Casa Sucar: por qué haberla recuperado no es suficiente

Fotografía gentileza de Agostina Rossini

Superado ya el reclamo por su conservación, la casa Sucar suma un calificativo hasta ahora inédito: además de joya edilicia, de patrimonio arquitectónico y de casona histórica, hay quienes coinciden en señalarla como la punta de un iceberg. Lo dicen quienes más cerca de ella han estado en estos últimos tiempos: manifestantes que han levantado banderas para frenar piquetas, que semana a semana se han acercado a reverenciarla con arte y obstinación, y que aseguran que -más allá de su resolución- el conflicto ha venido a desnudar los vacíos, descuidos y graves problemas de la provincia para gestionar su cultura.

Si bien celebran la promesa de la Municipalidad de hacerse cargo del edificio con fondos propios y de procurarle un destino vinculado con lo artístico, algunos referentes advierten que esto no es suficiente para concluir que existe desde el Estado un plan integral de políticas culturales. “La expropiación fue un paso fundamental, pero no siempre podrán expropiarse las construcciones que queremos conservar. Esto debe servir para marcar un precedente: para generar anticuerpos ante la demolición indiscriminada de edificios con valor patrimonial, para repensar cuál es el rol de la Dirección de Patrimonio y, sobre todo, para exigir políticas culturales serias tanto a la Municipalidad como a la Provincia”, reclama Fernando Ríos Kissner, gestor cultural y uno de los integrantes del colectivo Tucumanxs a favor de la casa Sucar

Más que una historia con final feliz, Ríos Kissner ve en lo ocurrido un gigantesco disparador de preguntas. “¿Qué sucederá ante una nueva situación similar? ¿Lo que vimos fue un gesto aislado de la Municipalidad o realmente forma parte de una estrategia cultural específica? La gestión de Germán Alfaro nos entusiasmó con la recuperación del teatro Rosita Ávila y nos ilusiona con la casa Sucar, pero ¿será sólo esto o por primera vez en su vida el municipio le dará entidad a su secretaría de Cultura?”.

Un planteo similar expone el también gestor cultural Javier El Vázquez, que además hace algunas advertencias sobre los proyectos en ronda acerca del destino de la casa Sucar (habría una idea general de convertirla en centro cultural). “No conozco las iniciativas en profundidad, pero me atrevo a suponer que carecen de estudios serios que especifiquen su funcionamiento (misión, financiamiento, etcétera) y de un diagnóstico profundo sobre el quehacer cultural en la ciudad. Mucho menos creo que contemplen un estudio de públicos, ya que ni siquiera tenemos un censo sobre las industrias culturales locales”. 

“De todos modos, celebro que el conflicto haya situado en el centro de la discusión a la problemática del diseño y la gestión de políticas culturales -agrega-. Es un debate interesante y de fondo, que va mucho más allá de qué hacer con el espacio. Porque no alcanza con tener un lugar, dinero y voluntad política; para construir algo valioso hay que impulsar acciones coherentes. La cultura como expresión de lo político no figura en los planes de la clase dirigente y, como ejemplo, cito el hecho de que en el documento que detalla los Lineamientos Estratégicos para el Desarrollo de Tucumán, elaborados por el Gobierno hasta 2020, la palabra cultura no figura ni una sola vez”.

Un hecho bisagra

La arquitecta Aída Navajas remarca que la lucha que han sostenido como colectivo no se suscribe únicamente a la recuperación de la casa, sino que tiene objetivos superiores: por un lado, crear nuevos modelos de gestión, y por el otro, dejar de hablar de edificios particulares para empezar a pensar una ciudad más amigable. “Antes de establecer la actividad concreta que se realizará en la casa Sucar, queremos definir quiénes se harán cargo de su gestión. Si bien sabemos que necesariamente debe estar en manos del municipio, le hemos propuesto a Alfaro que este sea acompañado de una comisión asesora”.

Navajas cuenta que, al ver la diversidad de propuestas artísticas que convergían cada martes en Salta al 500, durante el tiempo de reclamo, cayeron en la cuenta de la gran cantidad de grupos que necesitaban un espacio de expresión. Por eso, dicen, su intención es que la futura funcionalidad de la casona sea lo más amplia posible. “No queremos solamente un centro cultural o solamente un centro de convenciones, sino que proponemos que se abra allí un centro comunitario. Lo comunitario no excluye, al contrario; es diferente al concepto de centro cultural que se maneja en San Miguel de Tucumán, que pareciera ser elitista, como si la cultura fuera para una sola clase”. 

El municipio, que por estos días se encuentra reuniéndose con distintos sectores para hablar del tema, parece haber prestado especial atención a la propuesta de los (ex) manifestantes. Según Walter Berarducci, secretario de Gobierno municipal, hay una buena probabilidad de que la casa Sucar termine albergando actividades artísticas, y de la forma “más amplia posible”. “Creemos que, por la defensa que hicieron, estos colectivos deben estar representados y exponer sus trabajos. El destino de la casa reflejará todo ese movimiento de lucha, el actual y el histórico”. 

Ante la inquietud acerca de si la preocupación por el edificio es un gesto eventual de la gestión, Berarducci asegura que la medida no fue oportunista ni aislada, sino que forma parte de un cambio de paradigma que la Municipalidad pretende imponer. “Durante 12 años se dejó de lado la cultura y nosotros estamos abocados a recuperar los valores de la provincia, de la capital, de sus artistas, de su patrimonio. Queremos tomar a este hecho como una bisagra, un antes y un después. Obviamente que es un proceso que lleva tiempo, pero el intendente desea que el municipio tenga un rol culturalmente activo”. 

¿Y ahora qué?

En ese marco de apertura para pensar políticas y estrategias culturales, los referentes tienen mucho que aportar. “Creo que es imprescindible una mesa de trabajo entre la Municipalidad y la Provincia. Me aterra esta estructura organizada en entes, que a su vez no tienen definida su incumbencia: Turismo y Cultura compiten muchas veces, y creo que esa organización es una forma muy astuta de licuar responsabilidades”, reflexiona Ríos Kissner, que insiste especialmente en la necesidad de políticas dirigidas a la primera infancia.

El Vázquez, por su parte, resalta que el conflicto de la casa Sucar ha evidenciado la enorme carencia de lugares públicos donde determinados grupos de jóvenes se sientan referenciados. “(Hacen falta) espacios que vayan más allá de los ya existentes, que no reúnen características para tal o cual ‘tribu’; que vayan más allá de los que en verdad son espacios de entretenimiento, que a las claras no cubren las expectativas de esos públicos”.

Navajas insiste en que el objetivo ulterior es el de un entorno menos agresivo. “¿Qué hubiéramos perdido si perdíamos la casa Sucar? Lo que se pierde día a día: un sentido de pertenencia, un goce por ciertos espacios… Una ciudad llena de edificios en altura identifica a unos pocos y eso genera enojo en la percepción y la psicología de los vecinos. Más que haber perdido algo, habríamos sumado a una deconstrucción de ciudad, a esta ola constructiva en la que estamos inmersos y que no representa a nadie”.