La justicia de lo evitable

 Fotografía de Bruno Cerimele | Agencia Infoto

Fotografía de Bruno Cerimele | Agencia Infoto

Para escribir, una mujer tiene que tener un cuarto propio. Así lo afirmaba Virginia Woolf, en Inglaterra, allá por fines de los años 20. Su ensayo terminó por convertirse casi en un manifiesto de la mujer que escribe, la mujer con voz, y de la necesidad de un espacio donde ejercer su libertad para crear.

María Medina escribía mucho en su cuarto, sobre todo poesías. También leía, sobre todo en inglés, lengua que hablaba con fluidez y que se dedicaba a traducir mientras sonaba de fondo Pedro Aznar.

María tenía 32 años en abril de 2012 cuando murió quemada por Armando Martín, quien fuera entonces su pareja.

Su madre, Rut Tomatis, pocos meses después del fallo del juicio que condenó a cadena perpetua al asesino de su hija, la recuerda como una persona extremadamente sensible a quien ‘le costaba horrores este mundo’.

Violencia desoída

La relación tortuosa que terminó con la vida de María había empezado unos 4 meses antes, en la casa donde vivían ella, su mamá y su abuela. La misma casa en donde está el cuarto en el que María escribía sus poesías.

Rut asegura haber sabido desde el principio que Martín era un hombre violento. Un ‘algo en la mirada’ que le cuesta explicar, sumado a algunas actitudes agresivas o a celos desmedidos, fueron algunos de los signos que la alertaron. Luego vio que su hija misma estaba cambiando. “Empezar a ver los cambios de personalidad de María que empezó a ponerse cada vez más sumisa porque, según ella, así él se calmaba. Pero yo le decía ‘¿Cómo vas a calmar a una persona cambiando vos tu personalidad, más si es alguien con quien pretendés tener una relación seria?' Todo eso era muy preocupante. Si vos me decís que hablamos de una persona que pasó 10 años con María y ya hay todo un desgaste y entonces cualquier cosa te hace saltar, porque eso pasa en algunas parejas… Pero acá era totalmente nuevo todo, estaban en el tiempo en que las parejas están realmente flotando porque recién se conocen, entonces no cerraban estas reacciones, porque no había algo guardado o algo ya desgastado: el que estaba desgastado era él. Él traía otras cosas y eso era evidente”, recuerda.

Los miedos le decían que pidiese ayuda. Primero pensó en acudir a la policía, pero a punto de hacerlo, decidió desistir. “Es un ámbito completamente machista. No hice la denuncia porque no me sentía segura de dar ahí nombres. El sólo hecho de una mujer que conviva con un hombre que no es su pareja, y al yo ni siquiera estar segura de cuál era la dirección porque no me la daban, tenía muchas incertidumbres… Yo estuve ahí pero con esas personas hablar de presentimientos, no daba. Al darme cuenta de eso dije ‘acá yo no hablo una palabra’ y me fui. La iba a manchar a María, eso sentí.”

Fue así que llegó a la Oficina de Violencia Doméstica en donde, asegura, la trataron muy amablemente pero no pudieron hacer nada por ella porque al ser María mayor de edad, le explicaron, les era imposible actuar a menos que fuera la propia víctima quien denunciara el maltrato. “Me preguntaron si era hija única, fue para el lado de que yo la sobreprotegía a María, que yo era mamá de una hija única, de 32 años, que tenga un poco de paciencia, la deje que madure, que era su vida. No han dejado asentado nada más que los nombres de ella y él, y después me dijeron ‘Bueno, vaya, señora, que cuando las chicas tocan fondo, vienen solas’“, cuenta Rut, y agrega, como quien recalca una obviedad, “la víctima está enredada en un círculo de violencia, está amenazada. No sería tan víctima si tuviera la fuerza y la libertad de denunciar a esa persona que la agrede”.

Dice que, por lo que sabe, hoy las cosas parecen haber cambiado un poco y se toma más en serio a los familiares que van a denunciar. Quizás el caso de María sentó algún precedente. Lo cierto es que hace falta más. “Lo interesante sería poder prevenir y poder escuchar a la víctima o a los familiares y poder hacer un estudio psicológico de esta persona, de ver en qué contexto está, qué grado de perversidad hay en la situación. Eso es un trabajo que yo diría que se lo tendrían que tomar”, propone Rut.

Conociendo a otra María

El cuarto de María tiene todavía sus libros, sus cuadernos escritos, sus pinturas colgadas y un mural de colores con fotos y cosas que hablan de ella. Lo hizo su mamá, después de su muerte, y es una de las maneras que tiene de recordarla. La otra es a través de sus escritos. “Yo fui mamá de María durante 32 años y tenía todo un conocimiento de mi hija, una relación muy linda, éramos muy unidas, nos encantaba salir juntas a tomar un café… Pero cuando muere y yo encuentro sus cuadernos con sus poesías, todo este tiempo, estuve conociendo a María de otra manera, desde su obra, y es muy especial porque ahora tengo una versión de ella más amplia. Me sorprende en su poesía el conocimiento que tenía del ser humano y del mundo”.

Rut cuenta que a ella le tocaba ser la práctica de las dos, la encargada de bajar a tierra a María, la del vuelo. “Estaba siempre con su alma y su cabeza flotando, y a mí eso me desesperaba. Yo la retaba mucho: ‘¡María, tenés que bajar, tenés que estar acá!’, ‘Sí, mamá. Sí, mamá’, me decía ella mientras escuchaba a Aznar y a Cerati. A mí me tocaba el papel práctico porque ella se me iba y había que traerla”, recuerda, risueña. Luego, en tono reflexivo, agrega: “María vivía en un mundo aparte, por eso no pudo percibir el peligro. Era una chica extremadamente sensible que no se había adaptado completamente a las rispideces de este mundo”.

