Se busca justicia

 Fotografía cortesía de Bruno Cerimele

Fotografía cortesía de Bruno Cerimele

Cuando todos se volvieron sospechosos, cuando empezaron a desaparecer militantes, obreros, profesionales, sindicalistas, estudiantes. Cuando el miedo empezó a propagarse terminando por echar raíces mucho más profundas de lo imaginable, un grupo de mujeres salió a hacerle frente al monstruo. Ellas se encontraron en el peor momento de sus vidas, atravesando el dolor más grande jamás imaginado, pero nada las detuvo. Nada. “Hijo querido, tu madre no va a dejar de buscarte nunca”, había escrito Aida Carloni de Campopiano. Aida, a la que todos conocían como ‘Pirucha’, fue una de las primeras ‘Madres de Plaza de Mayo’. Ella junto a Nélida Medina de Rizo fundaron la filial Tucumán de esta organización que hoy es sinónimo de lucha. Ramón Bianchi (hijo de Nélida) y, Julio César y César Gustavo Campopiano fueron secuestrados en 1976. Julio y Ramón permanecen desaparecidos.

'Pirucha' Campopiano murió en el año 2008, pero sus palabras y la historia de su búsqueda llegaron a la audiencia a través de sus hijas, Noemí Cristina y Ada Celia. “Nos torturaban haciéndonos imaginar un reencuentro que no se daría jamás”, había dejado escrito su madre. Noemí Campopiano lo compartió en la primera audiencia después de la feria judicial del mes de julio.

Clara Nélida Medina de Rizo, o 'Nely' como se la conoce, se sentó ante el Tribunal y contó todo lo que recordaba de lo vivido la noche del secuestro de Ramón Bianchi. Habló de los años de dictadura, de cómo las madres fueron agrupándose y golpearon puertas. Algunas se abrieron, otras no. “No sabíamos que esto era tan grande”, dijo esta madre que hoy tiene 89 años. “Tengo miedo, pero lo venzo, no me aplasto”, confirmó como si hiciera falta después de 37 años de lucha.

Jueves 25 Las historias y  las búsquedas

Julio y Gustavo Campopiano vivían en la calle Asunción al 200. La noche del 21 de octubre del año 1976, mientras Gustavo, Ada y Noemí estudiaban, golpearon la puerta de la casa unas personas que dijeron ser compañeros de Gustavo, pero cuando ingresaron, empezaron los golpes, la violencia y los gritos. “Yo quería saber quiénes eran los que se querían llevar a mi hermano”, dijo Noemí. Ante su insistencia, uno de los secuestradores le mostró una especie de carnet que decía ‘Ejército Argentino’.

Cuando llegó Julito a la casa y supo lo sucedido, decidió salir a buscar a su hermano. Así fue que llamó a su amigo Pedro Dilascio para que lo acompañe. Las hermanas Ada y Noemí quedaron en el domicilio hasta que regresó Pedro y les contó lo ocurrido. Desde que salieron, un automóvil los seguía. Frente al cementerio del Oeste les preguntaron quién era Campopiano y subieron a Julio al vehículo. Julio tenía 18 años era actor, poeta y escritor. Al día siguiente de su secuestro cumplía 19, contó su hermana Noemí.

Algunos días después abrieron la puerta y vieron que era Gustavo el que golpeaba. “Ahí viene atrás Julito, ya lo sueltan”, le había dicho a su familia. A Gustavo lo torturaron, escuchó los gritos de su hermano y cuando lo dejaron en libertad le dijeron que Julito pronto saldría. “Por eso llegó a la casa pensando que ya vendría”, dijo Ada Celia, la otra hermana que declaró el jueves. El relato de Gustavo, que no testificará en este juicio pero que ya lo hizo en ocasiones anteriores, se presentó ante la audiencia por medio de la lectura de una declaración anterior. Pero no solo por él se supo que Julito quedó detenido en el Arsenal Miguel de Azcuénaga, fue el ex gendarme Antonio Cruz quien dio los detalles más dolorosos sobre la forma en que murió el estudiante, actor y poeta.

“Yo no me imaginaba cómo alguien podía morir de tétanos, me puse a averiguar”, dijo Noemí en su emotivo y detallado testimonio. Contó que cuando fueron a tomarle las muestras para el banco de ADN, ella describió cómo estaba vestido Julio el día que lo secuestraron. “Les conté del rompeviento blanco, pensé que al ser sintético, quizás, no se había degradado pero cuando supe cómo murió Julito… esa ropa no debió haber existido ya”, reflexionó. En febrero de 1977 Julio contrajo tétanos, como consecuencia de las torturas. Abandonado, sin atención médica, tirado en el suelo, fue dejado morir, agonizando lentamente.

