Un día especial para la Casa Cuna de Tucumán

Fotografía de Exequiel Reinoso | Colectivo La Palta

Fotografía de Exequiel Reinoso | Colectivo La Palta

El domingo 18 fue especial ya que se celebró el Día del Niño. Durante ese día, esperado con ansias y expectativas por los más pequeños, los paseos públicos de la provincia se llenaron de familias que salieron a disfrutar del sol y vivir una jornada llena de alegría y diversión. Para la mayoría de las personas esta fecha representa comprar regalos, cumplir algunos caprichos y pasar el día en familia. ¿Pero que ocurre con los pequeños que no tienen una familia? ¿Qué ocurre en instituciones como la Casa Cuna? Sin dudas, al igual que en la mayoría de las plazas, la Sala Cuna se convierte en un lugar de fiesta donde, a pesar de que algunos chicos no tienen a sus padres biológicos, reciben el cariño de sus padres del corazón.

Soledad es voluntaria de la institución hace un año y, desde que entró al lugar, su vida cambió por completo. Esta fue la primera vez que pasó la fecha en la Sala Cuna y, en sus palabras, fue la experiencia más hermosa que vivió hasta el momento. Ella y su grupo de compañeras trabajó durante dos meses para celebrar a lo grande este día. Hicieron cotillón, ornamentaron todas las salas, prepararon espectáculos y alquilaron peloteros, lo que le dio mucho color al edificio.

Como todos los años, esta fue una fecha importante dado que las puertas de la Casa se abren a la comunidad, durante todo el día. Cientos de familias llegaron al edificio, algunos con obsequios y otros no, pero sus intenciones fueron compartidas: sacarle una sonrisa a los niños y hacerlos pasar una jornada inolvidable.

Mónica Vergara fue una de las visitantes. Acompañada por su familia (esposo, hijos, sobrinos, hermana y cuñado), recorrió todas las salas, desde los lactantes hasta la de niños de 4 años. Esta es la segunda vez que asiste y, como explicó, lo seguirá haciendo por los próximos años. “Comenzamos a venir a pedido de mi hija, que siempre quiso ser voluntaria pero, por la edad, aún no puede. Desde el año pasado, decidimos que todos los años vendríamos a compartir con los pequeños de la casa y, realmente, fue una experiencia que nos llena el alma, aunque también nos rompe el corazón”, sostuvo. Su última expresión hace referencia a la tristeza que le genera saber que los niños de la Casa no tienen una familia estable y que su único contacto son las voluntarias y las personas que visitan la institución para el Día del Niño y Navidad. Esas son las únicas fechas en la que el edificio está abierto al público, aunque algunas organizaciones suelen solicitar visitas mediante notas a la directora.

Aunque parezca inapropiado para muchas personas, las visitas humanitarias no son favorables en la vida de niños institucionalizados, como sostiene Fundación Adoptar. Esto se debe a que, por ejemplo, el bebé o niño pequeño de Sala Cuna, que está dentro de una edad de 0 a 5 años, se encuentra en un momento crítico del inicio de un marasmo institucional (síndrome que se manifiesta con perturbaciones psíquicas, emocionales y espirituales en niños institucionalizados. Si bien se observa desde el comienzo de la internación algunos síntomas, el agravamiento se agiganta desde el tercer mes y se agrava de acuerdo a la duración del encierro).

“Cuando se encuentra con los jóvenes que lo visitan, se encanta, se llena de alegría, porque es fácil suponer las carencias tremendas de afectos que padece. Esas ganas indescriptibles de ser acariciados, besados, alzados, abrazados, que le hagan cosquillas o que los hagan jugar (…) Pero, una hora después, luego de ese momento maravilloso, los adolescentes se retiran de la sala, abandonan los cariños, se despiden tocándoles la cabecita y desaparecen. El niño entendió que había encontrado por fin la calidez y presencia de afecto constante que precisaba… pero de pronto, vuelve a sentirse abandonado, una repetición exacta de lo que le pasó cuando sufrió su primera soledad. Toda la conducta que aquellos jóvenes o curiosos, la vivieron como un acto divertido, humanitario y cristiano, termina agravando su precario estado emocional y su ilusión”, explica la fundación en su página web.

Aún así, las voluntarias tienen su lugar privilegiado. Pueden visitar a los niños todos los días, darle todo su cariño y, aunque esté prohibido, tener su favorito. Como es natural, todas se encariñan siempre con algunos chicos del grupo más que con otros, y Soledad es un ejemplo de ello. Sus ojos se iluminan cuando ve a Flor, una “mocha” hermosa de dos años, que lo único que sabe decir es: “Chole”.

Al igual que Soledad, Alejandra es voluntaria de la casa. Al finalizar el festejo se vio cansada pero, como explicó, fue el cansancio mas lindo, que no sintió en mucho tiempo. “Es increíble lo que pueden llegar a transmitir esos nenes, que son inocencia pura y con un corazón tan transparente como sus ojitos. Creo que ser voluntaria de la Casa Cuna es una de las mejores decisiones que tome en lo que va de mi vida y lo disfruto cada jueves, cada sábado y cada día que paso con ellos y, simplemente, los veo sonreír”, observó.

La alegría que contagian los niños de la Sala Cuna en las habitaciones adornadas con coloridas flores de papel crepé traslada, a quienes los visitan, hacia una realidad distinta de la habitual. El silencio del edificio se trasforma para el Día del Niño en algarabía y risas infantiles,  perfectas para compartir todos los años.

Exequiel Reinoso

ereinoso@colectivolapalta.com.ar