Mujeres que cuentan historias: Faride y una búsqueda inclaudicable

 Fotografía cortesía de Agencia Infoto

Fotografía cortesía de Agencia Infoto

Un escalón afuera, la vereda. La gente que va y viene, apurados o paseando a sus mascotas. Cada uno con su propia historia, con sus ocupaciones, con sus sueños, sus alegrías y sus dolores. Un escalón adentro, se erige imponente una escalera. Peldaño a peldaño el tiempo se vuelve difuso. Todo parece haberse quedado detenido, pero a la vez, la vida se ha abierto paso.

Los muebles antiguos, la mesa de madera rodeada de pesadas sillas. Las fotos en blanco y negro en antiguos portarretratos y un triciclo de colores brillantes en medio de todo ese mobiliario. Más tarde los recuerdos se harán presentes en ese comedor. La silueta de quien ya no está parecerá dibujarse en ese espacio. La mesa aparecerá repleta de libros. Una bandeja con la pava y el mate estará esperando. Seguirá esperando. El balcón se volverá estratégico. Más tarde. Cuando los recuerdos de Faride comiencen a contar la historia de esta mujer que aprendió una manera diferente de luchar, de vivir, de amar.

Faride tiene las manos tibias, suaves, blancas. Tiernas. Su tacto transmite una paz y un amor difícil de poner en palabras pero fácil, muy fácil de sentir. Una calidez que impregna la piel, que llega al alma. Su voz suave cuenta con dolor los recuerdos de ese hijo que le llevaron. “Lo mejor es preguntarle a personas que lo hayan conocido”, dice Faride, “porque yo soy la madre”, explica como advirtiendo, para sí misma, que uno puede relativizar sus palabras.

Buscando un poco de objetividad prefiere hablar de su hijo contando anécdotas. Evita poner adjetivos aunque después se le escapen por el orgullo que siente. “Yo trabajaba mucho, porque éramos comerciantes. Yo le decía, le enseñaba siempre que nunca se debe levantar lo que no es de uno”, empieza poniendo en contexto el accionar del pequeño Ismael. “Yo le decía que a mí me puede mentir, pero hay un ser supremo que lo sabe todo y lo ve todo y a Él no le puedes mentir”, y la imagen de esa madre educando al niñito con sus valores, con su fe, con sus creencias es la primera que aparece. “Él quería mucho a la gente pobre, los hacía pasar a los limpiadores, les daba de comer, lo primero que les preguntaba era: ‘¿Tenés mamá?’”, dice imitando la voz del niño. Un día, cuenta Faride, lo escucho rezar, “ahí en el patio”, señala hacia el pasillo que desemboca en el comedor. “Decía: ‘Diosito, no te enojes con Panchito, yo no la quería a la piola. La verdad que yo no se la di pero esa no me hacía falta, no la quería. No lo castigues a Panchito’”. Faride supo que Panchito era un chico que lustraba zapatos en el barrio y que de tanto en tanto Ismael hacía pasar a la casa. Para que coma, para que juegue, para que por un ratito, aunque sea, tenga la oportunidad de ser niño. Esa vez, Panchito se había llevado la piola de Ismael. “Gracias a Dios a él nunca le había faltado nada, no conocía la necesidad pero él veía la necesidad de los otros”, dice Faride.

Esa solidaridad crecía a medida que Ismael se iba haciendo adulto. “Una vez lo mando a pagar algo y le doy un dinero”, recuerda la mujer de las manos cálidas y la voz suave. El niño que hacía pasar a los chicos que deambulaban por el barrio ya se había convertido en un jovencito al que se le podía encargar un pago importante. Cuando volvió, mucho antes de lo previsto, lo primero que hizo fue hablar con su madre: “Mamá ¿no te vas a enojar?”, le dijo. “Pero yo te lo devuelvo”, le advirtió antes de dar más explicaciones. “Fui y la estaban desalojando a doña Juanita, ella estaba afuera llorando con los muebles afuera y yo le di el dinero a ella”, terminó contándole y no hizo falta decir nada más. “Tenía un corazón, más grande que su persona, generoso, muy bueno, de muy buenos sentimientos”, dice Faride y las lágrimas se le escapan pero la voz, aunque tambalea, no se quiebra.

