De cuerpos vulnerados

Fotografía de oliverk5 - Pixabay

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Invadir. Tocar. Violar.

Cuando se transgrede al cuerpo, se trasgrede el todo. “Es un tsunami que arrasa con la subjetividad”, dice la doctora en psicología Bettina Calvi cuando habla de los abusos sexuales. Tanto arrasa el tema que sensibiliza, silencia, avergüenza. Hablar de violaciones sexuales es mucho más que hablar de un delito. Es hablar de vulnerabilidad. Por eso, la salida más fácil es esquivar el asunto, ignorarlo. “¿Qué ha pasado que hemos avanzando tanto en otros temas, pero no hemos avanzado en lograr que las violaciones sean vistas como un hecho disvalioso y que se responsabilice a los culpables?”, se pregunta Adriana Guerrero integrante del CLADEM (Comité de América Latina y el Caribe para la Defensa de los Derechos de la Mujer), y resalta el hecho de que ante una violación todavía se escuchan voces que se preguntan si usaba falda o pantalón, si andaba sola o por tal lugar, como si eso justificara el acto aberrante de un abuso sexual. “Si bien hoy no se dice tan abiertamente o no se atreven a culpabilizar a las mujeres, pero todavía algunos se preguntan por qué se muestra así en Facebook, por qué se ha subido al auto, por qué se muestra de determinada manera. Todo va al tema de las mujeres”.

Reconocer un perfil sobre los violadores no es fácil “porque la conducta no responde a una forma de ser, a una estructura o un tipo de persona”, explica Mariela Garvich, psicóloga del gabinete psicosocial del Poder Judicial de Tucumán, y agrega que “lo que se analiza es cómo responde una conducta en un marco de subjetividad”. Sin embargo, según la psicóloga, hay un punto que encuentra en común entre los agresores: la dificultad en reconocer al otro como persona, en forma integral. “Poder reconocer en esa persona agredida sus propios deseos, sus necesidades, su derecho a decidir sobre sí mismo. A reconocer al otro como un semejante, por lo menos en ese punto, sin entrar a hablar de estructuras. Se puede pensar que por lo menos hay una dificultad por parte de los agresores en integrar en el análisis el efecto que tiene su conducta sobre la otra persona”, aclara Garvich. Por eso es que se piensa lo cultural como un agravante. Lo cultural en relación a la idea del hombre como el fuerte por sobre la mujer vulnerable. Porque, por lo general, cuando se habla de abuso sexual, se habla de un agresor hombre, “pero podés pensar en aquellos casos que vienen de un medio donde estas conductas no se consideran disvaliosas ni sancionadas como tales. Puede ser el caso en el que el agresor anteriormente fue víctima y actúa de este modo como forma de vivir o como forma de lograr algún tipo de inscripción, por una modalidad de goce fijada”.

Mariela se ha encontrado con diversos casos de abuso sexual, con diversas víctimas, y con diversos victimarios en su función de psicóloga del gabinete psicosocial. Y por eso deja en claro que es muy distinto el grado de reacción del agredido de acuerdo a cómo haya sido el hecho, a quién haya sido el agresor, con qué recursos cuenta la persona que recibió el ataque o a cómo reacciona la familia ante la denuncia. “Recuerdo un caso donde la familia culpaba a la víctima y esto es un agravante. Yo creo que es muy importante aportar recursos, desde el lugar que cada uno ocupa. Es fundamental la familia, es fundamental la clínica, pero es más fundamental el Estado. Porque hay un efecto reparatorio en la condena y ahí está el rol de la Justicia”, explica Mariela. Respecto a esto se destacan los tiempos de la Justicia, que deben corresponder con los derechos de las partes. Sin embargo, la mayoría de las veces se cae en la revictimización de la agredida y las instituciones no tienen en cuenta el accionar secundario que tienen sobre la salud mental de la víctima. Dicho de otro modo, la revictimización es el daño que produce en la persona el accionar de las instituciones que deberían estar actuando en función de su resguardo. “Hay muchas personas que se arrepienten de denunciar porque les termina siendo más gravoso el proceso judicial que el hecho que les tocó vivir”, cuenta Garvich.