Descubrir otro lado de su hija a través de su poesía, dialogar con ella de otra manera, parece mitigar un poco la ausencia. Dice que está en sus planes editar un libro con los poemas tal y como los ha encontrado, sin cambiar ni corregir una palabra: “Más allá de que soy su mamá, creo que la poesía de ella es muy especial porque habla de su personalidad, de su visión del mundo, por eso es que quiero hacer el libro” y reconoce: “De alguna manera, con las poesías, trato de transformar el dolor en algo creativo”.

Después de la justicia

No me siento capacitada ni con fuerza para apoyar a otra gente todavía porque otras muertes de otras mujeres me traen de nuevo al dolor total, porque este es un dolor que va a ser de por vida, no se supera.
— Rut Tomatis

“Conformate si le dan 15 o 18 años”, le decía la gente a Rut mientras se llevaba a cabo el primer y único juicio al que le tocó asistir, el más importante de su vida. La condena a reclusión perpetua llegó como una sorpresa y un alivio luego de una instancia, la del proceso judicial, que le parecía que no llegaría nunca (aunque todos le aseguraran que 2 años, para los tiempos de la justicia, era un período de tiempo excepcionalmente corto). Hoy, a la distancia, reconoce que todo fue bastante rápido aunque, por aquel entonces, su urgencia de madre por hacer justicia no entendiera de plazos ni de cuestiones legales. “En ese momento, por mi desesperación y por haber luchado desde el quinceavo día de esta relación, para mí cuando ya estaban por ser dos años y el juicio no se hacía, yo estaba desesperada porque él ya salía. Al principio la sensación que tuve fue esa, como que todo era muy lento. Mis tiempos internos, es que cuando uno tiene un hijo en peligro, todo cambia. Un día es una eternidad, entonces imaginate un año, dos años: un delirio”.

El caso estuvo cerrado y Armando Martín recibió una justa condena. Sin embargo, pretender que con la llegada de la justicia se acabe la lucha es tan absurdo como pensar que también el dolor puede borrarse con el tiempo. Muchas mujeres siguen muriendo en manos de hombres violentos. Rut reconoce que le cuesta mucho mantener la entereza frente a otros padres que, como ella, han perdido a sus hijas víctimas de femicidios: “No me siento capacitada ni con fuerza para apoyar a otra gente todavía porque otras muertes de otras mujeres me traen de nuevo al dolor total, porque este es un dolor que va a ser de por vida, no se supera. Me largo a llorar con ellos porque yo sé tanto lo que es ese dolor…”.

Sin embargo, hay casos en los que aún no está todo perdido. Se trata de aquellas mujeres que están pasando por situaciones de violencia, como las que sufrió María: Rut se siente fuerte y útil allí donde su experiencia y su consejo pueden servir a otros, a esos familiares y amigos que huelen el peligro, como ella lo hizo entonces, y están buscando ayuda. “Cuando todavía la hija de otra familia está en problemas, ahí sí me desespero por ayudarla. Me siento capacitada para dar mi experiencia, lo que yo no pude hacer puedo recomendarles que hagan ellos. Me echo la culpa de por qué no volví a (la Oficina de) Violencia Doméstica y exigí que me dieran algo para poder ir a buscarla, alguien… Por qué enseguida dije que sí a lo que me decían, eso es lo que me recrimino, la culpa que siento, por qué no hice más”.

A veces, puede la culpa volverse consejo para evitar que haya más finales como el de María. Rut cree que hay que escuchar esos presentimientos que se tienen como madre, las voces adentro de una que dicen que algo no está bien, no dejarse ‘tranquilizar’ y salir a hacer ruido. “Exijan ayuda, cuando vean que el peligro es real, cuando vean que su hija está con una persona violenta y puedan dar pruebas de eso, que no midan, que no tengan vergüenza de actuar porque el precio es muy caro, muy caro. Yo no quería molestar, trataba de tener paciencia cuando mi corazón latía a mil. Hay que molestar, gritar, patalear, golpear puertas, hacer ruido, y no tener temor. Griten, pataleen, aunque después uno quede como un loco, no importa: cuando estás defendiendo la vida de alguien, de tu hija, no importa quedar bien. Y si uno se equivoca, mejor. Ojalá yo me hubiera equivocado, ojalá me tuvieran que decir ‘¡Señora, qué escandalosa!’. Ojalá, pero que María estuviera aquí”.

La justicia está hecha pero lo que le pasó a María también, y sigue pasando a otras mujeres todos los días, incluso antes del grito, del golpe o de la muerte: “Cuando la mujer tiene que empezar a dar un paso atrás, a replegarse ella misma de sus deseos, de sus actitudes, cuando empieza a haber una obligatoriedad hacia el otro de callarse, de no hablar ciertas cosas, para mí ahí ya empieza la violencia” asegura Rut, y agrega: “Cuando no se te permite ser lo que vos querés ser, tomar tus propias decisiones, mirar para donde vos quieras mirar y estar realmente en esta vida investigando lo que es la vida y lo que sos vos misma”.

Rut conoce hoy mucho más de la violencia de lo que quisiera, y de lo que conocía hace algunos años cuando María todavía usaba su cuarto propio, como Virginia Woolf, para escribir. También conoce más a María, ya no solamente como hija sino también como mujer que mira al mundo y lo condensa en algunos versos que riman.