Operativo Independencia: necesidad de justicia

Fotografía de Julio Pantoja | Infoto

Fotografía de Julio Pantoja | Infoto

La niña de cinco años miraba a Roberto Heriberto Albornoz. Ahí, sentado frente a su cama, ‘el Tuerto’ le preguntaba por su papá. Albornoz, hoy imputado en la megacausa Operativo Independencia, parecía apelar a la inocencia para dar con el paradero de Arnaldo Sebastián Gutiérrez. “Yo con esa edad sabía que le tenía que decir que no sabía. No recuerdo que nadie me lo haya dicho pero yo sabía”, dijo en la sala de audiencias Olga Alicia Gutiérrez al recordar esa escena que lleva grabada (¿en su memoria?) por más de 40 años.

Olga fue la primera testigo en declarar el jueves 8 de setiembre. “Manténgase en silencio, señor Albornoz, sino lo voy a retirar de la sala”, le advirtió el presidente del tribunal al imputado que estaba sentado detrás de sus abogados defensores. Olga todavía no había hablado. Roberto ‘el Tuerto’ Albornoz, condenado en cinco oportunidades con cuatro condenas a prisión perpetua; el único de los imputados con sentencia firme, quiso amedrentar, una vez más, a una testigo. “Mi papá fue varias veces secuestrado, perseguido por estas personas que eran Albornoz y Sánchez”, indicó la testigo e insistió que conocía y reconocía a quien fuera jefe de la Policía de Tucumán.

“El día del secuestro definitivo de mi papá es un día difícil de olvidar”, dijo a modo de prólogo. “Porque hasta puedo recordar que era un día viernes y que había acto en la escuela”, añadió como dato irrefutable. “Un 23 de mayo”, siguió. “Pedían en la escuela algo para compartir, tipo unas masitas, unas galletitas o algo por el estilo. Entonces mi papá me tenía que traer las masitas. Él llegaba a casa a las doce… doce y treinta”. Cada detalle de ese día se hilvanaba en la narración de la Olga: “Yo lo estaba esperando para llevar eso. Mi papá no llegó, no llegó una hora, no llegó dos horas después y no llegó más”.

Olga Gutiérrez contó que su mamá y su papá se habían separado hacía ya un tiempo. De lunes a viernes a ella le tocaba estar con don Arnaldo y los fines de semana con su mamá, Olga Raquel Mansilla. “El último recuerdo que tengo de ella es una panza enorme y un día de mucho calor. No me llevaban, me decían que mi mamá estaba internada y no la vi más porque mi papá no me contaba lo que había pasado. Eso me enteré cuando mi papá desapareció”, recordó la mujer que no volvió a ver a ninguno de sus dos padres. “Con todo ese horror y dolor que sembraron esta gente, en el fondo, a los que quedamos, nos fortaleció porque 41 años después estamos acá, pidiendo justicia y de pie”, dijo al final de su declaración. Antes, con voz calma y segura, contradijo al defensor Adolfo Bertini cuando este le preguntó por “el día de la detención”. “Usted se refiere al día de la desaparición”, lo refutó con la certeza de que sin orden de un juez, sin que dieran a conocer su paradero, sin que supieran nunca más de Arnaldo Sebastián Gutiérrez, más que una detención fue un secuestro seguido de una desaparición.

“Él tenía todos los derechos que nosotros tenemos acá”, dijo en más de una oportunidad Sebastián Chaparro. Sebastián tenía apenas un año y medio cuando su papá fue secuestrado y desaparecido. A los 9 años recién supo lo que realmente había pasado. Hasta entonces su madre le había dicho que Juan Carlos Chaparro había fallecido en un accidente de trabajo. “Se lo dije cuando volvió la democracia en el 83. Una noche muy dura”, dijo María Darmanin al explicar su silencio como su manera de hacer llevadero el horror. “Si bien guardo pocos recuerdos de mi infancia, sí recuerdo exactamente como fue nuestra charla cuando me dijo que era hijo de desaparecidos", admitió en su momento Sebastián. Juan Carlos fue detenido por Roberto Heriberto Albornoz, el 19 de junio de 1975, mientras se encontraba trabajando en un pozo de la empresa YPF, en la provincia de Salta. Sin autorización por estar fuera de jurisdicción, se lo llevó de ese lugar y esto quedó asentado en una denuncia radicada por la misma empresa. La búsqueda de su padre y su suegro arrojó como dato que estuvo en el centro clandestino que funcionaba en la ex Escuela Diego de Rojas, en Famaillá. Malisa, como le dicen a Darmanin, se pasó los meses subsiguientes al secuestro de su esposo trasladándose de una provincia a otra, como estrategia para sobrevivir. Finalmente se instaló en Mar del Plata y en 1978 regresó a Tucumán.

