La silla de atrás

 Fotografía de Julio Pantoja | Agencia Infoto

Fotografía de Julio Pantoja | Agencia Infoto

“Cuando mi padre volvió del infierno, como decía él, no quiso contarnos nada”, había dicho uno de los más de 400 testigos que pasaron por la sala de audiencias. “Sobre esta experiencia yo cerré los ojos y bajé una cortina. Me cuesta mucho hablar. Permanecí con miedo durante muchos años”, inició su declaración otra testigo. Ellos guardaron esos recuerdos en lo más profundo. Algunos pudieron hablarlo con su familia, con sus amigos, con un terapeuta, con alguien. Otros solo callaron. Algunos creyeron que lo mejor era olvidar, otros esperaron esta oportunidad para que eso que habían visto y vivido sea escuchado y valorado en la búsqueda de justicia. Cada jueves y viernes los testigos se sentaron frente al tribunal, a su derecha estaban los imputados, muchos de los responsables directos del calvario que les habían hecho vivir. Algunos, al terminar de declarar, permanecieron en la sala de audiencias. Algunos volvieron cada jueves y viernes para ser testigos, esta vez, de un acto de justicia. Algunos recorrieron en cada inspección ocular los espacios donde vivieron el espanto. Cómo olvidarse de don Santos Chaparro, aquel señor que entre sollozos decía “usted pregunte, pregunte que yo le cuento todo”, y aunque se esforzó su cuerpo habló más fuerte y no puedo terminar. Su presión, las secuelas físicas y psicológicas de su secuestro no le permitieron concluir cuando estaba previsto. Santos Chaparro tenía mucho por decir y ya no lo quería callar. Recibió en su casa a los jueces y a las partes, terminó su declaración en esa audiencia especial. Valentía es tener miedo y decidir atravesarlo, dicen por ahí. Ellos dejaron claro que el miedo no los detuvo.

Los testigos fueron los protagonistas de este juicio. No hay dudas. Pero en la silla de atrás, sentados en silencio, siempre había alguien. Acompañaban, sostenían, una presencia que para muchos pasaba desapercibida; para ellos, los testigos, no. Se trata de los miembros del equipo interdisciplinario de acompañamiento de testigos víctimas del terrorismo de Estado. Su trabajo fue silencioso pero imprescindible y, al final de cuentas, impecable. Estuvieron siempre, aun cuando las audiencias se extendían y no quedaba casi nadie. Cuando el recorrido por los lugares donde funcionaron los centros clandestinos de detención se hacía cuesta arriba. Cuando los testigos víctimas atravesaban el miedo, ellos sostenían sus manos y juntos cruzaban la muralla de dolor, de terror y de espanto.

La etapa probatoria en el debate ya ha finalizado y, con ello, la función de los profesionales de este equipo también. Los jueces reconocieron ese trabajo y presentaron una nota al Poder Ejecutivo Provincial donde destacaron la idoneidad del rol desempeñado. “Sin su asistencia hubiera sido imposible darles la contención profesional necesaria a los testigos  y familiares de las víctimas”, dijo el tribunal en esa nota. Y difícilmente alguien pueda no estar de acuerdo.

Estoicos escucharon todo, pusieron no solamente el cuerpo sino toda su humanidad en esta búsqueda de verdad y justicia. Son los que se atrevieron a ser algo más que profesionales idóneos. Son una de las partes más importantes en la construcción de la memoria y, con ello, de la Historia.

Gabriela Cruz

gcruz@colectivolapalta.com.ar