Los cuentos que ellos cuentan

Fotografía de Pablo Nicolás Zelarayán

La capacidad de fabular llega relativamente temprano en la vida de una persona. Los chicos se inventan historias para explicar por qué no han hecho la tarea, o de cómo ha quedado todo el cuarto tan desordenado. También lo hacen cada vez que juegan a ser personajes de la televisión, astronautas o cajeros de un supermercado. La imaginación parece ser un lugar donde se sienten cómodos y a salvo; y lo que para algunos adultos puede ser una proeza, para muchos niños es un disfrute: el de sacar a jugar a la imaginación.

Quizá algo de todo eso le haya estado dando vueltas por la cabeza a Cecilia Castro, hace 15 años, al poco tiempo de haberse recibido de profesora en letras, cuando decidió empezar con el Cuentoniño Don Bosco. Ya trabajaba en la primaria del colegio Tulio García Fernández y fue entonces cuando se le ocurrió la idea de organizar un concurso de cuentos que explotara esa simbiosis tan extraña que existe entre los chicos y la imaginación. Una de las particularidades del concurso, lo había decidido, sería que cada chico escribiría su cuento un mismo día, en un mismo lugar y en un lapso de tiempo determinado.

“Cuando empecé a trabajar en el Tulio dije ‘me gustaría que los chicos hablen, que cuenten con sus palabras algo’. He pensado en otros concursos literarios pero todos los que yo veía eran unos de escribir cuentos y mandarlos. Y eso en alumnos tan chicos es que los padres se metan y tergiversen todo y lo arreglen. Y a mí no me interesaba el arreglo, me interesaba la creatividad. Y que escriban con sus palabras, porque tienen mucho para decir”, cuenta Cecilia, quien recuerda con alegría y cierta nostalgia aquel primer certamen.

En ese momento los participantes no llegaban a 400 y el costo de la inscripción era de un peso. Con ese capital pudo comprar hojas, lápices, gomas y sacapuntas para cada uno de los chicos, además de la bicicleta, histórico primer premio del concurso. Cecilia confiesa que desde el principio recibió un gran apoyo de la gente del colegio, y que fue incluso idea de la directora de esa institución repartir un alfajor y un juguito a los chicos mientras escribían, que hoy ya es una marca registrada del Cuentoniño.

“En ese momento fue el Cuentoniño que empezó y ‘bueno, lo hagamos el año que viene’, y así. Ha nacido desde la absoluta inocencia y ha crecido gracias a la directora del Tulio de ese momento, y gracias a la supervisora que ha dicho que no podíamos dejar de hacerlo. Yo no entendía lo que ella me quería decir, hoy entiendo. Hoy entiendo lo que es un proyecto realmente, sostenido en el tiempo.” reflexiona Castro, idéologa de un proyecto que sigue pisando fuerte.

Leer las letras chiquitas

El día del concurso es el más esperado por un montón de chicos y chicas de muchas y muy variadas instituciones, que corren y miran, preguntan y se ríen en uno de los grandes patios del Tulio. Todos los años se repite igual y, sin embargo, aun cuando muchos de los chicos ya han participado otras veces, la ansiedad y la sorpresa siguen marcando el ritmo. La comisión organizadora los divide en distintos grupos de acuerdo al ciclo al que pertenecen y procurando mezclar en las aulas a niños de todas las escuelas participantes. Ese es otro de los objetivos de la competencia, el que conozcan gente nueva que quizá de otra manera no conocerían y puedan compartir juntos una experiencia distinta, como la de escribir cuentos.

En las aulas los chicos, munidos de hojas y lápices, conocen las propuestas de títulos de acuerdo al ciclo al que pertenezca cada uno: el primero va desde los 6 a los 8 años, y el segundo de los 9 a los 11. Cada uno elige un título, y entre trago y trago de jugo y bocado y bocado de alfajor, nacen más de 1000 cuentos. Los títulos intentan abarcar una gama de géneros literarios, como el realismo, el fantástico, la literatura de terror, la ciencia ficción y el policial para el segundo ciclo, y el maravilloso y la fábula para los más pequeños.

