Más allá del algoritmo y la crisis: en defensa de la sala de cine
/*Por Lucas García Melo - Cineasta director de Bazán Frías
Mi padre trabajó durante casi toda su vida en una empresa encargada de la distribución de diarios y revistas. Corrían los primeros años dos mil y en los kioscos se encontraban colecciones de películas de todo tipo. Gracias a su trabajo pude acceder a DVDs de directores como Costa-Gavras, Griffith, Murnau, etcétera, y también a una revista que fue muy importante durante mis primeros años en la Escuela de Cine. Me refiero a El amante, un espectacular periódico cinematográfico que se publicó entre 1991 y 2014.
Durante años, mi padre me acercaba los nuevos números que se publicaban mes a mes. Hoy esas revistas están exhibidas casi como piezas de museo en una biblioteca que comparto con un amigo, y hay un número que llama mi atención desde hace tiempo. Es la edición de julio de 2008, titulada “El espectador de cine, ¿especie en extinción?”, un encabezado con aires de sentencia. El artículo está escrito por Gustavo Noriega, quien además fue director de la revista, y se inaugura de la siguiente manera: “...hemos discutido con entusiasmo y hasta ferocidad el sistema que permite que la oferta de estrenos de cada semana sea tan escuálida y monótona, y que las obras nacionales pasen sin pena ni gloria por las pantallas; el precio abusivo de las entradas y otros asuntos afines. Hemos considerado muchos aspectos de la industria del cine, pero hay uno que rara vez hemos tocado: los espectadores”.
A continuación de ese párrafo, Noriega se despacha enérgica y despectivamente contra los espectadores, clasificándolos como animales estúpidos y dóciles, que solo tienen la capacidad de consumir las películas más comerciales y taquilleras. No solo no coincido con esa postura, sino que tampoco es lo que más me importa. Lo interesante es que estamos hablando de un artículo escrito hace casi veinte años y que, sin embargo, parece estar hablando de nuestro presente. Un maldito loop.
Porque hoy también podemos —y debemos— decir que las películas que producen los cineastas argentinos no tienen lugar en las carteleras de los cines nacionales. Si un milagro ocurre y una película nacional logra colarse entre las superproducciones de Warner o MGM, uno debe apurarse y correr hacia el cine, porque lo más probable es que no dure más de una o dos semanas. Lo mismo sucede con films de habla no inglesa. Tal es así que en los últimos días no pude dejar pasar la ocasión de ver en el cine las últimas películas de Joachim Trier y de Park Chan-wook. Son oportunidades que se agradecen y que hay que aprovechar.
En estos momentos en los que el mundo está siendo gobernado por un depredador fascismo neoliberal, con una reforma laboral recientemente aprobada en nuestro país, con trabajadores y trabajadoras que no llegan a fin de mes y deben tener más de un empleo, tener el tiempo y el dinero para ir al cine se ha convertido en un lujo. Con esto último quiero dejar en claro que la poca asistencia de espectadores, en un contexto como el actual, es también un hecho político.
A todo esto hay que agregar otro enemigo, un contrincante que no existía cuando Noriega escribió su artículo. Me refiero a los algoritmos y a las redes sociales, que llegaron para condicionar y cambiar nuestra concepción del mundo. La velocidad del ciberespacio ahora cabe en nuestro teléfono celular y nos mantiene enceguecidos ante tanto consumo de pantalla. Información, fotografías, videos de corta duración: todo para ser devorado lo más rápido posible. Parece ser un contexto adverso para adentrarse en una sala oscura durante dos o tres horas junto a personas desconocidas. Preferimos las pantallas iluminadas de un smartphone o de un smart TV antes que la penumbra de una sala.
En relación con esto, el escritor español Vicente Monroy, en su libro Breve historia de la oscuridad, hace una defensa de las salas de cine en la era del streaming que, en este momento de publicidad omnipresente, redes sociales, discursos individualistas de autoayuda, fake news y youtubers. “Escasean los rincones en penumbra que, en otra época, fueron el escenario de prácticas contraculturales. Apenas queda espacio para el misterio y la introspección”, dice.
Si bien puedo pecar de romántico e idealista, me gusta eso del misterio y la introspección. Sé que pueden ser fundamentos débiles a la hora de convencer a alguien de ir al cine. Pero allí sucede algo que escapa al poder de los algoritmos. De la misma manera que no es lo mismo hablar con un amigo que con ChatGPT, o que escuchar música solo no se equipara a bailar con otrxs en una pista de baile, estar en una sala con otras personas viendo una película es una experiencia que acrecienta el disfrute.
Es más: muchas veces me sucedió ver dos veces una misma película, una vez solo en mi departamento y otra en una sala de cine o en un cineclub, y sentir que, al verla con otras personas, esa película me gustaba mucho más que cuando la vi solo. Es como entrar en sintonía con los demás. Parece ser algo milenario, como aquellas antiguas civilizaciones que se reunían alrededor del fuego a escuchar historias. Todxs entramos en el mismo ritmo propuesto por la película; el pulso y la respiración se sincronizan casi metafísicamente. Es algo increíble. Es, básicamente, reír, llorar y conmoverse en comunidad. Algo que, en la pospandemia del covid-19, ya suena a vintage. Un ritual de otro tiempo. Hoy parece que el futuro se nos ha cancelado, al menos para quienes no queremos vivir en un mundo en el que impera la ganancia económica por sobre el bienestar de los seres humanos. Resulta difícil imaginar un más allá, pero espero que las condiciones de nuestras vidas cambien y que podamos volver al ritual de las salas de cine, resistiendo en una experiencia que, seguramente, nos hará mejores.