“Es muy difícil llevar adelante el luto al no tener el cuerpo”, dijo Sebastián en su declaración. “Crecer sin un padre, en estas condiciones, sin resolver la tortura”, agregó y explicó que la imposibilidad impuesta de hacer un duelo también es una tortura. “Los acusados de todos los procesos, muchas veces acusados de crímenes tremendos, con un nivel de sadismo increíble, todos ellos tiene derecho de volver a donde sea que están y no ser torturados”, señaló el hombre que tiene ya cuarenta años. “Y no ser torturados para sacarle información de dónde está mi papá, de dónde están los restos de mi papá. Nadie los va a torturar por más que esa información para nosotros es importantísima”, agregó con la contundencia de lo innegable. “Saben también que sus hijos y sus familiares saben dónde están, no esperan que suene el teléfono sin saber dónde están. Pueden venir acá y verlos, pueden ir a visitarlos”, y siguió con las comparaciones que evidencian que lo que ocurrió no tiene justificativos. “Así tiene que funcionar más allá de nuestra ideología, más allá de nuestra militancia mucha o poca, más allá de lo que hayamos hecho”, y dejó claro que justicia y venganza van por caminos separados. “Mi papá como militante que ha sido, tenía derecho a que su detención sea previo pedido de un juez, tenía derecho a que sus familiares sepan dónde estaba, tenía derecho a no ser torturado y finalmente, si eventualmente, que no lo hizo, si hubiera hecho algo que ameritaba una ley marcial, tenía derecho a que su cuerpo sea entregado a sus familiares”.

El mismo barrio, el mismo operativo

Juan Agustín Néstor Zurita y Roberto Justo Herrera eran vecinos del barrio. Poco menos de dos cuadras separaban las casas de uno y otro. La madrugada del 1 de agosto de 1975, un grupo de hombres armados ingresaron a la vivienda de Juan, primero y luego a la de Roberto. Los testimonios de José Héctor Herrera, Ana María Herrera, María Elena Saavedra, Raquel Estela Zurita y Raúl Oscar Huidobro reconstruyeron lo ocurrido en aquel momento. Las vestimentas de civil, las capuchas de lona, las medias de mujer en la cara, las armas cortas y largas fueron detalles coincidentes entre los que vivieron el violento operativo.

Roberto era estudiante de Derecho y trabajaba en Obras Sanitarias de la provincia. Vivía junto a su esposa María Elena Saavedra, que estaba embarazada de cuatro meses y José, el bebé de apenas ocho meses. “Cuidá a mis hijos”, fue la recomendación que Roberto le dio a María Elena mientras se lo llevaban. “Ese día yo quedé sin esposo y sin amigo, sin mi compañero”, dijo la primera testigo del día viernes 10 de septiembre.

Raquel Zurita sostiene la búsqueda de su hermano Juan y de su hermana María Rosa Zurita. Una búsqueda que empezó su madre en 1975. “Juro por mi madre, juro por mis hermanos desaparecidos, juro por mis amigos y compañeros que nunca los volví a ver. Juro por todas las madres que con toda valentía pueden llegar a este momento. Mi madre no lo pudo hacer y les pido por favor, traje el pañuelo que la acompañó”, dijo apenas empezó su declaración mientras desplegaba el pañuelo blanco que ahora la acompaña a ella. Tres meses después de la desaparición de Juan, el 10 de noviembre, María Rosa fue secuestrada mientras atendía el kiosco familiar. De las investigaciones que la familia Zurita realizó se desprende que Juan habría sido fusilado por un militar de apellido Monteros, en el centro clandestino conocido como la Escuelita de Famaillá. Que su hermana habría sido trasladada a la Jefatura de Policía.

Ángel Gerardo Pisarello fue el abogado que los ayudó en la búsqueda. “Al doctor hay que rendirle todos los homenajes. Ese hombre que fue el defensor de las libertades y de nuestros derechos”, dijo Raquel sobre aquel abogado y militante del radicalismo que también resultara secuestrado y asesinado en 1976. “Fue un hombre con bastante pelotas, no le interesó la bandería política de ninguno. No le interesó. Se la jugó en todo momento. A mí me emociona dar el nombre de él como ser humano y como defensor de la justicia”, agregó a su momento el testigo sobreviviente Rolando Leonardo Camuñas.

Camuñas fue secuestrado el 4 de agosto de 1975. Su relato estuvo plagado de detalles de las torturas recibidas en ‘la Escuelita’ de Famaillá. “Hay muchachos que hoy no pueden venir a declarar porque están muertos”, dijo y pidió perdón a las madres y familiares de esos desaparecidos por contar lo que vivieron. “¿Cuál es la razón, doctor, cuál es la razón?, preguntó a los abogados como sabiendo que no había respuestas valederas. “A mi casa han entrado y han pegado a mi madre, a mi padre”, agregó. “Hoy se está sabiendo porque algunos hemos sobrevivido, otros no. Sino esto no se sabía nunca”, concluyó.

El pedido de justicia se escucha en boca de cada uno de los testigos que pasan por la sala de audiencias del Tribunal Oral Federal. Veintiséis audiencias van pasando desde el 3 de mayo de este año, día en que empezó este megajuicio. Veintiséis audiencias y no hubo un solo día en que un familiar o un sobreviviente no manifieste que aunque hayan pasado casi 41 años, la justicia es necesaria.