“Tengo miedo. Tengo mucho miedo de olvidarme de Julio. Me olvidé de su voz. No quiero olvidarme de él nunca jamás”, agregó antes de retirarse Noemí. “Quiero que se haga justicia, no solo por mi hermano sino por todos los desaparecidos”, concluyó Ada Celia Campopiano, la niña que tenía 11 años cuando le arrancaron a su hermano.

“Yo siempre lo busqué a mi papá, siempre lo busqué y lo sigo buscando”, dijo Ricardo Oscar Osores. Ricardo tenía 4 años cuando se llevaron a su papá Carlos Raúl. Ingresaron a la habitación y preguntaron por el ‘Petizo’ Osores, recordó el testigo, “en ese momento se llevaron a mi viejo, se lo llevan y nunca más lo volví a ver”, agregó conteniendo el llanto. Su madre, Matilde del Valle Escobar, declaró el mismo día. “Toda esta sangre, después de 37 años…es como escarbar dentro de uno...espero que se haga justicia”, manifestó antes de retirarse.

La audiencia número 53 del año terminó con los testigos por las causas de María Jiménez de Soldati, Humberto González y Lorenzo Lerma. Por un lado, se presentó como testigo Enrique José Soldati, el esposo de María jimenez. Ella tenía 41 años, era ingeniera electrónica, profesora en la Facultad Regional Tucumán, de la Universidad Tecnológica Nacional y en la Escuela Nacional de Educación Técnica N° 3 (E.N.E.T.). Fue secuestrada el 28 de mayo de 1977 y hasta el día de hoy permanece desaparecida.

Por las causas de Humberto y de Lorenzo se escuchó la declaración de José Ángel Di Marco. José contó que se encontraba en la imprenta gráfica Interprovincial cuando fue detenido junto a Humberto, Lorenzo y Carlos Medina. Humberto González no volvió más, lo último que se supo de él fue que quedó detenido en el Arsenal Miguel de Azcuénaga después que Lorenzo Lerma fuera liberado.

Viernes 26

El día 15 de abril de 1976, un grupo de doce personas irrumpieron en el domicilio de la calle San Luis al 200. Allí se encontraban durmiendo la madre de Ramón Oscar Bianchi, doña Nélida Medina de Rizo, su esposo Francisco Rizo y su hija Patricia Rizo. Doña Nélida contó que preguntaban por el ‘terrorista’ Bianchi, pero como no lo encontraron se llevaron a Francisco obligándole que les indique el domicilio donde se encontraba Ramón. Algunos de los secuestradores se quedaron en la vivienda de Nélida, la interrogaron sobre las actividades de su hijo y le saquearon la casa. “Se comieron todo lo que había en la heladera”, comentó la testigo.

El viernes 26 también declaró Patricia. La testigo explicó que su hermano Ramón estaba recién casado. Que los días de semana se quedaba en la casa materna para poder ir a la facultad pero que los fines de semana se iba a la casa de su suegra junto a su esposa Rosa María del Socorro Vargas. Patricia Rizo, que al momento del secuestro de su hermano tenía 11 años, acompañó a su madre en todas las gestiones que hizo para dar con el paradero de Ramón. Recordó el desprecio y el maltrato recibido por parte del entonces obispo Monseñor Conrero, quien no quiso recibir una carta que Nélida había llevado. El obispo las había llamado ‘Madres de terroristas’ y les dijo que las haría encerrar, que esa carta (que iba dirigida al genocida Rafael Videla), podría tener una bomba. Encontrar a su hijo siempre fue lo único importante, no importaba dónde ni cómo. “Mi madre fue a buscarlo a 'La Escuelita' y al Cementerio del Norte. En un cañaveral de Los Vázquez encontró cinco cadáveres. Estaban en bolsas negras, golpeados y torturados”, contó Patricia.

Patricia recordó también que una amiga que frecuentaba la casa, 'Lita' Figueroa, cuando se enteró de lo ocurrido con Ramón, las puso en contacto con su hermano José del Valle Figueroa, quien las mandó a hablar con Ramón Hermosilla (ambos policías). Tanto José Figueroa como Hermosilla fueron llamados a declarar en esta audiencia. Figueroa no pudo hacerlo ya que se encuentra imputado en esta megacausa y, aunque se le haya dictado la falta de mérito, no está sobreseído y su accionar durante el terrorismo de Estado se sigue investigando.

Hermosilla, por su lado, dijo no recordar si había hablado con ‘Nelly’, pero reconoció que la existencia del Servicio de Inteligencia Confidencial (SIC) era ‘vox populi’, “no se puede decir que se ignore eso”, confirmó.

Rosa María del Socorro Vargas de Bianchi estaba junto a Ramón cuando ingresaron a su casa. En su declaración dijo que entraron con ametralladoras, que preguntaban por ‘Cachín’ y que la tiraron al piso, boca abajo. Rosa estaba embarazada de cinco meses, “no mires”, le decían mientras que apuntaban a su esposo. Cuando lo sacaron de la habitación ella quedó encerrada, fue la última vez que lo vio.

