El gato que edita

Fotografía de Nicolás Bulacio | Gato Gordo Ediciones

Fotografía de Nicolás Bulacio | Gato Gordo Ediciones

Sobre una de las arterias de barrio sur, ese pedazo de la ciudad con centro más o menos alrededor de la plaza San Martín, hay gato encerrado. Allí caben un montón de libros artesanales con tapas de colores y títulos raros, y todas las ideas de los que están por venir. Se trata del departamento de Fabricio Jiménez Osorio, “dueño, fundador y único capitalista” de Gato Gordo Ediciones, como en el cuento de Cecilia Pavón que le inspiró el nombre.

Según cuenta Fabricio, Pavón y Fernanda Laguna iniciaron en el año 99 la editorial artesanal Belleza y Felicidad, semilla de Eloísa Cartonera, inspiradas por un viaje a Brasil en que conocieron la llamada ‘literatura de cordel’: libritos folletinescos colgados de cuerdas y exhibidos en tiendas. “Esa forma de circulación literaria, de producción y de difusión, no existía en ese momento, y es como que han traído una novedad, pero era parte de un under porteño en ese momento. Después con la crisis del 2001 que muchas editoriales han quebrado estaba ya como movimiento Belleza y Felicidad que se había convertido, además, en una galería de arte. Estaba todo muy convulsionado en esa época y más desde el lado editorial, pero había muchas ganas de escribir y lo hacían así, hojas abrochadas y libros baratos, eso era Belleza y Felicidad, que yo la he descubierto tardíamente cuando ya había dejado de existir.” explica Jiménez Osorio.

Una impresora casera y unas hojas

El sueño de Fabricio, como el de todo escritor con más pasión que capital en una ciudad del interior, era publicar. Admirador de las editoriales artesanales, antes de fundar la suya propia, se pasó casi un año leyendo entrevistas a editores como Washington Cucurto de Eloísa Cartonera, Damián Ríos o la gente de Belleza y Felicidad. “Me parece que hay una cultura muy valiosa en la autoedición artesanal que, en realidad, no es original de acá ni nada, sino que es algo para recuperar, porque es algo que sí lo hacían, por ejemplo, las maestras rurales: ellas hacían sus libritos.” cuenta. “Yo veo libros como los de Eloísa y me parece que el formato es muy alentador para que vos lo hagas en tu casa, para que edités y no te quedés desmoralizado por no poder acceder a editar un libro. Porque, ponele, si querés editar en una editorial capaz que te cobran 12.000 pesos y pensás ‘la literatura no es para mí, no me puedo dedicar a esto’ y te empezás a bajonear. Esa cultura se ha perdido un poco, está bueno retomarla y que la gente aprenda que podés hacerlo con una impresora casera y unas hojas”.

Exactamente eso le faltaba. Ese empujón final no tardó en llegarle de la mano de una amiga a quien había alojado un tiempo en su casa: “Cuando consiguió algo para irse me dejó un regalo. No quiso que nos abracemos a llorar ni nada, sino que se fue. Yo llegué acá y me encontré con una caja con una carta. Abro, y era una impresora láser monocromática. Yo le había comentado que quería hacer esto y ella tenía una.” A eso se le sumó el papel: “Mi cuñado labura en una papelera y por ahí hay papeles que los tiran o que los descartan y yo le digo que a mí me sirven y me pasa 2 resmas por mes, ponele. A mí ya me parecía suficiente.”

Impresora y hojas: la editorial artesanal ya estaba en marcha.

Experimentos breves

En este texto, “Discos Gato gordo o una nube con forma y color de moretón”, Pavón cuenta la historia una chica que crea su propio sello discográfico destinado a difundir bandas de música electrónica experimental de Buenos Aires: “No le iba bien pero tenía que ver con su deseo, con su sueño de trabajar de lo que le gusta. Ella insistía con su proyecto porque consideraba que eso era el futuro. He sentido empatía porque a mí me pasa un poco eso con la literatura. Siempre quise tener una editorial pequeña así, algo pequeño y de textos que me conmuevan o me interpelen. Por eso es que los busco yo y que quiero que sigan una línea, para que a la larga tenga una identidad, que uno lea un Gato Gordo y sepa que se va a encontrar con un libro de determinadas características”, afirma.

