La agonía de un arte que no discrimina

Fotografía cortesía de Fernanda Córdoba

Fotografía cortesía de Fernanda Córdoba

El teatro popular es aquel tipo de teatro que no distingue lugar, público ni obra. Es el arte de actuar compartida con cientos de espectadores que disfrutan de una función en el parque, la plaza o el club del barrio. Es cultura y diversión para todos, sin discriminación de clase. Hacer teatro popular significa un doble esfuerzo. No sólo por lo que implica montar una obra, sino también por el riesgo que se corre de que algo pueda salir mal o distinto a como estaba previsto. Por ello, grande es el talento de los actores que se enfrentan a distintas condiciones climáticas, a distintos tipos de públicos y a diferentes conflictos urbanos, como ser ruidos molestos que exigen forzar la voz o defectos en el espacio que obligan a estar atentos adonde se pisa.

Cabe aclarar que este tipo de arte es pensado como un teatro callejero, aunque no sea eso una condición obligatoria. Más bien, lo que puede tomarse como característica indispensable es su discurso popular. En esta línea, el teatro popular como concepto no deja de ser parte del teatro, con la diferencia que no se espera que el público vaya a ver la obra sino que es el actor el que busca al público.

Interpretar, interactuar y pasar la gorra, de eso se trata. Desplegar el repertorio y dejar que el público haga el resto.

Fotografía cortesía de Fernanda Córdoba

Fotografía cortesía de Fernanda Córdoba

Por otro lado, a veces suele confundirse teatro popular con teatro independiente.  Y, si bien el teatro popular es independiente, es mucho más abierto y está dirigido a un público más general que el tipo de arte que se califica como independiente. Dicho de otro modo, el teatro independiente es más acotado, más selectivo, haciendo un recorte del público al que va dirigido a la hora de ponerse en función. Este último tiene que ver con una mirada más elitista sobre lo que se busca, mientras que el popular utiliza otro tipo de dialecto, algo mucho más “nuestro”.

En ese sentido, cuando Onás Salto Leitón armó su primera obra de teatro popular “Hagamos aquí el país de las abejas” nunca imaginó el atrapante poder de este tipo de teatro. “Desde ese momento me empezó a gustar mucho por la reacción del público, las cosas que hacíamos y el incentivo de la gente que hacía teatro popular. Era como sacar una obra de sala y llevarla a la calle” comenta a La Palta. “Lo interesante es que el teatro popular tiene un discurso bien definido y quiere comunicar y decir algo”.

Sin embargo, desde el año 2008, el teatro popular en Tucumán no cuenta con el sustento del Instituto Nacional del Teatro. Cabe recordar que para aquel tiempo se llevaban a cabo ciclos de teatro popular en los barrios, con grandes convocatorias y de gran nivel. Además desde el Ente Cultural de Tucumán es nulo el apoyo hacia este tipo de teatro, “para el teatro popular no hay nada, por el contrario, se está tratando de correr a los actores de los espacios que ya se han ganado como el piletón, por ejemplo, que empezó como algo independiente” denuncia Onás, quien considera que toda la desvalorización de este tipo de arte es responsabilidad de las autoridades.

Con todo esto, es indudable que si existiera ese apoyo habría más llegada y más movimiento popular para que más gente pueda disfrutar de lo que grandes talentosos de la provincia saben hacer. Puesto que se trata de una rama del teatro que permite al artista mostrar lo que puede hacer a todo el público, el que no siempre tiene la posibilidad de ir a ver una obra, y al mismo tiempo crecer en su pasión y formarlo con un aprendizaje que sólo se vive en lo popular.

Javier Sadir

jsadir@colectivolapalta.com.ar