La forma del deseo

Ilustración de Vicky Zorat para Estudio Pimienta.

Ilustración de Vicky Zorat para Estudio Pimienta.

Hace unos días, en una mesa de amigos, entre bebidas espirituosas y cantidades industriales de comida, alguien dijo: “¿Y ustedes cómo piden deseos?” Nadie supo bien de dónde salió esa pregunta pero fue como si tiraran sobre la mesa una cajita cerrada y misteriosa o un juego de ingenio de esos con los que pasarse horas.

Hasta ese momento yo pensaba que todos los deseos se pedían igual: Que + subjuntivo. “Que apruebe mañana”, “que ascienda San Martín”, “que se vayan en octubre”, “que me quiera siempre”. Así los pido yo, con el puño derecho ligeramente cerrado y una mueca de fruncir la nariz como haciendo fuerza. Pero esa noche me reveló otras formas de desear que nunca se me habían ocurrido. Alguien en la mesa explicó que pedía sus deseos metódicamente, como los objetivos de una tesis doctoral, organizados en ítems precisos, y encabezados por un verbo en infinitivo: “Conseguir trabajo este año”, “Ganar la quiniela el próximo sábado”, “Cumplir mis objetivos de vida”. Alguien más contó que armaba en su cabeza oraciones completas para que no hubiera lugar a dudas, para que la claridad del deseo hiciera la mitad del trabajo y sólo quedara cumplirlo: “Deseo que me depositen el sueldo cuanto antes, a más tardar esta semana”. Varios confesaron que no deseaban con palabras sino que pensaban fuerte en algo a ver si esa energía se transformaba en una fuerza que moviera voluntades y mareas, una especie de efecto mariposa de los deseos humanos.

Nadie pudo decir exactamente a quién pedía sus deseos: la posibilidad de dios quedó descartada de plano por tratarse de un grupo de ateos empedernidos que cantan ‘iglesia y estado asuntos separados’ marcha de por medio, que sólo entran a iglesias para hacer turismo, si es que entran, y que cuentan que fueron bautizados contra su voluntad de ateos, convencidos pero imberbes. Hubo quienes dijeron que se lo pedían al cosmos, a Zeus, a Odín, a una abuelita que pasó a la inmortalidad tiempo atrás.

Una de mis amigas dijo que tenía deseos permanentes y otros provisorios, que deseaba para el mundo y para ella, que quería la paz en la Tierra y comprarse un auto, que nadie se enfermase y ganar el campeonato de futbol 5. Otra dijo que nunca pedía 3 deseos distintos sino el mismo 3 veces, para reforzarlo y que tuviera más chances de cumplirse. La mayoría pensó que eso era un desperdicio de deseos, que no funciona así y que la comisión de los deseos seguramente valoraría más aquellos decididos y prolijos, que uno repetido con torpeza ad infinitum, que a las cosas es mejor hacerlas bien de una vez y no muchas veces más o menos.

Empezaron a surgir en la conversación las más diversas ocasiones para pedir deseos. La más popular fue la de las velitas en los cumpleaños. Todos coincidimos en que lo importante en ese momento es concentrarse y desear con convicción, procurando soplar todas las velas de una vez, como firmando con mano firme antes de ingresar la nota por mesa de entrada. Después nombraron las estrellas fugaces, pasar sobre las vías del tren en el auto (si no se levantan los pies, no se cumple) o debajo de un puente, la luna llena, soplar un diente de león, quedarse con la pestaña de alguien en un juego de dedos pulgares. Varios coincidimos en que los deseos también pueden cumplirse haciéndose a uno mismo promesas insólitas: “si paso a ese pelado antes de la esquina, se me cumple”, “si llego a casa y el ascensor está en la planta baja, lo voy a conseguir”. Hubo quienes reconocieron usar ese método para tomar decisiones trascendentales en su vida, pero eso debería ser parte de otra historia.

Al final no pudimos ponernos de acuerdo en cuanto a cómo deberían formularse los deseos, a quién o en qué circunstancias. La noche nos fue quedando corta y el vino también, preferimos reírnos de lo que teníamos a mano, de lo concreto, de la plata que no tenemos, los trabajos que nunca se sabe hasta cuándo conservaremos, los amigos personajes que nos pueblan los días de anécdotas dignas de una buena serie. No quisimos meternos mucho más hondo en el mar de lo posible, de lo postergado hasta quién sabe cuándo o de lo improbable. Entendimos tácitamente mientras cambiábamos de tema, que nuestros deseos no son órdenes para nadie, salvo quizá para nosotros mismos, cuando nos empeñamos, aunque al final no se cumplan. Que a veces deseamos altruistas y, otras, mezquinos: el fin del capitalismo o un alfajor, que cambien los gobiernos y que el kiosco siga abierto. Por la mañana queremos una siesta y esa misma tarde, que alguien volviese de la muerte a tomarse unos mates con nosotros. Nos dimos cuenta de que no sabemos muy bien, nadie lo sabe, cómo capitalizar nuestros deseos, que queremos todo junto o nada, que por momentos sentimos que hay que conquistarlos y, después, que no, que quizá sea cuestión de esperarlos, sentados en un zaguán fumando y silbando un tango, como quien no quiere la cosa.

Es extraña la forma del deseo. Se parece un poco a la imagen de algo en un catálogo que una vez que compramos y nos llega por correo, no tiene nada que ver con lo que vimos en la foto. Son de un material frágil y ligero, como el agua, o el cristal prohibido de la casa de las abuelas, allá en lo alto. Y son peligrosos, porque de tocarlos, de llegar por fin a ese estante alto de allá arriba y ponerles una mano encima, hay siempre un riesgo de caída estrepitosa, de espejismo y desencanto. Sería más fácil no esperar nada de ellos, dejarlos pasar como a algunos bondis, como a algunos amores, pero hay algo que tira siempre hacia allí. El deseo sale, irremediablemente, de nuestra parte más blanda y de esa tozudez, un poco ilusa y bastante humana, de imaginar que siempre nos falta algo por hacer, por cambiar y por conocer, que las cosas no sólo pueden ser diferentes, sino, además, mejores.