Cuando pase el apagón

Ilustración de  Victoria Zorat   para Estudio Pimienta.

Ilustración de Victoria Zorat para Estudio Pimienta.

El domingo alguien llegaba a casa con frío de madrugada y, mientras se servía un vaso de gaseosa contra la resaca, pasó: se calló la heladera, hizo un bip el microondas, se apagó la luz del pasillo. Fue como si la ciudad exhalara profundo y dejara de pronto de respirar. El apagón.

El que dormía siguió durmiendo, el que no, revisó el disyuntor, encontró todo en orden y se metió a la cama, porque era domingo y temprano y por esa idea inocente que tenemos de pensar que a los problemas es mejor dormirlos, que al despertar todo habrá pasado, como cuando de chicos dormíamos en los viajes para ‘llegar más rápido’. Pero no volvió más tarde, ni después. Fueron horas de incertidumbre oscura y desalentadora, como las escaleras eternas de los edificios, donde ese día nos cruzamos con todos los vecinos en el mismo pésimo estado físico que nosotros. La comida empezó a calentarse en las heladeras muertas, los teléfonos a marcar rojo en la batería, las conexiones a andar a pedal y las personas a tocar el interruptor de la luz estúpidamente, una y otra vez, al entrar y salir del baño donde hubo que adivinar el lugar del inodoro para sentarse.

Mucho antes de que el presidente de la Nación amaneciera, a eso de las dos menos cuarto de la tarde, para traer calma a los ciudadanos mediante un mensaje de no más de 200 caracteres, el ciudadano medio ya había tenido tiempo de pensar. Es que las personas necesitamos saber todo siempre: por qué pasó, qué están haciendo para solucionarlo y, sobre todo, hasta cuándo va a durar. Ante la falta de respuestas, y la necesidad de pensar en algo que sí podamos controlar, ponemos la cabeza en el pantanoso terreno de la especulación. Comienza, entonces, la lógica de la catástrofe, una cadena de supuestos que terminan en caos generalizado y apocalipsis inminente: que si esto sigue así, llegará un momento en que todos los teléfonos se apagarán y será imposible comunicarnos. Habrá entonces que buscarnos en las casas, pero sin porteros eléctricos: tocar las puertas y esperar a ser oídos, o ir a los lugares por donde va tu amigo, esperar a tu novia en la esquina de su trabajo, en alguna parte del camino que hace de su casa al almacén. Los alimentos empezarán a perder su cadena de frío y los comerciantes a tener que tirar toda esa mercadería, sin ver un peso. Habrá que adelantarse y comprar enlatados, velas, leña, pilas y bidones de agua para cuando las cisternas ya no funcionen. La noche se volverá inhabitable y será mejor reunirse entre varios en una casa para hacer frente a la oscuridad total, la ciudad liberada, la activación de los saqueos y el afloramiento de los instintos de supervivencia más bajos del ser humano. Colapsarán también los grupos electrógenos de los hospitales, pues no podrán durar siempre, y en tal caso, correrán serio riesgo las quién sabe cuántas vidas que dependen hoy de una máquina. Dejaremos de saber lo que pasa en el resto del mundo, no habrá bar de la esquina porque la cerveza caliente muere, y mata, ni podremos escapar en autos ni en aviones hacia lugares más luminosos de la geografía.

En todo esto pensó mucha gente mientras se escribían los titulares de todos los diarios, dormía el gato doméstico y el presidente, y algunos ingenieros repasaban libros para ver qué podía haber salido mal.

Es normal: sin Netflix y procurando cuidar el 35% de batería que queda en el teléfono, el aburrimiento hace que la lógica de la catástrofe se convierta en un laberinto entretenido de recorrer. Hasta aquí todo esperable, entendible, casi inevitable. Sin embargo hay un borde, una fina línea, que separa la imaginación catastrófica, mental e inocua, del pánico. Cuando ese sentimiento entra en el cuerpo, y lo hace con un sacudón parecido, paradójicamente, al de la corriente eléctrica, el ser humano se olvida de casi todo lo que ha aprendido desde que era un primate hasta nuestros días.