La pava caliente y el mate listo

Ismael Adris tenía 26 años, estaba en el último año de la carrera de Ciencias Económicas y militaba en la Juventud Peronista. El 16 de noviembre de 1977 se estaba preparando para rendir su última materia. “Ya sé mamá que no te gusta cómo dejo el comedor pero no toqués nada”, le dijo a Faride. “Vos prepará unos mates porque yo a la hora que sea tengo que terminar con este trabajo, mañana ya me pongo con la materia. Prepará la bandeja”, le dijo y salió a una supuesta reunión de trabajo. Era poco más de las tres de la tarde. “Hasta la fecha lo estoy esperando”, dice Faride que señala la silla donde se sentaba Ismael y el lugar desde donde ella solía acompañarlo mientras él estudiaba. “Yo aquí lo acompañaba y le cebaba mates”, y la mirada reposa en la silla vacía.

A pocas cuadras de esa casa, en la intersección de calles 9 de Julio y Lavalle, Ismael fue sorprendido y secuestrado por un grupo de cinco hombres armados que se identificaron como miembros de fuerzas de seguridad. Mientras lo obligaban a subir a un auto su grito fue escuchado por una vecina que registró el número de chapa patente del vehículo. “¡Negrita, decile a mi mamá que me llevan!”, vociferó sin dar nombres porque sabía que podía comprometer a aquella conocida.

Faride esperó toda la tarde. Pasada las siete se dio cuenta que estaba sola en esa casa. “Como a las ocho viene Perlita”, recuerda Faride. Perlita era una vecina. “Y le digo: ‘Mirá Perlita la hora que es e Ismael no viene todavía’. Entonces ella me dice ‘no lo esperés, no va a venir’”. El momento más terrible de todos aparece con una nitidez que sorprende. “¿Por qué no va a venir todavía?”, preguntó Faride con el temor que le oprimía el pecho y le taponeaba la voz. “Porque se lo llevaron”, fue la respuesta que menos hubiera querido escuchar.

Ella le había pedido a Ismael que se fuera. Algunas cosas que se decían, que se escuchaban la hacían temer. “¿Por qué me voy a ir, mamá, si yo no hago nada malo”, le había contestado su hijo. Pero ya habían sido detenidos algunos referentes del partido para el que militaba Ismael. Ya se decía que otros tantos habían sido secuestrados. “A mí me agarró una locura. Dicen que le di una cachetada (a Perlita). Yo salí loca, salí corriendo a la calle a buscarlo”, cuenta la mujer que ese día empezó a recorrer las calles incansablemente.

Hasta que sangraron los pies

Faride dice una y otra vez que se volvió loca. Que nada tenía sentido. Lo único que la levantaba y la mantenía en pie era la búsqueda. “Acá no hay nadie, acá no hay ningún detenido”, le dijo el exjefe de Policía, Roberto Heriberto Albornoz. Respuestas como esa escuchó cientos de veces. “Esa era mi vida”, cuenta, “al 19 de la Infantería del Ejército, al Quinto de Comunicaciones, al Distrito, al Destacamento de Inteligencia 142”, enumera. “Y esa era mi vida, todos los días lo mismo”, repite.

Recorriendo y buscando pistas un día se encontró en la ruta. No recuerda cómo llegó. No recuerda por dónde anduvo. “Me encontré sobre la ruta 38, estaba todo oscuro y hacía frío. Vino un ómnibus que decía Santa Ana, subí y me vine”, dice sin poder dar más explicaciones. “Pero quiero saber por qué estuve ahí”, afirma mientras vuelve a escudriñar en su memoria, a ver si esta vez consigue recordar algún detalle. “Yo pienso, o estuve en la escuelita de Famaillá o en Santa Lucía. Yo salía todo el día, vivía buscándolo, a donde me decían que podía estar, ahí me iba”.

