“Venga, que a su hijo lo están ajustando” (o las ocho palabras que inauguran un tormento)

1. 

Fotografía: Facebook (Mathias de Leon)

Fotografía: Facebook (Mathias de Leon)

La letra fría de la denuncia dice esto: 

Que Matías Pereyra se encuentra privado de su libertad. Que hace dos años es interno del penal de Villa Urquiza, acusado de robo agravado.

Que fue internado a fines de febrero en el Centro de Salud. Que los médicos han constatado que un 30% de su cuerpo ha sufrido quemaduras graves.

Que esas quemaduras, y otros golpes y lesiones, son producto de una represalia llevada a cabo por guardiacárceles.

Que los guardias que lo atacaron eran cuatro. Que primero lo golpearon de modo salvaje. Que después prendieron fuego un colchón y se lo tiraron encima.  

Que a las razones de la golpiza hay que buscarlas en un acontecimiento ocurrido hace tres meses. Que en esa ocasión Matías había anticipado mediante una publicación en Facebook que estaba a punto de ocurrir un motín en el penal. Que eso molestó al personal penitenciario y que, desde entonces, el interno ha recibido maltratos.

Que durante un buen tiempo Pereyra ha estado en coma inducido. Que de otro modo no hubiera podido soportar los dolores. Que poco a poco va retomando sus facultades y que la recuperación total demandará meses.

Quien firma la denuncia es Francisco Pereyra, padre de Matías. Mendocino de nacimiento, 62 años, vendedor ambulante. Un hombre que aclara que con este descargo podría haber razones para temer, aunque asegura que él no teme. Pero nada de esto último figura en los papeles.

2. 

En la charla personal, Francisco se dispone a dar más detalles y, sobre todo, más impresiones subjetivas. Hace hincapié en el post de Facebook que constituye, según él, el primer eslabón de la cadena que termina con su hijo de 29 años en el umbral de la muerte. Dice que antes de eso, nada; que antes de eso, y bajo la férrea insistencia de su familia, Matías había conservado un perfil bajo. “Yo siempre le aconsejaba que no se entrevere cuando hubiera una pelea o un intento de levantamiento. Le decía que en esos casos se fuera a su celda a leer una revista o que hiciera alguna manualidad. Que se pusiera como meta recuperar la libertad, y punto”, recuerda. 

Sin embargo, Pereyra no maldice el momento en que Matías advirtió públicamente del motín —en Facebook lo siguen, según los comentarios, familiares de otros internos— porque dice que así evitó lo que podría haber sido una tragedia. “Ese día —9 de enero— hubo incidentes en el penal: a mi hijo le dispararon con balas de goma y le pegaron muchísimo. Si él no hubiera escrito eso, la represión habría sido fatal. Cuando los parientes de otros presos lo leyeron, comenzaron a llegar a la cárcel o a mandar a sus abogados. Eso, calculo yo, hizo que las autoridades frenaran lo que estaba pasando”.

Los disturbios de ese día amainaron, pero alrededor de Matías el clima de tensión estuvo lejos de apaciguarse, cuenta Pereyra. “Evidentemente mi hijo tocó algún interés importante porque a partir de entonces lo comenzaron a perseguir. Lo trasladaron al sector de máxima seguridad, un área en la que no correspondía que estuviese, y empezaron a señalarlo como un cabecilla, como un instigador, algo que nunca fue. Entre los presos hicieron correr la bolilla de que con sus declaraciones habría podido perjudicarlos, pero eso no es así: él justamente trató de evitar que los reprimieran”.

3. 

Las publicaciones a las que Francisco alude todavía pueden leerse en el Facebook del joven (aparece como Mathias de Leon y su perfil es público). 

La que corresponde a la advertencia sobre el motín fue publicada el 9 de enero, después de las 23, y arranca:

"Apagon en la carcel los presos quieren hacer motin el diablo anda dando coletazos en el pabellon" 

Menos de dos horas después, Matías vuelve a escribir:

"Nos estan cagando a tiros a todos aca que venga la prensa derechos humanos todos que ns van a matar" 

Otro post del 12 de enero:

"... les quería contar que me trasladaron a otro lugar en el cual no me siento bien, ya que estoy en condiciones infrahumanas, estoy mal, es decir no me puedo bañar, me tiraron con balas de goma, me quebraron un dedo y todavía no vino ni un medico a verme. lo único que espero es volver al lugar que estaba sano y salvo, es lo que pido, porque a pesar que este aquí adentro soy un ser humano y tengo derechos, quiero que se respeten por favor." 

Luego, durante exactos 15 días, no se ven nuevos textos ni fotos. Lo próximo, con fecha del 27 de febrero, son imágenes de Matías sedado e intubado en el Centro de Salud, acompañadas de frases aparentemente escritas por su hermana, que pide oraciones y justicia. En las fotos también se ve a Francisco, tomando de la mano a su hijo y mirando a la cámara de soslayo. 

4.

“Venga don Pereyra, que a Matías lo están ajustando”. 

Quien lo llamó, dice Francisco, fue otro interno. Y con esas palabras inauguró para él un camino tormentoso.

“En la jerga, ‘ajustar’ quiere decir que le están pegando o lo están torturando, así que me fui inmediatamente al penal —relata—, pero allí me negaron que hubiera pasado algo con mi hijo; fui dos veces esa noche (el 24 de febrero) y no sólo la guardia no me comunicaba nada sino que las autoridades no quisieron atenderme. De vuelta en casa sonó otra vez el teléfono: era la madre de otro detenido para advertirme que Matías había ingresado en el Centro de Salud. Fui hasta allí y supe que estaba en terapia intensiva. Casi me muero por el estado en que lo vi”. 