El día del apagón pasó algo mucho más grave que el corte de luz masivo: nos ganó el pánico. El mando quedó vacío y el que agarró el volante fue un adolescente intenso y trastornado, borracho de no saber tomar, que metió primera y empezó a pistear en una autopista en hora pico. El pánico es ese adolescente que hace cosas estúpidas por las que después se larga a llorar en su pieza y con la música a todo lo que da.

Así nos pasó ese día. La gente, en pánico ante un futuro distópico y predecible, empezó a hacer todas esas cosas que comenzó, de golpe, a juzgar urgentes y que el día anterior no eran ni proyecto. Amparados en eso de que es mejor arrepentirse de lo que se hizo en lugar de lo que se dejó de hacer, se redactaron y enviaron ese día millones de mensajes impensados. “Te amo desde esa semana de tu escuela, en el 2002”; “Usted es un soberbio y un explotador, págueme lo que me debe”; “Te extraño”; “Necesito decirles algo: creo que soy heterosexual”.  Apurados por el rápido desgaste de la batería del teléfono, sonaron los teléfonos de los padres, los enemigos, los jefes, los ex y las chicas lindas que no dan bola. El pánico hizo que algunos tiraran ropa y papeles, que otros se mandaran a la mierda, que algunos renunciaran a trabajos espantosos, que alguien comprara un pasaje, que dos amigos viejos se reconciliaran, que volara por un balcón la valija llena de sus cosas que tanto tiempo habían pasado embrujando la casa.

El pánico apocalíptico nos volvió víctimas de lo urgente, vehículos de lo no dicho. Valió más lo que nos faltaba por hacer que lo que teníamos ahí en frente, sobre la mesa en penumbras del comedor. Quisimos dejar las cosas en orden, el corazón limpio, la cabeza despejada, como si la vida de antes, la de la luz, hubiese sido una farsa muy bien actuada; como si hubiésemos estado durando todo este tiempo, durando y postergando, viviendo en la víspera de lo auténtico, de lo necesario.

Y entonces volvió la luz. Lo primero fue sonreír, aplaudir, prender todo. Y lo segundo, como cuando se abre los ojos al mediodía después de una noche de excesos, fue caer en la cuenta de lo que habíamos hecho en aquel estado findelmundista. Hubo gente que empezó a reírse nerviosa, a transpirar frío, a cerrar los ojos y negar con la cabeza y la boca como si, con cada ‘no’, pudiera borrar de un plumazo lo que había hecho en la oscuridad. Otra vez había tiempo y el mundo se desplegaba ante nuestros ojos como el tablero de un juego interminable, pero nosotros, muertos de miedo y dándolo todo por perdido, habíamos hecho la jugada de todos los tiempos antes de la mitad del partido y sin nada en las manos. Cantamos falta envido, vendimos la estancia, atacamos con Kamchatka y dos fichas. Lo hicimos dignos y valiente, con la frente en alto y la seguridad idiota de que todo terminaría muy pronto.

Hoy, con toda la luz y la vergüenza encima, quisiéramos meter la cabeza en una bolsa de papel y salir así al trabajo donde nos espera el jefe que insultamos, o a la calle de la chica que no da bola (y ahora menos que menos), o a la casa de la tía los domingos donde espera toda la familia escuchar más de nuestras confesiones. Hay quienes planean nuevos mensajes para retirar lo dicho o jurar que había sido sólo un chiste muy pero muy malo. Hay gente que bajó a la vereda a levantar las cartas viejas que tiró o esa camisa que huele a un pasado del que conviene deshacerse: no hay apuro en arrancarse algo querido si todavía nos queda un ratito más de mundo.

Y hay también algunos, casi siempre amigos míos, que le han encontrado la gracia al apagón apocalíptico, al pánico adolescente haciendo estragos, y que hoy brindan por haberse animado a hacer las cosas imposibles de nunca y de siempre. Son pocos pero son, y se encogen de hombros pensando que quizá algo bueno salga de aquel arrojo, que para cambiarse el rumbo a veces hace falta ponerse un poco apocalípticos y mandar mensajes que digan que no nos olvidamos, rompiendo el espacio-tiempo, el orgullo y la muerte. Para ellos, los amigados con su instinto de apagón, entregados al mundo nuevo, con la energía eléctrica volvió también una sensación extraña y luminosa: la de la posibilidad.