Madre Noche: donde la música nos encuentra libres

Fotografías:  Elena Nicolay .

Fotografías: Elena Nicolay.

Es viernes 21 de junio y hace frío. La noche, dicen, es la más larga del año. El inicio del año nuevo andino se celebra en el patio del Museo de la Universidad Nacional de Tucumán (MUNT).

En el salón auditorio espera un escenario con lucecitas blancas arriba y abajo: como si las estrellas se hubieran mudado a él porque el cielo estaba nublado, y algunas revoltosas hubiesen caído al piso. La sala está casi llena y apenas termina la celebración del Inti Raymi -la ceremonia incaica y andina en honor al sol, que se realiza cada solsticio de invierno-, unos acordes de guitarra marcan el inicio de un espectáculo íntimo y cálido. Martín Páez de la Torre, guitarrista tucumano, da la bienvenida y presenta a Nadia Larcher, cantante catamarqueña que con su voz acaricia y emociona. “Madre Noche es un ciclo de músicas y este es el segundo encuentro”, dice Martín y explica que con Nadia están realizando presentaciones por el noroeste argentino. Ella agrega que el jueves han estado en su provincia natal y que al día siguiente estarán en Salta. Pero esta noche toca disfrutar de la noche tucumana.

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El cancionero recorre obras propias y de Luis “Pato” Gentilini. En algunas piezas acompaña el percusionista Manuel Tirso Rubio que, junto con Martín, coordina Madre Noche. Cuentan que el ciclo es bimestral, que en abril se proyectó el documental “Don Luis Víctor Gentilini”, dirigido por Paéz de la Torre, y que en agosto habrá un concierto de la orquesta Chivo Valladares.

Las canciones se mezclan con un diálogo con el público. Las chicas de la agrupación feminista de malambo La Bulla están sentadas en el piso, al igual que otra decena de espectadores que quisieron estar presentes aunque ya no hubiera lugar. Nadia las invita a bailar una zamba y, usando una chalina como pañuela, ellas vuelan en ese escenario devenido en cielo estrellado. Después bailan una chacarera en trío y zapatean descalzas y elegantes. Nadie quiere irse cuando Nadia, Martín y Manuel saludan y se despiden por segunda vez, pero las luces se encienden y mientras unos desarman el sonido, otros aprovechan para saludar a la artista catamarqueña y quedarse un ratito más conociéndola.

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“No creo que los artistas tengan que estar separados de sus pueblos. Cuando yo hablo de las necesidades de mi pueblo estoy hablando también de mis necesidades”, dice Larcher, que milita también desde el arte. La catamarqueña que vive hace seis años en Buenos Aires es profesora de lengua en una escuela de la Villa 31 y da talleres de canto a quienes viven en esa zona donde la pobreza les dificulta perfeccionar las expresiones artísticas. “Yo soy de Andalgalá y una de las banderas que sostengo es que el agua vale más que el oro, y es parte de mi lucha y la de mi pueblo en contra de la megaminería contaminante”, cuenta la artista, que se define como transfeminista. “Canto también por las mujeres, pero no solo las mujeres (biológicas) porque creo que como feministas que luchamos por nuestros derechos no nos vamos a olvidar de les compañeres”.

El salón va quedando vacío y Nadia suelta un último pensamiento: “No dejemos de cantar porque cuando cantamos nos liberamos. No dejemos de cantar porque ahí, en el canto a los hijos, a los amigos, a los otros y otras, nos vamos a encontrar libres”.

“La noche como cobijo del desamparo”

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“El ciclo nace por las ganas que compartimos con Martín de generar un espacio para músicos en un contexto en el que cada vez hay menos lugares para tocar, tras el cierre de espacios como la vieja casa Managua por nombrar un caso”, dice Manuel sobre Madre Noche, que está pensado en cinco encuentros. El primero de ellos tuvo como invitado al Pato Gentillini que, tras la proyección del documental que habla de su historia como músico comprometido, se quedó con el público respondiendo algunas preguntas y compartiendo anécdotas.

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“El nombre- explica Tirso Rubio- nace por la chacarera de los hermanos Núñez y más allá del evidente homenaje a Pepe y Gerardo, nos parecía que era un reflejo cercano de la idea del ciclo: la noche como cobijo del desamparo, como una madre que nos abraza y nos acoge en el invierno. Esa intimidad es la que busca el ciclo”. Y mucho de esa intimidad se genera en el diálogo que tiene lugar con los artistas. Una propuesta pensada en contraposición a la lejanía que muchas veces produce el escenario.

La propuesta se mantendrá hasta diciembre, en principio, y los próximos shows están previstos para agosto, con la orquesta Chivo Valladares dirigida por Rony Lopez; octubre, con el dúo La Yunta; y diciembre, con el guitarrista Julio Goytia como referente del jazz en Tucumán.