TCA y fallas del sistema: cuando pedir ayuda no alcanza

*Por Luciana Villarreal

Qué acertada es la frase “no se habla de los cuerpos ajenos”. Adhiero a la idea, pero con el eslogan no basta. Los discursos importan, claro. Tienen fuerza, moldean imaginarios, concientizan. Pero también creo que estas consignas se vuelven triviales cuando no van acompañadas de medidas concretas y justas que amparen a quienes atraviesan, mes a mes y año a año, el infierno de los trastornos alimentarios.

No soy psicóloga ni médica, y no voy a intentar explicar los motivos por los que se puede desencadenar un trastorno de la conducta alimentaria (TCA), ni si las redes sociales tienen algún tipo de incidencia, ni si la pandemia ocasionó que Argentina sea hoy el segundo país con mayor índice de personas con trastornos alimenticios. Lo que sí soy es una amiga, una compañera y una testigo preocupada e indignada por los relatos de sus seres más queridxs en el constante buceo por esta enfermedad. En este momento, soy también la narradora de la  voz de una amiga que prefiere el anonimato, pero siente la urgencia de visibilizar una realidad.

Una tarde, tomando un café, un amiga me contó que necesitaba, de manera urgente, ayuda profesional porque ya no soporta su “situación. Conozco a esta amiga hace muchos años; desde hace muchos años sufre un TCA (no especificaré cuál por prevención). Su enfermedad nunca estuvo a la vista —se tiende a creer que los TCA son enfermedades físicas y visibles, pero sucede que no solo son silenciosos y clandestinos, sino que además esta noción hace que la persona afectadx desvalorice su padecimiento—, por lo tanto no se consideraba digna de recibir un tratamiento. 

Aunque no haya marcas visibles, la enfermedad trae deterioros físicos internos. Con el paso del tiempo, las visitas de mi amiga a su médica de cabecera, del sistema público de salud, se hicieron frecuentes. En aquellos encuentros nació una esperanza: una profesional dedicada que verdaderamente se interesó por la integridad de su paciente y a quien no le interesaba “curar” las consecutivas gripes con una pastilla de efectos inmediatos, que pensaba, y piensa, la salud de manera integral. Le puso a disposición lo que tenía a su alcance: derivaciones, controles constantes, su contacto laboral para facilitar enlaces con especialistas. Hizo lo que pudo y más.

Gracias a esa primera alianza, mi amiga comenzó a pensar en la recuperación como una posibilidad real. Pero se encontró con el primer obstáculo: ser de clase media-baja.

Pensar que recuperarse de este tipo de enfermedad es solo cuestión de “comer más” y “pagar la terapia", ignora el verdadero costo económico — y de más está decir que también el costo emocional/mental— que conlleva un tratamiento de calidad. Son muchos los profesionales de la salud los que se necesitan: psicologx, psiquiatra, nutricionista, gastroenterologx, odontólogx, y un largo etcétera quienes, además, deben conformar entre ellxs un verdadero equipo interdisciplinario. El gasto no acaba en las consultas, se suman dietas, suplementos y medicaciones ¿Logran imaginar de cuánto realmente estamos hablando? Lo resumo: una fortuna. 

En San Miguel de Tucumán contamos con un único centro especializado en trastornos alimenticios: el Centro Provincial de Trastornos Alimentarios (CEPTA), al que llegan personas de diferentes puntos de la provincia, haciendo largas distancias. Cabe preguntarse ¿qué pasa con quienes no pueden llegar? Una vez allí se ponen a disposición de lxs pacientes todos los especialistas necesarios y se ofrecen, además, espacios recreativos, medicamentos y charlas abiertas. Se podría decir que, utópicamente, es un programa completo. 

Contar con CEPTA en la provincia resolvía el obstáculo económico de mi amiga pero, como dije líneas arriba, ese era apenas uno de los escollos.

Cuando hablamos de salud mental, y de salud en general, no solo entra en la ecuación el factor económico. Aun cuando se requiere presupuesto público para crear y sostener estos programas, la eficiencia y el compromiso dependen de una corresponsabilidad constante entre quienes conforman el espacio: pacientes, especialistas, personal administrativo y familias. Recordemos a esa primera médica que se ocupó de ayudar a mi amiga. Sin ella, quizás seguiría entrampada en la idea de una enfermedad sin retorno.

Entonces, ¿qué sucede cuando lo que falla no es solo lo económico sino el servicio?  El/la paciente abandona el tratamiento. 

Así le sucedió a mi amiga: dentro de esa comunidad, quedó al margen. No halló un verdadero espacio de contención. Se encontró con algunxs profesionales poco empáticxs y con una cadena de ausencias y reprogramaciones que hicieron que su paso por el programa fuera, casi por completo, una sucesión de turnos cancelados.

Con esto no busco desacreditar la iniciativa de CEPTA, porque es un programa que les funcionó a algunxs, pero sí considero necesario replantear para quiénes funciona, de qué manera, y qué sujetos quedan afuera.

Relatar esta historia no es un simple descargo de una mala experiencia individual, sino un intento por que, a partir de ella, se puedan pensar las fallas estructurales de un sistema que ofrece una política pública carente de solidez, que opera desde la discontinuidad, que deja a muchxs en el camino y que, finalmente, fracasa muchas veces en su propósito

Poner sobre la mesa este asunto es abrir la conversación sobre la salud orientada a todas las aristas sin dejar en los arrabales a estas enfermedades olvidadas, y garantizarles un espacio en la agenda pública. Solo así podremos pensar un sistema orientado a esta lucha que funcione para todxs, y no solo para ciertos grupos.