Operativo Cóndor: “O concretamos nuestro futuro, o moriremos con nuestro pasado”

Foto: Héctor Ricardo García para Diario Crónica

Era un vuelo más entre todos los que salían de Aeroparque. El destino del vuelo 648 era Río Gallegos, un viaje de alrededor de seis horas y media. Por aquellos años no había tantas conexiones ni tanta frecuencia como ahora; no había controles rutinarios con rayos X ni detectores de metales. Nada hacía prever lo que sucedería en el aire horas después.

A bordo estaba un grupo de 18 jóvenes camuflados entre 35 pasajeros más.  El 28 de septiembre de 1966, luego de tres días de “retiro espiritual”, como le llamaron a las últimas horas de preparación, estaban listos para subirse a ese avión. La fecha no era casual. Tres días antes había llegado al país Felipe de Edimburgo, príncipe consorte del Reino Unido, cuya agenda incluía un partido de polo con el presidente de facto Juan Carlos Onganía. 

Esos jóvenes, de entre 18 y 32 años, en su mayoría eran militantes de la Resistencia Peronista; también había integrantes vinculados a sectores nacionalistas, con distintas ocupaciones: estudiantes, metalúrgicos, periodistas. Tenían como objetivo secuestrar ese avión y dirigirlo hacia las Islas Malvinas, sabiendo que por esa acción podrían morir o ir presos.

Dardo Manuel Cabo era periodista y lideraba la operación junto a María Cristina Verrier, también periodista y dramaturga. Cuando el avión se encontraba cerca de su destino original, Cabo y Alejandro Giovenco ingresaron armados a la cabina de la tripulación. Allí informaron al comandante Ernesto Fernández García que el avión había sido tomado y le ordenaron cambiar el rumbo hacia las Islas Malvinas. Según la reconstrucción basada en testimonios, Cabo le indicó: “Ponga rumbo uno-cero-cinco” y le entregó un mapa con la ruta que debía seguir.

Poco antes de las 9 de la mañana, tras sobrevolar la capital del archipiélago, localizaron una pista hípica y realizaron un aterrizaje forzoso, entre las densas nubes de la mañana y el intenso viento austral. Al nombre colonial de Puerto Stanley, los cóndores opusieron el nombre Puerto Rivero, en honor al gaucho Antonio Rivero, quien había resistido la ocupación británica de las islas en 1833. No hubo heridos pese a la maniobra. El Douglas DC-4 de Aerolíneas Argentinas se encontraba casi intacto, solo tenía el tren de aterrizaje encajado en el barro. 

Los demás pasajeros fueron tomados como rehenes. La presencia de civiles funcionaba como resguardo frente a las decenas de kelpers y militares que poco a poco rodearon la aeronave. Entre esas personas, se encontraba el gobernador de facto de Tierra del Fuego, el contraalmirante José María Guzmán. Según testimonios de Norberto Karasiewicz, miembro de los cóndores, Guzmán fue informado en el vuelo que sería gobernador en las Islas. 

También se encontraba el director y fundador del diario Crónica, Hector Ricardo García, quien había sido invitado por Dardo Cabo con la promesa de que tendría una primicia. Documentó con su cámara distintos momentos del operativo y publicó una crónica de los hechos en tres entregas, llamada “Yo vi flamear la bandera argentina en las Malvinas”.

Una vez en las islas, uno de los primeros movimientos fue el despliegue de siete banderas argentinas y la lectura de la proclama del grupo. Allí volcaron todo lo que les significaba esta gesta: “Ponemos hoy nuestros pies en las islas Malvinas argentinas para reafirmar con nuestra presencia la soberanía nacional y quedar como celosos custodios de la azul y blanca que ha de flamear altiva mientras haya hijos que respondan por ella”. El mensaje fue captado por un kelper radioaficionado, y retransmitido a otras provincias del sur argentino. 

