le faltó narrar el castigo de los que por trabajo, bolsillos vacíos o desafortunada casualidad, deben pasar enero en Tucumán. Las suelas derritiéndose sobre el pavimento humeante, los mosquitos zumbando en el oído de noche, los cortes de luz en plena siesta, las remeras pegadas a la espalda y las dos al asiento previamente transpirado por otro pasajero en el colectivo viejo que pasa lento bajo el sol de un mediodía, rebotando en una calle de adoquines. No está escrita en ningún lado la tragedia de quienes no han podido comprar un aire acondicionado en cómodas cuotas y es 15 de enero en algún monoambiente que mira hacia el norte. Nadie osó describir cómo es abrir los ojos con el cuerpo pegoteado cuando son las ocho de la mañana y el día arranca, piadoso, con 32 de térmica. El verano en Tucumán es un dolor punzante en la frente, como el que anuncia un golpe de calor. Es el mareo que antecede al desmayo y arde en la vida como la espalda después de una insolación.

Existen sin embargo algunas cosas que pueden hacer que amaine un poco el fuego, de a ratos, apenas. En la desesperación todo intento vale y lo que sea es mejor que derretirse en silencio. Aquí van algunos consejos en forma de pequeños oasis para pasar el enero:

  • El agua helada devuelve al cuerpo la sensación de vida: Las duchas de agua muy fría y una botella de litro y medio cada dos horas son recomendables si vive en un lugar mal refrigerado o colapsa la empresa de energía eléctrica en su zona.

  • Un patio y una manguera pueden hacer maravillas: ‘Manguerearse’ en la jerga popular y mojar a otros puede ser muy aliviador. Esto puede realizarse con un sentido lúdico, sumando espuma, botellas y globos de agua y adelantando las prácticas del tan esperado carnaval. Si la intención es pasar un momento de calma y meditación, se recomienda elegir un espacio de sombra, mojarlo hasta lograr un charco y retozar en él mientras se lee, se escribe, se escucha música o se mira al firmamento con inquieta curiosidad.

  • Buscar pequeños oasis fuera de casa: Una buena opción es localizar en las cercanías aquellos espacios que prometen un ambiente climatizado donde pasar un rato. Las idas al cine suelen ser un acierto. Aun cuando la película en cartelera no prometa demasiado siempre se puede convertir en tiempo de calidad durmiendo allí una buena siesta. Se recomienda llevar abrigo o alguien a quien abrazar porque en el interior de las salas la temperatura suele ser de 20 o 25 grados menos que en la calle. Las galerías comerciales son también buen refugio si deambular no resulta un problema y si el o la paseante disfrutan de un buen cafecito, cuya duración va a gusto del consumidor y que puede, o debería, coincidir con la hora benévola en que baja el sol.

A los consultorios médicos, que tienen fama de ser frescos, puede llevarse un libro o un juego en el teléfono y aducir una emergencia que justifique la partida justo antes de que llegue su turno.

Las viejas guías decimonónicas contra el calor mencionan otros lugares como las bibliotecas públicas para pasárselas más frescos y, de paso, cultivarse. En la actualidad desconocemos si se encuentran debidamente refrigeradas/subvencionadas o si se encuentran, en general, en algún lugar de la ciudad.

Conseguir amigos o conocidos de ocasión con pileta: Ésta suele ser la primera opción de mucha gente pero también una de las más difíciles porque exige tener amigos, y amigos con casa además, y amigos con pileta en sus casas además de más. De ser así, conviene llevar un bolsito con todo lo necesario para dos o tres días por si fuera posible, en un descuido del anfitrión, aprovechar las instalaciones para quedarse a vivir todo el tiempo que se pueda. Estrategias como alentarlo a salir de viaje y ofrecer cuidar de su casa están muy bien vistas pues, como se sabe, en la guerra y en el calor, todo vale.

Para alivios temporales es mejor elegir veredas con sombras largas y sostenidas, como las de calle San Luis o algunos tramos de la Salta. Si, además, se las camina con la luz de la tarde cuando cae puede convertirse en un paseo para guardar en el muro de Instagram.

Buscar los zaguanes de las casas viejas o abandonadas que guardan el fresco, acercarse a los portones de garajes subterráneos o de esos grandes galpones que sirven de depósito, comprarse un vasito de achilata para el camino o besar a una chica que la acaba de probar. Meter de vez en cuando la cabeza en el freezer imaginando que vive en un ínfimo iglú, mojarse en la ducha y nadar entre baldosas con el ventilador prendido, encontrar tirado el helado corazoncito de un ex, pasear por la ciudad en los dos o tres colectivos que ya tienen aire acondicionado, o empezar a trabajar en un frigorífico. Elija su propia aventura para pasar el enero.