La película Nuestra Tierra, una reparación simbólica
/Reseña desde la Nación Diaguita en Tucumán | Por Lourdes Albornoz - Unión de los Pueblos de la Nación Diaguita Tucumán.
Foto: Gentileza Rei Pictures
Llegó el día del preestreno. Los nervios, la emoción, el apuro ¿Tenemos permiso para sentir alegría? ¿Estaremos tomados por la tristeza? ¿Cómo se sentirá encontrarnos? Saludarnos con abrazos, ponernos al día, sacarnos fotos. Preguntar por los que faltan. Todo se siente muy raro.
La sala se vuelve un lugar imposible de habitar. Tiemblan las manos, la voz. Aparece el verde de nuestro valles, el alpapuyo, los caballitos. Imágenes familiares en una pantalla ajena. "El papel permite lo que le quieran poner… La tierra es de quien la trabaja”.
Avanza la película con cariño, como esa caricia de mano áspera de los abuelos. Relata la pulseada con lo imposible que se llevó durante años en los Tribunales, en las calles, en las plazas. Va largando verdades con belleza, algunas risas y situaciones muy cotidianas, y todo va bien.
Hasta que aparece ESE video. El que está en YouTube desde hace varios años. La prueba de la injusticia, del dolor, del asesinato. Un momento indescriptible. El cuerpo que mira revive momentos de violencia territorial impunes todavía. En esas balas, las muertes, los desalojos, los traslados.
¿Cómo hizo doña Martel para nombrar, para mostrar, para traducir, aquello que incluso algunos de nosotros no terminamos de explicar? La belleza de las imágenes no calla ninguna verdad.
Y se siente tan extraño. Porque estamos acostumbrados a ver nuestras historias reflejadas en la ficción. Es imposible no mencionar la película Avatar de James Cameron, donde nos veíamos reflejados en esos seres azules que defienden sus vidas, pero a la vez nos quedaba el sabor amargo de pensar que las demás personas lo entendían como una narración imposible y lejana, de otro planeta.
Lucrecia lo muestra en un documental: la rigurosidad científica de un equipo comprometido, meticuloso, que rescató fotos, archivos, a partir de la memoria de la comunidad, nos prueba que el cine antirracista puede ser realizado también por cuerpos no indígenas. Es una posición, es una elección y es un mandato en estos tiempos.
En la realidad más cercana y palpable de nuestra provincia y nuestro país, nuestra historia no está autorizada. Es un cliché muy conocido que los pueblos indígenas asumimos el cuidado de la vida en común: los bosques, los ríos, las montañas. La película se pregunta, ¿de qué nos cuidamos? Y responde claramente: sostener el cuidado colectivo muchas veces nos cuesta la vida.
Las comunidades indígenas somos históricamente respetuosas de las instituciones de los estados nacional y provincial. Podemos dar fe. Las comunidades diaguitas en Tucumán culminamos el proceso de relevamiento territorial iniciado por la Ley 26160, con gran esfuerzo, en tiempo y forma.
El estudio de títulos que el Estado se comprometió a realizar y nunca cumplió, fue esbozado en la película por el equipo de investigación.
En la antesala de una avant première sin alfombra roja, Lucrecia dejó un mensaje para el Gobernador de la provincia: si todavía le faltan pruebas, está disponible el archivo de la película para devolver la tierra a la Comunidad de Chuschagasta.
Pero si aún así el gobierno pariente de los usurpadores continúa sin escuchar, la película apunta a la sociedad tucumana. Hay vacíos en la historia oficial que nos contaron. Los apellidos que hoy nombran las calles son millonarios a partir del despojo. Traer esta verdad, contada desde una película premiada a nivel mundial, se siente como una reparación simbólica de nuestra memoria colectiva como sociedad, de la herida colonial, a escala provincial.
Porque además solo muere quien se olvida. Y nuestro apego al pasado tiene un sentido muy claro: no olvidar, para no desaparecer.
Quizá ahora que la historia del despojo será contada en el cine y en los territorios con tanta empatía, los jóvenes del taller de cine que dictó Lucrecia en la comunidad puedan dedicarse a hablar de ficción, historias de amor, o lo que sientan.
Después del estreno el 5 de Marzo, estará disponible en todos los cines del país. Vayan a verla. Y me gustaría invitar a preguntarnos sobre una posible ficción: ¿Cómo se vería nuestro país, que hoy tanto nos duele, si las comunidades tuviesen títulos de sus territorios?
¡Javier Chocobar, Presente! ¡Ahora, y Siempre! ¡Ahora, y Siempre!
El 12 de octubre de 2009, en Chuscha (Tucumán), el comunero diaguita Javier Chocobar fue asesinado mientras defendía el territorio de la Comunidad Indígena Chuschagasta. Tres terratenientes —Darío Amín, Luis Gómez y José Valdivieso— dispararon contra la comunidad e hirieron a otros dos comuneros. A diecisiete años del crimen, el documental de Lucrecia Martel, que se estrena este jueves 5 de marzo en todo el país, vuelve sobre esa herida abierta y la transforma en memoria colectiva.