Una cosa son los cuentos para chicos y otra, distinta, los cuentos de chicos. Después de 15 años de leer cuentos de chicos, Cecilia asegura que los cuentos de los chicos tienen sus características particulares: “La escritura de los niños a los adultos les cuesta. Los niños escriben otras cosas, hay algunas emulaciones de adultos, o ponen muchas veces personajes de televisión. Hay muchos con humor, otros muy tiernos, y en general son autorreferenciales: a veces son ficciones y otras veces son anécdotas”, explica mientras rememora algunos textos inolvidables de concursos anteriores.

Muchas veces se repiten aquellas fórmulas clásicas del cuento, como el ‘había una vez’ o la estructura tripartita clásica que consigna una introducción, un nudo y un desenlace, en donde, dice Castro, se ve la mano de los docentes. Sobre esto, aclara que considera necesarias estas estructuras para ordenar una escritura que, de otra manera, podría quedar en un ‘fluir de la conciencia’. Sin embargo, agrega, es importante ir quitándoselas después, para que exista más libertad para crear.

El hecho de que en algunas escuelas se hayan incorporado algunos contenidos en la asignatura de lengua en vistas al Cuentoniño, es un giro interesante para Cecilia: “Creo que el área de lengua está dejando atrás a toda la parte de reflexión sobre los hechos. La idea (del concurso) es canalizarlo a través de las instituciones, y que también los docentes se comprometan en técnicas de escritura ¡Hay docentes que les enseñaron escritura en segunda persona!”, dice sorprendida. “En el proyecto educativo de algunas instituciones figura el Cuentoniño, y hay instituciones que los preparan a los chicos, y otras que llevan los 10 que quieren ir. Las dos cosas son válidas.”

“¡Tengo el ganador!”

 Fotografía de Pablo Nicolás Zelarayán

Fotografía de Pablo Nicolás Zelarayán

Evaluar 1000 y tantos cuentos no es tarea sencilla. Para hacerlo Castro asegura que siempre tuvo apoyo. Al principio fueron colegas profesores amigos, de la facultad y de colegios secundarios. Desde hace unos años, el jurado se compone de un grupo firme de colaboradores, en su mayoría estudiantes de la carrera de letras de la UNT, muchos de los cuales, además, están a cargo de la organización entera del concurso, junto a Cecilia.

Yessica Pumara, una de las primeras en ‘ponerse la camiseta’, en el año 2005, cuenta: "Me acuerdo ese primer día al llegar a colegio y ver tantos chicos que coloreaban el patio del Tulio con sus diversos uniformes, delantales, pero más sorpresivo fue ver sus caritas la emoción, el entusiasmo, la ansiedad esperando a comenzar el concurso. No vi en ellos distinción de edades ni de clase social o económica. Los vi como un grupo unidos como amigos de toda la vida. Eso me impactó y atrapó completamente y siento que cada año esa sensación se renueva, se potencia. Es un placer para mi participar año tras año y compartir esta experiencia esta ilusión con los chicos y por un momentito olvidarse de la realidad y vivir un sueño maravilloso". Por su parte Giselle Requelme, otra organizadora, cuenta: “El Cuentoniño significa una experiencia enriquecedora a nivel personal, como los mundos posibles que los chicos comparten en sus historias. Mundos, que cuando somos más grandes por ahí nos cuesta más imaginar".

Todos los años, cuando se acerca el día de la evaluación, tanto ellas como el resto de sus compañeros del jurado se pasean por los pasillos de la facultad advirtiendo a los demás la misma vieja certeza: “¡Yo tengo al ganador!”. Se refieren al grupo de cuentos que a cada uno le ha tocado al azar en la repartija de textos para una primera preselección antes del día de reunirse todos y debatir hasta llegar a los ganadores.

