Los desaparecidos son nuestros

 Fotografía de Bruno Cerimele

Fotografía de Bruno Cerimele

Desde el 12 de noviembre del año pasado, a excepción de las semanas de feria judicial de enero y febrero, la calle Chacabuco en su intersección con Crisóstomo Álvarez se corta todos los jueves y viernes. Claro está que los feriados también marcan la diferencia. De hecho la semana pasada el movimiento por estas calles no fue el habitual. Pero a partir de este jueves, cuando las audiencias por la Megacausa Jefatura II Arsenales se reanuden, el tránsito en las calles aledañas al Tribunal Oral Federal (TOF) volverá a causar, cuanto menos, algunos comentarios. Son muchos los tucumanos que protestarán, como lo vienen haciendo, por el caos vehicular. Estos comentarios son, por lo general, contra el desarrollo de los juicios por los delitos cometidos durante la última dictadura militar. Que si es un gasto de dinero innecesario, que para qué juzgarlos si ya están viejos, que ‘en algo raro habrán andado’ por eso desaparecieron, que si es un circo de la presidente. Y así expresiones que ya se han convertido en lugares comunes, que se repiten sin mayor aspiración que la queja por la queja misma, se escuchan con más frecuencia de la que uno quisiera. Pero muchas de esas personas que están en desacuerdo con el desarrollo de estos juicios desconocen lo que cada jueves y viernes ocurre en el marco de la Megacausa. No saben que allí dentro las historias de dolor, de pérdidas y de desencuentros se hacen presentes y se siguen escribiendo. Allí esas historias cobran vida, se entretejen unas con otras. Allí los familiares que asisten a las audiencias escuchan, en medio del dolor, e imaginan cuál pudo haber sido el último pensamiento, las últimas palabras de aquellos que no pudieron volver a ver más. Reconocen, en los testimonios de quienes se presentan a declarar, los rasgos que caracterizaban a sus seres queridos.

“Hay que rescatar el volumen de testimonios y que están de a poco armando este rompecabezas”, dijo Pablo Camuña cuando se le consultó por lo más significativo de la Megacausa. Pero esos testimonios no solo son importantes para los familiares que buscan un dato más de sus seres queridos. Son importantes para toda la sociedad porque, al contrario de lo que a veces se cree, los desaparecidos son ‘nuestros’. Sí, son nuestros. Sobre ellos se construyó la historia argentina. Sobre ellos los diarios, las revistas, las escuelas, los libros, dijeron y callaron cosas. Eligieron qué contar y cómo. Dicen por ahí que la historia de un país, una vez escrita, se presenta como verdad absoluta. Dicen también que cuando se trata de la historia reciente aparecen los problemas. Lo que sucede es que la historia reciente se cruza con la memoria y, las mentiras se desenmascaran, las omisiones se recuerdan. Esa historia se contradice con las verdades de los que todavía pueden dar testimonio. Y eso es lo que ocurre cada semana en el TOF.

Salir de la atomización del día a día, cruzar esas calles y enterarse de lo que sucede dentro de ese edificio de la esquina de Crisóstomo Álvarez y  Chacabuco, es posible con solo ser mayor de edad y llevar el Documento Nacional de Identidad. Quizás si los que pasan por esa esquina sin terminar de entender por qué se corta el tránsito, por qué se cubren las vallas con las fotos viejas de cientos de personas, se animaran a entrar y escuchar un testimonio, mucho de lo que piensan empiece cambiar. Es que, como dice el fiscal Camuña, “el valor de los testimonios es inapreciable desde todo punto de vista porque la judicialización de esta historia que nos compete a todos es una porción muy pequeña de lo que verdaderamente  pasa en las audiencias”. Y lo que verdaderamente pasa en las audiencias es tan grande, tan fuerte, que uno sabe que cuando dice que allí se escribe ‘nuestra’ historia, se queda corto.

Gabriela Cruz

gcruz@colectivolapalta.com.ar