Fabricio tiene muy claras las particularidades que le interesan en los libros que quiere editar y, más que el hecho de que le envíen textos, le gusta descubrirlos él mismo y encontrar en ellos estos matices. En cuanto a géneros, elige la narrativa breve. No es por capricho, explica, sino porque lo considera una necesidad: “Yo veo que por acá, por el NOA, tiene más peso la poesía y la narrativa está medio débil, no hay una movida de eso. Yo hago poesía pero también narrativa y siempre veo que en las lecturas es como difícil llevar un cuento porque lees y es más largo, entonces la gente escribe y difunde más poesía”.

La brevedad responde, en parte, a otro atributo fundamental de todo Gato Gordo: su carácter experimental. Fabricio cuenta que uno de sus autores de cabecera, César Aira, explicaba que sus libros eran experimentos y que, como tales, para funcionar debían por fuerza ser breves, ya que se experimenta con el lector y su atención: “No me gusta la palabra ‘vanguardista’ porque es medio vanidoso decirse así, pero sí me interesa la literatura experimental en cuanto a forma y contenido. Puntualmente de Tucumán, pero a sus alrededores también, y priorizar eso. Todos los libros tienen una propuesta distinta y un formato distinto. Me interesa que sea transgresor, que sean otros relatos, otras voces, que salen de lo que nos han enseñado”, dice con convicción.

Las narrativas breves que integran los libros Gato Gordo hasta hoy son de lo más variadas: monólogos, diálogos, diario íntimo, compendio de sueños, y hasta invitaciones para eventos de Facebook: “Fiestas maravillosas es un 'invitaciones reunidas', que es un género que no existe en la literatura, las invitaciones de Face, pero es un experimento y ése ha sido el primer librito. Hay unas fiestas que se hacen en Tucumán Arde (Entre Ríos 303), y una amiga hace unas descripciones muy bizarras, muy graciosas en Facebook, y a mí me parecía que había mucha creatividad en eso, que había hiperrealismo, intertextualidad, un montón de cosas valiosas a nivel literario que nadie tiene en cuenta”. Fabricio cuenta que se puso a rastrearlas a todas, reunió nueve de ellas y le propuso la idea a su amiga: “A ella no le cabía, le parecía que era un quemo. Me decía ‘Bueno, pero no lo pongás a mi nombre’, hagamos un seudónimo. Y la idea era esa, empezar a hacer libros que no están escritos, no trabajarlos mucho desde la parte de sintaxis, sino valorar esa espontaneidad del texto mal escrito.” explica.

En este sentido, lo que más le gusta, confiesa, es editar un libro que aún no está escrito: “Por ejemplo, ahora tengo una idea: tengo una amiga y ella tiene una abuela*,  con demencia senil, que ve gente. Mi amiga la cuida y la abuela quiere estar con su nieta porque ella le sigue la corriente, no la trata de loca ni nada de eso. Y mi amiga a veces necesita descargar eso y, cuando pasa algo con la abuela y se duerme, ella lo escribe rápido por Whatsapp y lo manda. Pero lo escribe de manera muy poética. Un día me dijo que su abuela es como un poema efímero y a mí me ha encantado ‘Eso es un título’ le digo ‘ella es un poema efímero’. Se lo he planteado y le ha gustado mucho”.

Sabe que no es ficción, pero cuando se topa con algo así siente que le encantaría verlo en un libro, que en todos lados hay una historia.

Coediciones

Además de escribir, Jiménez Osorio es militante del Colectivo LGTBIQP en Lucha, agrupación que brega por los derechos y el reconocimiento de las distintas identidades sexuales (Ver nota de La Palta aquí). Hace un par de años que, junto a Patricio Dezalot, compañero de militancia, fueron entrevistando a diferentes personalidades, referentes de cuestiones de género y diversidad sexual, como Lorenzo Verdasco, Ana Hynes o Electra Trash.

