10 años de matrimonio igualitario: “nos ha visibilizado ante una sociedad que nos negaba”

No fue en una iglesia, no hubo esmoquin ni vestido blanco con encaje, tampoco estuvieron presentes todos los familiares. En ambas historias se trató de un intercambio de alianzas matrimoniales, hasta ese momento fuera de lo tradicional en Argentina, pero en el que las protagonistas pudieron disfrutar no sólo de la unión con sus parejas del mismo sexo sino también de la conquista de un derecho colectivo largamente postergado.

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“Nos casamos por civil en nuestro departamento e invitamos a unos cuantos familiares. Tuvimos un hermoso almuerzo”. De esta manera, Mariana Rodríguez Rey, corredora inmobiliaria, recuerda al que define como uno de los mejores días de su vida.

Mariana tiene 50 años y conoce a su esposa, la psicóloga María del Milagro Ortiz Mayor, desde los siete. Llevan 22 años de pareja y decidieron casarse un año después de establecida la Ley de Matrimonio Igualitario, sancionada el 15 de julio de 2010 gracias a la lucha de la comunidad LGBTIQ+.

Llegar a ese momento fue, para ellas, producto de un gran proceso. Mariana y Milagro integraban en 2008 el Foro de Diversidad para luchar por los derechos de las personas de identidades disidentes. Pero incluso dentro del mismo grupo se encontraron con compañeras que, en principio, no compartían la idea del derecho al matrimonio igualitario. En el entorno cercano, sus propias amistades alegaban que la ley era “antinatural”. Y sus familiares también demoraron en aceptar que lo que reclamaban era un derecho como el de cualquier otra persona. 

No todo fue remar contra la corriente, ya que en la militancia y entre algunas amistades recibieron apoyo y contención. La pareja no lo olvidó, y en el día de su casamiento invitaron a aquellos que las habían acompañado. “También había gente que no hubiese soportado estar en la ceremonia, por ejemplo mi papá y la mamá de Milagro, así que no los invitamos, pero les contamos unos días después, como a otros. Hicimos algo lindo con los que estuvieron desde el principio”.

Hoy son las tías divertidas, dice Rodríguez Rey: no tienen hijos y disfrutan mucho del tiempo con sus sobrinos. Mariana cuenta también que la gente constantemente asume que tiene un esposo. “‘No tengo esposo, tengo esposa’, les respondo. Es un poco fuerte, pero no me voy a quedar callada”, dice, y se ríe. Pero no todo se da con naturalidad. “A veces me muero de ganas de agarrarle la mano a la Mili en la calle, pero no siempre tengo el coraje. En nuestra generación es más difícil”.

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Según Rodríguez Rey, la ley ha tenido efectos muy positivos en la sociedad: percibe una especie de evolución desde aquel momento hasta ahora. Piensa que, gracias a eso, las nuevas generaciones están mucho mejor preparadas que la suya respecto de la diversidad sexual. “Las más jóvenes son más fluidas. ‘¿Lesbiana? ¿Qué es eso? No me encasilles’, te dicen de una. Los derechos conquistados ayudan a que nos mostremos más porque la visibilización promueve la aceptación”.

La mujer recuerda especialmente el 15 de julio de 2010 cuando, luego de 14 horas de sesión en el Senado, finalmente se dio la media sanción que abriría la puerta a más derechos para los colectivos diversos. “Esa madrugada lloré muchísimo. No lo podía creer. Yo estaba loca por casarme. Pero nunca me imaginé, ni en mis mejores sueños, que se hiciera realidad”.

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“Nos casamos por civil en la misma fiesta, hicimos algo pequeño para amigos y personas cercanas. Antes no estábamos seguras de que nuestras familias nos fueran a acompañar, pero al final nos sorprendieron”, recuerda Celina Barrionuevo sobre su matrimonio con Roxana Sercán, su esposa desde hace ocho años.

Celina tiene 37 años, se dedica a pintar cuadros, a la educación popular y tiene pendiente terminar la carrera de Medicina en la Universidad Nacional de Tucumán. Recuerda muy bien la época en que decidió casarse. Sobre todo, tiene muy presente el miedo que sentía antes de dar la noticia a sus cercanos, de contarles que ya era una decisión tomada. El entorno que más le preocupaba era el familiar, pero también fue el que más la sorprendió. “Estaba segura de que decirle a mi papá sería difícil, y al final no fue tanto. Lo complicado fue hablar con mi mamá, pero después hizo un click, como si de repente fuera el hada madrina de la boda”. 

Se casaron en septiembre de 2012, un día de muchísimo frío. Sorpresivamente para ellas, asistieron casi todas las personas que habían invitado. “Incluso mi familia del campo, que son personas grandes y tienen otra mentalidad. Se divirtieron muchísimo”.

Fundamental fue la lucha en todo este proceso. Barrionuevo comenzó a militar, en 2009, en el colectivo de diversidad sexual “Cruzadas”, que acababa de conformar junto con otras mujeres. En ese espacio supo que era importante visibilizar las identidades disidentes. El proyecto de matrimonio igualitario las sorprendió en esa militancia incipiente y, según ella, les sirvió para crecer, aprender y dar una lucha mucho más fuerte. “Esto nos ha visibilizado ante una sociedad que nos negaba. Ya existíamos, pero según ellos éramos los menos, los raritos; ahora nos podían ver”.

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Celina sostiene que esta ley es mucho más grande que la posibilidad de llamarle esposa a Roxana. “El matrimonio igualitario abrió una gama de derechos que antes no teníamos, posibilidades que hoy parecen ridículas como estar con tu pareja en un hospital o sanatorio si está internada. También la chance de tener hijos y adoptar”. Remarca que este fue un paso más, una conquista de muchas que faltan lograr. “A nosotras nos tocó poner el cuerpo. Las nuevas generaciones tienen el derecho y espero que sigan militando por lo que todavía falta”.

Hace 10 años, Argentina se convertía en el primer país de Latinoamérica en reconocer el casamiento entre personas del mismo sexo, ampliando el concepto de familia y avanzando hacia un sistema más justo e inclusivo. “La verdad es que yo no había pensado en casarme, hasta que me enamoré”, concluye Celina, con notoria alegría.