El feminismo indígena se construye en la práctica
/Chavela Pasttrana
Foto: Gastón Bejas
“En el pueblo, todos me conocen como Chavela”, dice Máxima Isabel Pastrana. El pueblo del que habla es Amaicha del Valle, esa especie de paraíso al oeste de la provincia donde muchas personas buscan paz y descanso. Ahí habita ancestralmente la Comunidad Indígena de Amaicha del Valle, a la que pertenece Chavela pero de la que se fue durante algunos años de su infancia. “Desde mi adolescencia, fruto del desarraigo que sufrí cuando era niña, me empecé a interesar por lo comunitario”, cuenta mientras escarba en sus recuerdos un punto de inicio de su militancia. “Empecé a militar en la política indígena a los 14 años”, dice con certeza.
Desde muy pequeña comenzó a reconocer las marcas de una historia de despojo y las formas en que, todavía hoy, el colonialismo se replica a diario. “Los indios somos buenos, muy buenos para todo el mundo. ‘Ay, qué bonitos que son los indios’. Ah, pero cuando el indio reclama derecho, se convierte en terrorista”, advierte. Es así como la imagen del pueblo indígena puede ser aceptada mientras permanezca asociada al folclore, a la celebración o a una idea romántica de identidad. El conflicto aparece cuando esa identidad reclama territorio, derechos y capacidad de decisión.
En su búsqueda por conocer esa comunidad que era la suya y entender qué implicaba pertenecer a ella conversó con algunas personas mayores. Recuerda con cariño a don Marcos González, “un comunero que trabajaba su tierra, que tenía sus viñas, que hacía vino y que sabía un montón de cosas como, por ejemplo, de dónde y cómo había que sacar el agua, cuándo era la mejor época para sembrar, qué se sembraba, por qué sembraba trigo en un lugar y maíz en otro. En qué época había que podar una viña, hasta qué gajo le tocaba cortar”.
Foto: FB Justicia por esperanza Nieva
Pero el nombre que quedó ligado a esa historia colectiva que Chavela abraza y hace carne es el de Esperanza Nieva. “Una mujer que tenía un amplio sentido de la vida comunitaria”, resume. Doña Esperanza vivía de cultivar membrillos y hacer dulces que vendía (o convidaba), tenía sus viñas y producía arrope de uva o vinos mistela. “Las mejores mistelas que yo he tomado las tomé en su casa”, comenta con una sonrisa socarrona como recordando vaya una a saber qué anécdotas que elige no contar. Doña Esperanza era, señala Chavela, una gran conocedora de las leyes y de los estatutos de la comunidad. Fue integrante del primer Parlamento Indígena y asistía a cuanta reunión comunitaria se hacía. “Me llenó de experiencia desde sus relatos”, remarca. Entonces, el entusiasmo le cede paso a la tristeza: “Cuando asesinan a doña Esperanza Nieva, yo sentía que una parte de mi historia se había muerto con ella”.
Esa pérdida, además de dolorosa, fue un punto de inflexión. A partir de allí, dice, comenzó a pensarse también desde otro lugar, el de una mujer indígena que no solo pelea por el reconocimiento de su pueblo, sino que también cuestiona las desigualdades de género. “Producto de tantas charlas con ella entendí que era el momento de levantar una bandera de lucha que sea diferente”.
Feminismo indígena y una bandera de lucha diferente
Cuando Chavela habla de feminismo indígena no parte de una definición académica sino de la experiencia, del trabajo comunitario y colectivo y de la vida cotidiana. Nombra, muchas veces, a doña Esperanza porque, claro, fue una luchadora de los derechos de su pueblo, el pueblo diaguita y todos los pueblos ancestrales. Pero también era férrea en su defensa de los derechos de la mujer.
Esperanza tenía 81 años y vivía en Los Zazos. En esa, su casa, fue asesinada el 7 de junio de 2010. “Cuando llegó la policía hablaron de muerte natural. Era visible que Esperanza se había resistido, por los golpes y otros vejámenes de los que mejor no hablar”, decían desde un primer momento quienes la conocían. La comunidad salió a las calles a exigir justicia, siguió de cerca la posibilidad de un juicio, pero su muerte quedó impune cuando se supo que el imputado falleció.
“Primero empezamos haciendo marchas, después profundizamos las discusiones sobre lo que significa ser mujer en la comunidad y qué derechos tenemos. Entonces sentí la necesidad de capacitarme y ver cuáles eran nuestras debilidades para fortalecernos a partir de ahí”, recuerda Pastrana.
Foto: Gastón Bejas
Pertenecer a un pueblo indígena es saberse históricamente vulnerado pero, pensar en clave feminista es mirar las relaciones de poder entre varones y mujeres y reconocer que dentro de las comunidades, muchas veces, la palabra de los hombres tiene mayor peso. También implica revisar las prácticas heredadas y discutir qué relaciones de poder se reproducen en la vida comunitaria. “Es difícil derribar esas cuestiones que tienen que ver con el patriarcado que juega mucho dentro de las comunidades. Una puede, en las comunidades, dialogar con los hombres pero no es fácil”, reconoce.
Cuando el feminismo llega desde afuera
Una de las discusiones más fuertes que tiene Chavela es la que se da con lo que identifica como “feminismo blanco”. No se trata, explica, de rechazar las alianzas ni las luchas compartidas. El problema aparece cuando quienes llegan desde afuera dan por sentado que saben qué necesitan las mujeres indígenas o cómo deben organizarse.
Foto: Gastón Bejas
Esa lógica no es exclusiva de quienes llegan con una propuesta feminista. También aparece cuando se mira el territorio desde afuera y desde una lógica de propiedad o explotación. Un algarrobo puede convertirse en un obstáculo para construir o producir. Para la comunidad, en cambio, ese árbol tiene otra dimensión. “Para ellos un árbol es un estorbo y para nosotros un árbol es una gran parte de nuestra vida”, dice.
Chavela recuerda situaciones en las que personas externas llegan a la comunidad con una propuesta ya armada y dicen que pensaron hacer determinada actividad y que invitan a las mujeres indígenas a participar. Pero para ella hay una diferencia fundamental entre invitar y consultar. “No me tienen que invitar. Yo soy de la comunidad, entonces, te tienen que venir a pedir permiso para hacer algo en tu comunidad”, sostiene. Ocurre que invitar a las mujeres indígenas a participar es sinónimo de incorporarlas a una agenda que no construyeron.
Foto: Elena Nicolay (Archivo del encuentro plurinacional de mujeres realizado en amaicha-2021)
La lucha por ser escuchadas se da en varios frentes, hacia adentro “con el hermano que es otro oprimido igual que vos” y hacia afuera con quienes no suelen escucharlas e intentan explicarles a las comunidades cuáles son sus propias necesidades. “Las mujeres de la comunidad, generalmente, somos más sumisas, más tímidas, más calladas, porque eso ha hecho el sistema opresor en nosotras. Son los resabios de la conquista”, explica la mujer que tuvo que aprender a hacer escuchar su voz.
El feminismo indígena es una construcción en la práctica, en las discusiones comunitarias y también en la decisión de crear espacios propios. Un decir y un hacer que no separa fácilmente las luchas. Y en esa construcción, Chavela vuelve una y otra vez sobre la idea de que no se trata de ocupar un lugar que alguien más decidió conceder. Se trata de decidir desde el territorio.