Después de 36 horas, con los pasajeros ya liberados, los cóndores negociaron su retirada con el sacerdote de las islas y el capitán de la aeronave. Junto a sus banderas y habiendo entonado el Himno Nacional Argentino, dieron por finalizada su misión. Entregaron las armas a la única autoridad que reconocían, el piloto Fernández García, y se retiraron hacia la iglesia donde esperarían unos días a que llegara el buque Bahía Buen Suceso, en el que volverían al continente.

Mientras la noticia del Operativo era motivo de celebración en distintos puntos del país, la dictadura de Onganía determinó que debían ser juzgados y encarcelados. Esta postura fue explicitada en un comunicado emitido por la Presidencia donde afirmaron que “la recuperación de las islas Malvinas no puede ser una excusa para facciosos”. Los integrantes cumplieron nueve meses de prisión, a excepción de Cabo, Giovenco y Juan Carlos Rodríguez, quienes permanecieron privados de su libertad durante tres años por contar con antecedentes.

Verrier y Cabo celebraron su matrimonio en la cárcel. Tras su liberación, el líder del grupo que viajó a Malvinas integró la conducción de la organización armada peronista Descamisados, y luego de Montoneros. Fue detenido el 17 de abril de 1975 y tuvo diversos traslados hasta llegar a la cárcel de La Plata.

En las primeras horas del 6 de enero de 1977 fue fusilado en Brandsen junto a otros cinco compañeros. Según la versión difundida entonces por el Primer Cuerpo del Ejército, habían muerto en un supuesto intento de fuga durante un traslado.

Dardo Cabo no fue el único cóndor que padeció la persecución y tortura en el marco del terrorismo de Estado. Aldo Omar Ramirez, el más jóven del grupo, para 1977 integraba las filas de Montoneros. Fue secuestrado y llevado al centro clandestino de detención Campo de Mayo, en la zona norte de Buenos Aires, donde murió. Edgardo Jesús Salcedo, militante de Montoneros, fue asesinado el 12 de julio de 1976 junto a su compañera, Esperanza Cacabelos, durante un operativo ilegal de la Armada en el domicilio donde vivían.

Los demás integrantes del Operativo fueron Fernando Aguirre, Ricardo Ahe, Pedro Bernardini, Juan Bovo, Luis Caprara, Andrés Castillo, Víctor Chazarreta, Fernando Lisardo, Edelmiro Jesús Ramón Navarro, Ramón Sánchez y Pedro Tursi. Recién en el año 2006, todos los cóndores recibieron el reconocimiento de órganos legislativos, como el Senado de la Provincia de Buenos Aires y la Cámara de Diputados de la Nación. Fueron los primeros reconocimientos oficiales tras 40 años de su gesta.

María Cristina conservó en secreto seis de las siete banderas que flamearon en las islas hasta el 2012, cuando decidió entregarlas a la entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner. La séptima había sido entregada previamente por Verrier y Dardo Cabo a un empresario de Lezama, provincia de Buenos Aires, que había contribuido económicamente al Operativo Cóndor. Su viuda donó la bandera al municipio en 2009, después de conservarla con su familia durante 40 años.

En la carta donde le solicitaba a la ex Presidenta el relevo de la custodia de las banderas, le pidió que enviara una a la Basílica de la Virgen de Itatí en Corrientes y otra, la que llegó a flamear 36 horas en las Islas, al Mausoleo de Néstor Kirchner en Río Gallegos.

Las cuatro banderas restantes fueron dispuestas por Fernández de Kirchner en la Basílica de Luján, otra en el Salón de los Pasos Perdidos en el Congreso de la Nación, otra en el Patio Malvinas Argentinas de Casa Rosada y otra en el Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur, ubicado en la ex ESMA. Estas últimas dos fueron retiradas durante el gobierno de Javier Milei argumentando tareas de conservación y de revisión de contenidos.

Sesenta años después del vuelo de los cóndores, las cosas por hacer por Malvinas y los territorios marítimos e insulares que ocupa el Reino Unido aún son muchas. El viento desde el sur trae una copla, el mensaje con el que concluyen su proclama los cóndores: “O concretamos nuestro futuro, o moriremos con nuestro pasado”.