La ortografía no juega a la hora de la evaluación, y los chicos escritores lo saben, por lo que la imaginación puede andar libre sin preocuparse por nada más. El criterio para la evaluación es la creatividad, eso parece muy claro para Castro y para los chicos que hace algunos años integran el jurado. Sin embargo, el rasgo de creatividad estriba bastante en el gusto de cada uno por lo que nunca es muy sencillo ponerse de acuerdo. “Los últimos años nos hemos cuestionado mucho la cuestión de si nosotros estamos preparados para evaluar a chicos de ciertas zonas de Tucumán, de ciertas regiones, los chicos más del campo que tienen otras características, y que quizá no estamos entendiendo.” explica Cecilia y cuenta cómo han ido ganando cada vez más terreno las escuelas del interior de la provincia, con alumnos premiados en las últimas ediciones del concurso. 

“Lo que más nos impacta como jurado es la unidad de efecto, cuando la llevan a esa unidad de efecto y la trabajan como un hilo conductor en todo el cuento, es fantástico. Para mí los magistrales son esos que te sorprenden.” confiesa. Después de mucho debate, se deciden ganadores y menciones especiales y por fin en la entrega de premios (una bicicleta, libros y medallas) se descubren las caritas de los autores, hasta ese momento, anónimos.

Que 15 años no es nada

Mucha agua ha pasado bajo el puente desde aquel 2000 del primer Cuentoniño. El concurso no sólo ha perdurado, sino que se ha hecho más fuerte, por la cantidad de niños que se suman a participar año a año, y por aquellos jóvenes que se han unido a la organización poniéndose al hombro el proyecto que Cecilia empezara con inocencia e ilusión. Esto también ha significado un aprendizaje para los estudiantes, la construcción de nuevos vínculos docente-alumnos, y un acercamiento particular a la literatura de los niños. En este sentido, Carla Leguizamón, quien participa en la organización hace 5 años, cuenta por qué ha decidido abrazar este proyecto: "El Cuentoniño me ha permitido aportarle otro granito de sentido a lo que me gusta hacer y a la que ya siento mi profesión. Ha sido como una de esas cosas de la vida que vos sentís que te llegan para hacerte mejor“. La incorporación de esta camada de colaboradores ha dado nuevo envión a la organización detrás del Cuentoniño, y Cecilia asegura que el concurso ‘ya se mueve solo’. Entre los proyectos nuevos, se encuentra el de editar un libro que reúna a todos los ganadores de esta década y media para compartir con el público en general el placer de leer lo que los chicos tienen para contar.

Mientras tanto, este 25 de septiembre se repetirá el ritual: un montón de chicos llenarán las aulas para dar rienda suelta a la imaginación, y el Cuentoniño será otra vez el encuentro y la camaradería, con la feliz excusa de hacer cuentos diciendo ‘aquí estoy’ ‘esta boca es mía’ y dándole así autoridad a su palabra. “Las palabras nos hacen libres, creo en su magia y en su poder transformador, y cuando se juntan con la niñez, se produce la alquimia perfecta." dice Leguizamón quien cree que el Cuentoniño, una vez más, será ese puente entre los niños y la literatura, entre el mundo de los adultos y la niñez. Esa mezcla que para algunos parece imposible es ya una costumbre para otros, como Cecilia Castro y el equipo que trabaja en el Cuentoniño, adultos que piensan en el mundo de los niños y se sumergen a él desde sus cuentos.

“Ayer leí una pregunta ‘¿Cuánto te cuesta llegar a tu niño interior?’ ¡A mí no me cuesta nada, lo saludo todo el tiempo!”, se ríe Cecilia y a los segundos se pone seria otra vez: “Ha sido un trabajo, no es fácil mantenerlo tan cerca toda la vida. Yo siempre digo que tenés que hacer redes, porque siempre te vas a caer. Hacé redes, hay gente, que te sostengan en algún momento como vos sostenés. El Cuentoniño es así”.