Operativo Independencia: la ruptura de los lazos sociales

Fotografía de Julio Pantoja | Agencia Infoto

Fotografía de Julio Pantoja | Agencia Infoto

Los amigos del barrio. La cancha. Las vecinas de la cuadra. Los mates. Los compañeros de la escuela. Todo eso cambió para la familia Liacoplo después de febrero de 1975.  “La vida ya no volvió a ser la misma”, dijo María Josefa Galante. Más allá de las secuelas físicas que pudieran quedar tras el paso por un centro clandestino de detención, existen otras, más simbólicas, si se quiere. María José fue la cuarta testigo de la jornada del jueves 30 de junio. Su esposo, Juan Eduardo Liacoplo y su cuñado, Roberto Jorge, habían declarado antes que ella. “Tan feo se puso la cosa que yo terminé dejando el pueblo y me vine a vivir a la ciudad”, dijo Juan en su testimonio. En ese momento, Juan hablaba de cuando fue liberado. De cuando volvió a su casa, de cuando, en teoría, había ‘recuperado’ su vida.

Juan, María y Roberto vivían en la localidad de Lules. Los testigos contaron que el 5 de febrero de 1975, un grupo de uniformados ingresaron a la casa y requisaron absolutamente todo. “Nos dijeron que apenas llegue Juan se presente en ‘la Base’”, contó Roberto ante el tribunal presidido por el juez Gabriel Casas. La Base de la que hablaron los testigos era una Base militar instalada en el predio del ex ingenio Lules. Hasta allí se dirigieron los hermanos Liacoplo acompañados por dos dirigentes de la Unión Cívica Radical. Con la excusa de tomarle declaración y advirtiendo que todo dependería de lo que Juan conteste; el militar a cargo, Julio Cayetano Mario Pellagatti, despidió a los tres acompañantes. “Quedé detenido por averiguación de antecedentes y después me pusieron de antecedente ‘subversivo’”, contó Juan Liacoplo al recordar aquel día.

Cuatro días después, en la madrugada del 9 de febrero, un grupo encabezado por un policía federal y dos militares irrumpieron nuevamente en el domicilio de Liacoplo. “Preguntaban por mi tío Elías mientras le apuntaban con un arma en la cabeza de mi mamá”, recordó Roberto. “¿Vos quien sos?”, le preguntaron y apenas se identificó fue sacado a empujones y subido a un vehículo. Veinte minutos transcurrieron y lo bajaron en la entrada de la ex escuela Diego de Rojas. Los detalles de las torturas, las picanas, los interrogatorios. Los llantos de los otros detenidos. “Hasta un nacimiento en cautiverio escuché”, sostuvo y describió: “primero lloraba la madre y después sentí el llanto del bebé”.  Cada recuerdo de Roberto se hizo palabras en la sala de audiencias. “También escuché lo que para mí fue una ejecución”, dijo. “Una ráfaga de ametralladora y tres disparos”, precisó.

Pasado un tiempo, Roberto supo que su hermano tuvo un destino parecido al suyo. De la Base militar, Juan había sido llevado a la ‘Escuelita de Famaillá’, como se conociera aquel centro clandestino. “¿Sabés quien está a tu lado?”, les preguntó uno de los interrogadores. “Es tu hermano”, les respondió y ambos pudieron hablar algunas palabras. Días después, Juan y Roberto fueron liberados, pero la vida había cambiado mucho más de lo que se habían imaginado.

Volvieron a la casa donde María se había quedado con doña Rosa. “Cuando lo llevaron al ‘Negro’ mi suegra se desmayó”, contó María de aquella noche en que su cuñado fue secuestrado. “Salí a buscar ayuda entre las vecinas pero nadie me acompañó”, dijo la mujer entre sollozos. “Uno de los vecinos se esperaba otra cosa pero ellos se cuidaban de darle a uno una mano”, fue su manera de describir cómo la vida había cambiado. “Ya no salíamos a jugar a la pelota, ya no nos juntábamos para nada”, fueron las palabras de Juan respecto a esa ‘otra vida’ que ahora se vivía en el barrio. “El montón estaba prohibido”, sentenció.

