Javier Chocobar: de caminos difíciles

 Fotografía de Alejandro Sarmiento | La Palta

Fotografía de Alejandro Sarmiento | La Palta

Solo 70 kilómetros son los que se transitan para llegar desde el paraje El Chorro hasta la capital tucumana. Solo 70 kilómetros que significan alrededor dos horas de viaje. Casi una hora se tarda en recorrer los poco más de 20 kilómetros por camino consolidado hasta la Ruta Nacional Nº 9. Si llueve, hay que lidiar con el barro y los comuneros recurren a un tractor para bajar el primer tramo, hasta la localidad de La Higuera. Una vez en la ruta el viaje se hace más amable. Desde el paraje El Chorro, situado en la localidad de Chuscha, departamento Trancas, un colectivo interurbano, con horarios muy limitados, es la alternativa para aquel que no dispone de un vehículo propio. Solo 70 kilómetros que no son ni fáciles ni rápidos de recorrer, por el camino, por la geografía, por los servicios disponibles.

No fue fácil para esta comunidad llegar a la justicia. Nueve años de lucha, de resistencia. Y terminar cada uno de estos años exigiendo que de una vez se fije fecha de inicio para el debate oral y público. Un juicio en el que de una vez se condene a los responsables de la muerte del comunero y dirigente indígena, Javier Chocobar. Un juicio en el que los testigos de los hechos ocurridos el 12 de octubre de octubre del 2009 puedan contar cómo Darío Amín junto a los ex policías Humberto ‘El Niño’ Gómez José Valdivieso dispararon contra la comunidad y, además de asesinar a Javier, hirieron a Emilio Andrés Mamaní. No fue fácil llegar a pesar de las pruebas, de las heridas, de una muerte. Nueve años se cumplen este 12 de octubre y ese día, justo ese día, podría haber sentencia. Y si no la hay, tocará esperar, de nuevo. Unos días más, esperar.  

 Fotografía de Alejandro Sarmiento | La Palta

Fotografía de Alejandro Sarmiento | La Palta

“Ellos están libres y viven como si nunca hubieran hecho nada”, decía Audolio Chocobar al finalizar la última audiencia en la que se reconstruyeron los hechos ocurridos el 12 de octubre de 2009. El tribunal constituido por la jueza Wendy Kassar y los vocales Emilio Páez de la Torre Gustavo Romagnoli recorrieron esos 70 kilómetros y junto a la fiscal, los abogados querellantes y los defensores, escucharon a los testigos señalar en el espacio tantas veces descrito en la sala de audiencias cómo ocurrieron los hechos. Ahí, en la cantera de lajas, en el camino de tierra, en medio de los cerros, a pocos metros de la casa de Javier Chocobar, los imputados dieron su versión de los hechos con las garantías brindada por el sistema judicial: sin prestar juramento y absteniéndose de responder cuando así lo consideren. “Ellos están libres y viven como si nunca hubieran hecho nada”. Y las palabras de Chanito, como le dicen a Audolio, se complementa con la imagen de los imputados fotografiándose junto a sus abogados defensores como si se tratara de una salida turística. 

“Para nosotros llegar a esto después de 9 años, volver a revivir lo que pasó el 12 de octubre del 2009 sigue siendo duro. Nos sigue golpeando, nos sigue doliendo”, comentaba Chanito intentando mantener firme su voz. En ese momento había terminado la reconstrucción tanto en el camino como en la cantera de laja. “Para nosotros ha sido una medida muy importante que le ha permitido a los jueces poder ver exactamente lo que pasó y dónde pasó. Que cada testigo muestre y cuente dónde estaba cada persona aclara mucho y deja en evidencia las mentiras de los acusados”, concluyó uno de los abogados querellantes, Carlos Garmendia, al término de la medida de reconstrucción. 

 Fotografía de Alejandro Sarmiento | La Palta

Fotografía de Alejandro Sarmiento | La Palta

El sector donde se realizó la medida estuvo delimitado y el acceso fue restringido. La prensa, junto a los integrantes de la comunidad que no participaron en calidad de testigos, observaban la reconstrucción desde lejos. El día nublado, el viento frío, la naturaleza invadida por cintas que delimitaban la escena. Las vociferaciones de Luis Gómez cuando daba su versión de los hechos. “Hable más fuerte”, se escuchaba decir al secretario del tribunal cuando los testigos de la comunidad de Los Chuschagasta intentaban relatar lo ocurrido. El dolor en la mirada de los comuneros, de la familia de don Javier, que miraban ese espacio que habitan todos los días invadido de personas que recreaban el día más doloroso. “Creo que nos hacía falta para que los jueces tengan algo claro, porque no lo venían entendiendo muy bien”, fue la reflexión de Chanito que una vez más le hizo frente al dolor en la búsqueda de justicia. “Para nosotros es cerrar con esto y a ellos (los jueces) les sirve para poder aclarar la situación”. 

La cantera de lajas donde murió Chocobar se ve desde la casa de don Javier. Salir al patio de esa casa significa ver ese escenario. Alrededor de las 14 del martes 2 de octubre se dio por terminada una de las medidas judiciales más importantes, necesarias y dolorosas para la comunidad de Los Chuschagasta. Los vehículos en los que se habían transportado los funcionarios judiciales, los abogados de las partes, los imputados, las fuerzas de seguridad y la prensa abandonaron la zona dejando un polvaderal a pesar de la baja velocidad a la que el camino obliga. Con esto se dio por concluida la etapa de producción de pruebas y ahora resta escuchar los alegatos. “El alegato es la parte más importante porque es cuando le explicamos al tribunal por qué tenemos razón y les mostramos cómo las pruebas producidas demuestran que la acusación es verdad”, sostuvo Carlos Garmendia. “Esperamos que haya condena, esta gente viene acusada de homicidio agravado así que aquí o se van a su casa o tienen perpetua”, concluyó el abogado. 

 Fotografía de Alejandro Sarmiento | La Palta

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Hoy, a las 9 de la mañana, La fiscalía, las querellas y las defensas deberán valorar las pruebas y el tribunal decidirá cuándo dictará sentencia. Una sentencia esperada por las comunidades porque sienta un precedente importante en la lucha de los pueblos originarios. Una sentencia que va a dejar a las claras el valor que tiene la vida humana. Porque más allá que los imputados hayan querido demostrar que el territorio donde habitan Los Chuschagasta les pertenece, desconociendo la legislación existente, la propiedad privada no debería estar por encima de la vida.