Los días enteros en la calle.  Caminado. Sin sentir el dolor físico, el cansancio. Los pies heridos de tanto recorrer kilómetros y kilómetros. Cuando los pies empezaron a sangrarle solo el acto incomprensible de su yerno la detuvo. “Y le agradezco tanto al padre de este chico lo que ha hecho con este bebé”, dice mirando al mayor de sus nietos. ‘Ese bebé’, es un adulto que acaba de entrar a la casa mientras Faride conversa y cuenta su historia. “Esta belleza me ha salvado la vida. Mis nietos han caído en el momento preciso”, dice apenas lo ve.

El marido de la mayor de sus hijas le había traído al bebé de unos pocos meses. Lo dejó en la casa con la excusa de que ni él ni su esposa podían cuidarlo. Que era una urgencia, le dijo, y no le dio tiempo a negarse. Faride ya había intentado tirarse por la ventana de un edificio en un momento de desesperación. “Los he criado con tanto amor a mis nietos, a ellos les debo mi vida”, reafirma cada vez que lo repite. “Porque yo ya tenía acá”, y con el dedo índice se señala la frente, “cómo me iba a quitar la vida”. Y se detiene, y reflexiona, “ya cuando vea que ya nada pueda hacer...”, dice sin terminar la oración. “Egoísmo de mi parte porque estas dos chicas”, continúa mirando hacia donde están las habitaciones de las hijas que nunca le recriminaron nada, porque siempre la entendieron. “Pero uno no se da cuenta, buscás al que te falta”, concluye mientras observa perderse en el pasillo al nieto que pasó a saludarla.

El camino recorrido por Faride la llevó a encontrarse con otras madres. Mujeres que como ella buscaban a los hijos que el horror vestido de uniforme se había llevado. Ganó una familia, dice cuando piensa en esas compañeras de militancia. Pero también agradece que su familia de sangre nunca le haya dado la espalda. Ni los amigos, ni los vecinos la dejaron sola.

La lucha la llevó a declarar como testigo en la megacausa Jefatura II Arsenales. Ismael era uno de los nombres de las más de 200 víctimas que componían ese universo procesal. “Yo no me perdí un día de juicio”, dice, y todo aquel que haya asistido a alguna audiencia, seguramente la vio sosteniendo la foto del muchacho con bigotes. La última foto que se había sacado Ismael en un casamiento en el que había sido invitado con su novia.

Alguien le preguntó alguna vez, al salir de la sala de audiencias: “¿De dónde sacás fuerzas para venir?”. “Si mi hijo lo pasó, ¿cómo yo no lo voy a escuchar?”, fue la respuesta casi instantánea. “Escuché todas las atrocidades. ¿Vos podés creer que un ser humano pueda hacer semejante cosa? ¿Cómo dormirá?”, pregunta sin esperar respuesta alguna.

Faride cocina ñoquis todos los 29 de noviembre y solo los 29 de noviembre. Antes, cuando sus nietos eran chiquitos, cantaba el feliz cumpleaños para esa fecha, después de comer los ñoquis de la abuela. Cuando los chicos empezaron a crecer y a darse cuenta de lo que había pasado le dijeron que la acompañarían, pero que ya no querían cantar. Era demasiado triste. Su esposo siguió trabajando para sostener la familia. Un día antes de su muerte la llamó. “Allá está, allá está. Vamos”, le decía mientras señalaba con una mano y con la otra le sostenía la suya. “Allá está, vamos”, la invitaba en ese extraño momento de inconsciencia en el que parecía más lúcido que nunca.

“Para mí es como que me lo llevaron ayer”, dice, y como pensando en voz alta, agrega: “No me voy a consolar nunca. Vivo contando los días que no lo tengo”. En el balcón que da a la vereda se sentaba a esperar. Tenía miedo que Ismael, si regresaba, no se animaría a tocar el timbre. Desde ese lugar estratégico ella esperaba verlo llegar. Salir corriendo a su encuentro. Ismael aparece de tanto en tanto en sus sueños. Su voz la llama y ella sabe que él está del otro lado de un muro, pero no puede atravesarlo. 

Faride abrazó con la desaparición de su hijo, su propia muerte. Con el nacimiento de sus nietos, su propia vida. Faride cuenta su historia sin mezquinar ni detalles ni emociones. Y termina esta charla de la misma manera en que la empezó. “No sabés lo que era mi hijo, tendrías que conversar con la gente que lo haya conocido, porque yo, yo soy la madre”