El miedo, la desconfianza, la prohibición de juntarse. Todo eso fue insoportable para Juan y María. “Nos decían que si teníamos la suerte de salir que no nos olvidemos que ellos estaban mirando permanentemente”, contó Juan. “Entonces uno se retraía y era romper los lazos con la gente”, agregó. “Mi marido se volvió muy introvertido”, dijo a su turno María Josefa. “Lo poco que le pude sacar es que le habían amenazado que si él hablaba a su madre la iban a matar y a mí me iban a violar”, relató la mujer. El matrimonio se mudó a la capital tucumana y Roberto se quedó solo en esa casa. “No vayas más a la Facultad, porque cuando te levanten de ahí no volvés más”, le habían dicho como advertencia. “Dormía vestido”, recordó Roberto. “Cuando sentía el ruido del motor del colectivo pensaba que eran los militares que venían a sacarme de mi casa”, contó.

Los hermanos Liacoplo, oriundos de Lules, fueron liberados después de haber estado mucho tiempo en el centro clandestino de la ex escuela Diego de Rojas. Allí fueron interrogados por algunos conocidos de la vida. “¿Vos sos amigo de Pepé Bulacios?, bueno, Pepé ya está en el cielo y vos te vas a ir por atrás”, le habían dicho a Juan en medio de los tantos interrogatorios bajo tortura. “También me preguntaron por (Luis) Alberto Mustafá”, contó el testigo. “Nos sentábamos en el mismo banco en la escuela, ¿cómo voy a decir que no lo conozco?”, agregó mientras declaraba. Luis Alberto Mustafá, Reinaldo Di Santi, Miguel Eduardo Martínez, Mario De Simeone, Luis Roberto Soto y Pablo Liistro fueron otros vecinos de la ciudad de Lules que estuvieron detenidos en la ‘Escuelita’. A diferencia de los hermanos Liacoplo, todos ellos pasaron a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (PEN) y fueron alojados en el penal de Villa Urquiza.

El largo derrotero de penal en penal fue bastante similar en todos los casos. Primero fueron llevados a Jefatura de Policía, luego a Villa Urquiza y de allí algunos pasaron a la cárcel de Chaco, de La Plata, de Rawson y de Villa Devoto. Todos ellos habían sido secuestrados en marzo de 1975. Sin embargo, según consta en el requerimiento de elevación a juicio de esta megacausa, un informe militar hace constar que las víctimas fueron detenidas y puestas a disposición del PEN el 6 de mayo de 1975.

Mustafá, Di Santi, Martínez, De Simeone y Soto son sobrevivientes que pudieron declarar y contar lo vivido ante el tribunal entre los días jueves y viernes pasados. La libertad vigilada a la que fueron sometidos, las condiciones en las que llegaron a la Jefatura. La diferencia entre estar en la clandestinidad y ‘blanqueados’. La historia de Pablo Liistro, en cambio, llegó a través de las palabras de su hermana. “El falleció por la leucemia”, dijo María Asunción Liistro. “Antes de morir tenía las mismas manchas en la piel que tenía cuando lo vimos en Jefatura”, recordó. Con la voz temblorosa de bronca y dolor habló de las huellas que las torturas habían dejado en su hermano.

María Asunción fue a visitar con su madre a aquel muchacho en la Jefatura de Policía. “Él nos dio la ropa para lavar”, relató. “Los pantalones eran una cosa dura”, explicó y describió el olor a excremento. No fue asco lo que mostraba esta mujer al recordar esas prendas, era angustia. Las ropas de Pablo fueron prueba y testigo de las condiciones en la que estuvo su hermano. “La camisa no tenía espalda”, describía ante el tribunal al tiempo que levantaba sus manos como si la desplegara. “En el bolsillo tenía los dos dientes arrancados de raíz”, contó con evidente esfuerzo y tras una pausa agregó: “tenía las orejas como agujereadas por la picaneada”.

La historia de los pobladores de Lules no fue la única que remaneció en la sala del Tribunal Oral Federal de Tucumán en las últimas dos audiencias. Las otras historias, que serán retomadas en próximas publicaciones, tienen otras particularidades, aunque todas estén atravesadas por dolores y ausencias similares. Estas dos últimas audiencias dieron por concluida la primera parte de la megacausa Operativo Independencia. La cercanía de las celebraciones del 9 de Julio y la feria judicial determinaron que el debate oral y público se reanude el próximo jueves 28. Queda, posiblemente, un año más para que termine de sustanciarse el proceso que juzga a 19 imputados por 271 casos. 271 vidas que después de lo ocurrido entre enero de 1975 y marzo de 1976 no volvieron a ser las mismas.