Ramón Oscar Bianchi tenía 22 años y era delegado estudiantil del Centro de Estudiantes de la Facultad de Bioquímica. Fue visto en el Arsenal Miguel de Azcuénaga por Víctor Alderete, quien ya declaró en audiencias anteriores.

Nuevos Testimonios

Marta Gómez es una testigo que se presentó por la causa de Juan Carreras, aquel estudiante de Bioquímica que fue secuestrado en la Facultad cuando terminaba de rendir un examen. Marta estuvo presente aquella tarde cuando un grupo de personas armadas ingresaron al establecimiento y se llevaron a Juan. Su testimonio fue escuchado por primera vez en esta Megacausa y confirma lo que otros testigos ya habían narrado.

Joaquín Enrique Ibáñez se presentó espontáneamente en el mes de mayo, antes de la feria judicial. El viernes declaró haber realizado la conscripción junto a Luis Alberto Soldati en el Arsenal Miguel de Azcuénaga. Su relato fue claro, contundente y aportó detalles importantes a la causa. Dijo, por ejemplo,  que vio cuando el 18 de mayo Luis salió con un compañero del Arsenal, que un rato después salió un automóvil Torino en el que se encontraba el Teniente Guerrero. Según afirmó Ibáñez, aquel vehículo volvió con Luis Soldati, “estaba agachado…pasaron para el fondo”, luego agregó que no volvió a ver que Soldati saliera nunca más.

Entre los aportes más importantes del testigo está la existencia de las fosas comunes. Según contó, un día que se quedaron sin gas en la cocina decidieron ir a la zona de los ‘polvorines’ a buscar leña. Los conscriptos no tenían autorizado ingresar a esa zona, pero ante esta situación se les permitió pasar. Allí vieron un pozo con ropa quemada y restos humanos. “Se veía una hebilla de cinto”, afirmó Ibáñez. También confirmó que a la zona ingresaba un camión blanco que tenía una leyenda que decía “transporte higiénico de carnes”. Recordó, además, que en una ocasión vio cuando el padre de Luis y su hermano Carlos fueron hasta el Arsenal y hablaron con el imputado Pedro Caballero.

Cuando el testigo terminó de declarar, el abogado de la defensa oficial, Ciro Lo Pinto, pidió la palabra y acusó al Ministerio Público Fiscal de “presentar un testigo fabricado”. En ese momento, el defensor presentó una documentación donde constataría que Ibáñez no habría realizado el servicio militar. Ante esta acusación el Fiscal Peralta Palma manifestó que semejante afirmación era ofensiva, junto a las querellas,  pidió que se realice una investigación más profunda de la documentación presentada por la defensa. “Si es infractor, tiene que haber una causa en la justicia militar”, aseguró la querellante Laura Figueroa insistiendo en el pedido de mayor investigación de las pruebas presentadas y rescatando lo importante de los aportes del testigo.

A la última testigo de la jornada se le aplicó el protocolo de tratamiento a testigos víctimas de delitos sexuales. La mujer habló de su hermano Alberto Vaca. Su testimonio dio cuenta de la persecución que los familiares de desaparecidos vivieron, de las dolorosas secuelas que el terrorismo de Estado ha dejado en familiares y sobrevivientes, de las heridas que a veces parecen no terminar de cicatrizar. El estigma social y el hostigamiento le sumaron más dolor a una familia que esperaba volver a ver a aquel joven de 22 años. Alberto Vaca Rubio vivía en Metán, provincia de Salta, vino a Tucumán a estudiar medicina. Fue secuestrado el 20 de setiembre de 1976 junto a María Cristina Romano de Fiad. María Cristina contó en su declaración que escuchó como lo torturaban en el Arsenal, fue por ella que la familia de Alberto supo qué había pasado con él.

Los padres de Alberto habían conseguido que el Clero de Salta les gestionaran algunos encuentros con miembros de la jerarquía de la Iglesia para que les ayudaran a saber sobre el paradero de su hijo. Monseñor Conrero no les dio ninguna información, Monseñor Randisi les confirmó que el nombre de su hijo figuraba en una lista de secuestrados, Monseñor Primatesta les contestó: “Señora, estamos en tiempo de guerra, no podemos hacer nada”.

“Hemos sufrido mucho la indiferencia de los medios de comunicación y de la Iglesia”, había escrito ‘Pirucha’ Campopiano. Pero como ella fueron muchas las madres, los hijos, los familiares y amigos los que siempre supieron que algo se podía hacer. E hicieron mucho. Buscaron, encontraron algunos, siguen buscando y hoy exigen justicia. A pesar de que durante 37 años les cerraron demasiadas puertas, les quitaron a sus seres queridos, les hicieron las peores atrocidades jamás imaginadas, hoy piden un juicio a los genocidas con los derechos que ellos les negaron a sus hijos.

Gabriela Cruz

gcruz@colectivolapalta.com.ar