Visibilizar el delito

Un caso de abuso sexual que repercutió hace un mes es el ocurrido en la localidad de Delfín Gallo, al noreste de Tucumán. Allí una adolescente discapacitada fue violada dos veces en menos de tres meses por un grupo de chicos de la zona. La Policía no quiso tomar la denuncia y el caso se conoció por un video que los propios agresores difundieron. Fueron los vecinos de Delfín Gallo los que salieron a la calle a pedir justicia y a exigir a la comisaría que investigue el caso. “Muchos policías piensan ‘para qué le vas a arruinar la vida a la chica avisando que la han violado’, mejor que nadie sepa, que nadie se entere. También está esta cosa de clanes machistas de pueblos chicos donde se protegen a los hombres, donde algo habrá hecho la chica para provocar al hijo de tu amigo”, comenta la integrante de CLADEM. Entonces es cuando la responsabilidad es de cada miembro de la sociedad, de cada vecino, de cada ciudadano. “La falta de sanción o cuando la sociedad no marca con claridad qué no se debe hacer, entonces se lo sigue haciendo. A la vez hay una responsabilidad social de la Justicia y de la educación, que no marcan con seguridad que violentar el cuerpo de una mujer es un acto disvalioso”, explica Guerrero.

La lucha contra los prejuicios y la importancia de separar las hipótesis de los dichos es fundamental. Según la psicóloga del Poder Judicial, lo primero que hay ante una denuncia de violación es el prejuicio de si será violación. “‘¿Y si quería y después se arrepintió? ¿Y no será que le dio vergüenza porque se enteraron en la familia?’ Hay que entender que si se está denunciando una violación no importa lo demás. Hay una dificultad en separar los criterios con los que se maneja una investigación de lo que son los prejuicios o la subjetividad de cada persona”, indica Garvich. A su vez, la psicóloga aclara que siempre se cuenta con diferentes hipótesis y que no se puede empezar aseverando que las cosas son como se han denunciado “porque así se respeta el estado de derecho de todos, pero eso no es lo mismo que poner en cuestión a la víctima”.

En las luchas por los derechos de las mujeres se ha avanzado respecto a violencia doméstica y en poner en agenda los derechos de las mujeres en el plano laboral, educativo y económico. “Fue un eje central la autonomía en el propio cuerpo, pero me parece que no hemos podido poner en agenda los delitos sexuales. Por lo menos en poder mostrarlos y poder discutirlos en sociedad”, dice Adriana Guerrero, quien afirma que fue en el año 1994 cuando se reconoció a los derechos de las mujeres como derechos humanos. “Hay algo con lo que estamos chocando y es con la idea de la mujer como cuerpo de conquista del hombre. Todavía hay muchas lecturas donde se ve al cuerpo de la mujer como el provocador del delito”. El cuerpo como el culpable. El cuerpo como el factor de riesgo. El cuerpo como el justificativo para lo aberrante.

No se pude hablar de la violación o hacerlo visible. Es como que la sociedad lo rechaza, lo niega, lo cierra.
— Adriana Guerrero | CLADEM

Y es aquí cuando se prioriza la importancia de poner el tema sobre la mesa. Discutirlo y hablar sin vergüenzas. “No se pude hablar de la violación o hacerlo visible. Es como que la sociedad lo rechaza, lo niega, lo cierra”, comenta Guerrero. A la vez, entran en juego otras cuestiones porque “se rechaza o repudia esto que causa repulsión, pero en realidad hay algo de morbo que nos deja pegados a estos hechos y eso hace que no podamos actuar de forma más clara. Se mezclan muchas cuestiones y esto afecta al que tiene que intervenir”, dice Mariela Garvich.

Entre el morbo y la vergüenza, hablar de abuso sexual y de violaciones como un acto que se condena se vuelve difícil. Pero esa dificultad se va por la canaleta si se piensa en lo aberrante del hecho. Si se piensa en que el tabú y la vergüenza no pueden ser más importantes que el hecho inhumano, monstruoso, descarriado de un abuso sexual. Si se piensa que el cuerpo no puede resultar más responsable que el propio delito.