Las palabras que encontramos

Por Ana Jeger

Voy a usar impunemente el plural, porque creo que a nada de esto lo he sentido sola, porque sé que algo parecido nos pasó a varios, a muchos. Y porque nos acompañamos.

Ese día nos derretimos de calor. A la noche no amainó, pero ya no lo sentimos. Nada de lo que pasaba estaba pasando de verdad. Tuvimos que decirles a los amigos por teléfono algo que no nos creíamos ni nosotros mismos. Nos quedamos de pie apoyados en las paredes para no caernos. Nos sentamos en el cordón de la vereda que ya no ardía, con la cabeza entre las manos, sobre las rodillas, como caracoles guardados. Por eso todavía hoy se nos estruja algo cada vez que es de noche y pasamos por la guardia de ese hospital lleno de gente. Las caras nuestras parecían dibujadas, pero mal dibujadas, desarmadas. No entendíamos cuál era el gesto, cómo dirigir la mirada. Éramos los mismos de siempre pero nos habían soltado en un lugar horrible donde no entraban nuestras banderas ni nuestros cantitos alegres. Los abrazos no eran para acompañarnos, sino para evitar que nos desarmáramos en mitad de la calle.

Dejamos de servir para lo que mejor nos salió siempre, que es seguir. Nos tomamos nuestro tiempo. Algunos se sacudieron la tierra más rápido y se levantaron agitando a los demás. Otros nos callamos y lloramos en canciones o brindamos para adentro cuando la noche era un duelo disfrazado de celebración.

El día que las chicas dejaron de cruzarse con nosotros en los lugares de siempre algo se torció. No sabemos muy bien cómo fue pero el mundo se volvió un poco más ancho y más ajeno. Menos nuestro.

Desde entonces, de a ratos, nos parece que algunas cosas que nos pasan colectivamente las tienen por delante, mirando, metiendo las manitos, reparando, inventando. Decimos cosas como ‘le hubiera gustado esto’, ‘hubiese dicho tal cosa’, ‘se hubiese cagado de risa con eso’, y después de eso a veces se hace un silencio torpe que llenamos con cerveza. Dos años pasaron de buscar las palabras y encontrarlas cuando ya eran otras. Ya le pusimos nombre a esa tristeza, le conocemos las mañas, ya sabemos cuándo duele más.

De a poco vamos aprendiendo a vivir con lo que está torcido, con lo roto y con lo que queda. Son muchos marzos marchados, es mucha gente antes que nosotros resistiendo y sentarnos a llorar sería como faltarle el respeto a la lucha. La memoria no nos cuesta, nos acordamos de todo, todo el tiempo, nunca dejamos de cuidarla, ahora tampoco. La justicia nos desvela, le creemos pero nos tiene cansados, la hicimos envión, camino, y algo así como cajita donde poner lo que hay de esperanza. Ahora también.

Las extrañamos con una terquedad que sale a la calle con sus caras en los carteles. Ya tenemos palabras, ya le ganamos al silencio y su ausencia está habitada de lucha.

Fotografía de Alejandro Sarmiento

Fotografía de Alejandro Sarmiento