Al igual que con la ficción, Fabricio también veía libros en las entrevistas. Una vez, durante una larga entrevista, se le ocurrió pensar: “¡Todo esto que está hablando puede ser un libro de 73 páginas!’, no sé por qué ese número, pero eso pensé. Y me quedó dando vueltas eso de 73 páginas, de cuánto habla una persona, si habla dos horas serían tantas páginas… Todo lo veía editable: pasa una mosca y se me hace que es un libro”.

Mientras tanto, pasaba el tiempo y, en un momento, se dieron cuenta de que contaban con un valioso material de archivo con el que no sabían qué hacer. Fue entonces cuando Fabricio tuvo la idea: “Entonces le propongo a Pato que abramos una colección de Gato Gordo que no sea de ficción, como hasta ahora, y que demos un lugar a esas entrevistas, y que la dirija él a la colección, porque yo estoy de cabeza con la ficción, y él es más obsesionado con la militancia y las cuestiones gay”. Cuenta que su amigo, perfeccionista y dedicado, se entusiasmó de tal manera que, al poco tiempo, ya le había presentado un proyecto formal con todo el programa de los 5 libros que serían editados desde mayo a noviembre. Según este programa, los libros irán abordando las distintas letras de la sigla LGTBIQP (lesbianas, gays, transexuales, bisexuales, queers y pansexuales), y algunos otros temas como la historia de las drag queens en Tucumán, o la adopción de parejas homoparentales. A fines del mes pasado se presentó el primero de la colección, Hornos, una entrevista a Ana Hynes, reconocida por encarnar a Elba Surita o La torta Couch, personaje cómico que aconseja a las lesbianas tucumanas por la radio.

“Es un libro que no tiene preguntas, está todo dividido en ejes, solamente está la voz de Ana. Parece algo literario, que yo chocho con eso porque mi editorial es de narrativa. Es una coedición, edita Gato Gordo en base a recursos que son del archivo del colectivo, entonces es el primero de Gato Gordo que no hago yo solo”, cuenta Fabricio. En efecto, este primer título de la colección Entrevistas llevó aproximadamente 3 meses de trabajo y edición, en la que participaron, además de Fabricio y Patricio, Nicolás Bulacio en el diseño gráfico y varios compañeros del Colectivo: “Patricio propuso otra dinámica de laburo distinta a la de mía laburando solo. Han sido jornadas en las que nos juntábamos varios, entre 6 y 8 personas, y cada uno hacía cosas distintas: coser, prensar, imprimir, cortar hojas”.

Además de un contenido no-ficcional, el formato de esta colección varía con respecto al resto de los libros de Gato Gordo: “Los míos son más desprolijos, yo no cuido los bordes porque me gusta que tengan esa terminación como más rústica. El papel es otro”, explica mientras muestra las hojas ahuesadas y los bordes de las tapas prolijamente cortados

Gato Gordo ha participado también en otra coedición realizada junto al grupo Escritores en Marcha, una antología de poesía y narrativa para el Ingenio San Juan, en el marco de un proyecto que llevan a cabo con el fin de llevar literatura a los ingenios y distribuirla entre sus trabajadores.

Las tiradas de todos los Gato Gordo son pequeñas pero todo es reimprimible y el precio es más que accesible. Los libros de esta editorial no suelen ser presentados, a excepción de la Colección Entrevistas, pero es posible encontrar un stand en eventos como la feria de la Familia de Santiago, o contactándose con Fabricio a través del Facebook Gato Gordo Ediciones. Para consultar los títulos disponibles de la editorial también se puede entrar a la página de Tumblr.

Mientras haya impresoras caseras, algunas hojas, ideas nuevas y ganas de publicar, los libros artesanales seguirán apareciendo en las bibliotecas, en los stands de la ferias, en las previas de las fiestas o en los departamentos de barrio sur de los chicos que quieran leer lo que en otro lado no encontrarán.

* 13/07: Nombre suprimido para resguardar su identidad.