De la reconstrucción de los hechos que él mismo encaró en el mes que su hijo lleva internado —en base al testimonio de otros presos y a lo poco que Matías pudo decir—, Pereyra tiene que cuatro guardiacárceles golpearon y quemaron al joven, siempre según su relato. Se apoya también para afirmar esto en el rastro que dejó el fuego en el cuerpo de su hijo: “¿qué atina a hacer una persona que está siendo pateada en el suelo? Antepone los brazos y se cubre; no le queda otra porque está indefenso. Bueno, Matías tiene principalmente quemados los brazos, además de parte de la cara”.  

Cuenta que uno de los internos (el mismo que lo llamó a su casa para avisarle lo que ocurría) se ha ofrecido como testigo para ratificar esta versión, pero que él prefiere no involucrarlo “para que no le hagan lo mismo que a mi hijo”. Reflexiona: “no podría vivir con eso”. 

5.  

A dos tareas se ha abocado Pereyra en estas últimas semanas. Por un lado, a identificar y remarcar todo lo que le parece irregular de la causa. Por otro, a contárselo a quien quiera oírlo.

Sobre lo primero ha hecho la siguiente lista: que las autoridades del penal jamás le comunicaron de la internación de su hijo, ni esa noche ni en los días siguientes; que, por alguna razón que desconoce, la guardia policial del Centro de Salud no informó de lo sucedido a la comisaría 5º (la correspondiente por jurisdicción), que a la vez debe remitirlo todo a la fiscalía de turno; que finalmente fue él mismo quien, aconsejado por su defensor oficial, radicó por derecho propio la denuncia en esa seccional; que, a instancias de eso, la Sala II de la Cámara Penal remitió una orden para que los forenses constataran las lesiones en Matías una semana después del incidente. “Todas son falencias que, de algún modo, han encubierto lo que pasó. No tengo pruebas para acusar a nadie —admite Francisco—, pero esos descuidos deben ser investigados”.

Sobre el “peregrinaje” que emprendió, Pereyra dice que incluye desde varias oficinas de los tribunales penales (“ya todos saben del caso allí porque me ven todos los días”) hasta la Secretaría de Derechos Humanos, la Comisión de Derechos Humanos de la Legislatura y varias ONGs o fundaciones alusivas. Todavía espera, dice, que de alguna de esas instancias surja algo más que promesas, y en esa expectativa se le van las mañanas y las tardes. 

“Desde ese día yo no he vuelto a trabajar, no he podido hacer más nada —cuenta, para también admitir que desde que Matías está preso ha cambiado la vida de la familia entera—. Por eso yo no lo justifico. Porque el tipo que delinque condena a todo su entorno, los tiene preso del sistema a todos. No lo justifico, pero tampoco puede ser que una persona, por el sólo hecho de ser policía o jefe de lo que sea, pueda moler a palos a un preso y quedar impune. ¿De qué derechos humanos estamos hablando?”.  

Su voz mientras lo dice es firme, pero sus ojos por primera vez se ponen vidriosos.

6.

La fiscala Adriana Reinoso Cuello, a cargo de la causa, señala que la investigación recién está iniciándose y que el elemento más importante será la declaración de Matías. Mientras esperan a que el joven se recupere lo suficiente como para dar su descargo, se están acumulando pruebas y pidiendo informes. “Hemos solicitado al Centro de Salud la historia clínica del paciente; es decir, todo lo que hicieron los médicos hasta ahora. También hemos pedido una nómina del personal penitenciario que se encontraba ese día, una copia del legajo del interno y un nuevo informe del cuerpo forense”. 

Desde la dirección de Institutos Penales señalaron que “pusieron a disposición de la fiscalía todos los elementos”, sin más declaraciones. Su versión es que Matías intentó suicidarse —según pudo saber Francisco a partir de notas periodísticas del momento— y, para eso, se prendió fuego a sí mismo. 

Mientras tanto, la carátula de la causa dice “Lesiones”.

7. 

Francisco descarta de plano la hipótesis de la tentativa de suicidio y todas las advertencias acerca de que el autoflagelo es una práctica común en las cárceles. Dice que eso es imposible porque Matías estaba pronto a quedar en libertad: “a él se le cumplieron los dos años de prisión preventiva el 11 de marzo y, como no hay pruebas de su acusación, debería quedar libre. Pero el 11 de marzo él estaba gravísimo… ¿Cómo te imaginás que un tipo que lleva dos años sufriendo el encierro y al que le falta poco para salir querrá suicidarse? En esos días antes (al 24 de febrero) yo había hablado con él por teléfono y lo escuché con un espíritu de querer recuperarse, de querer estar con sus sobrinos, de estar en casa con su madre. A mí no me cabe que haya intentado matarse, ¿cómo se explica?”.

De modo que, paralelamente a su empeño por esclarecer las circunstancias en que Matías terminó grave, Francisco tramita ahora que una vez que su hijo salga del Centro de Salud, se dirija ya no al penal sino a su casa de siempre. Asegura él que desde la Cámara Penal le han dicho que hay buenas chances de que esto suceda -previo juicio oral-, aunque también admite que ha aprendido a no entusiasmarse mucho por nada: Pereyra pelea por la libertad de su hijo desde el encierro que es para él la falta de recursos. “No puedo pagar un abogado particular y, teniendo defensores oficiales, la Justicia no es lenta, es súper lenta”.

Luego encuentra alivio en la idea de que su peregrinaje pueda servir también a otros: “estoy luchando por la vida de mi hijo, por su integridad física y la de muchos que, como él, sufren las consecuencias de haber equivocado el camino en la vida. Yo no justifico la delincuencia —vuelve a decir—, pero sí me animo decir que si Matías tenía que pagar algo, ya lo ha pagado”. 

 

N. de la E.: Editado para agregar el origen de la versión del intento de suicidio (11/04/17).