“Seamos indios”: Lucrecia Martel y el largo camino para filmar Nuestra tierra

Todo empieza con un satélite en el espacio. De allí, al territorio de la Comunidad Indígena de Chuschagasta, donde habita ancestralmente un pueblo que defiende su derecho a la existencia y al reconocimiento. El mismo lugar donde, cada mañana, doña Hortensia ve la gruta de piedra que recuerda el lugar exacto en el que, el 12 de octubre de 2009, murió su esposo el comunero Javier Chocobar. Así comienza Nuestra Tierra, el documental de Lucrecia Martel que tardó casi 15 años en realizarse.

Aquel 12 de octubre, el pueblo indígena de Chuschagasta empezó otro camino de lucha: la búsqueda de justicia por el asesinato de Javier y las heridas causadas a Emilio y Andrés Mamaní. Nueve años después, en 2018,comenzó el juicio que terminó en las condenas a Darío Amín, Humberto Gómez y José Valdivieso. La sentencia quedó firme en octubre de 2025. Solo entonces quedaron detenidos Gómez y Valdivieso (Amín había fallecido en 2020 por Covid). El registro documental de esas audiencias aparece en la película de Martel y deja al descubierto el racismo, el maltrato, el dolor y la impunidad aún con un fallo condenatorio. Los ejemplos de ese trato diferencial por parte de abogados y funcionarios judiciales a testigos de las comunidades y a los (en ese momento) imputados o sus testigos, abundaron en el juicio y aparecen perfectamente retratados en el film. .

“Observen que en la reconstrucción la comunidad no está riéndose, porque no hay nada gracioso. No hay risa posible. Estás reconstruyendo el crimen”, comenta Lucrecia al momento de recordar cuando el tribunal viajó hasta Chuscha para la reconstrucción del hecho como prueba judicial. Enumera, además, otras escenas en las que la prepotencia de los asesinos es evidente, entre ellas, una que quedó fuera del corte final. “¿Vieron en el careo cómo está el tipo (Valdivieso) masticando chicle y nadie le dice nada? Bueno, en otro momento, uno de los testigos de la comunidad se sentó en la silla para dar testimonio y estaba masticando un chicle y el secretario en voz alta, delante de todos le dice: ‘¡Señor deje de masticar el chicle!’ y le pone un papelito para que se lo dé, para avergonzarlo. Pero al delincuente este, hablando y diciendo groserías y haciendo chistes con una intención grosera, no le salió decirle ‘señor, deje el chicle, no le puede hablar así’”. 

El origen del documental

Habrá sido abril de 2010 cuando Lucrecia, investigando para la película Zama, estrenada en 2017, se encuentra en YouTube con un video casero. “Pero este video yo ya lo vi”, se dijo a sí misma. El video en cuestión muestra en tres minutos y cuarenta y tres segundos el episodio previo y los disparos que terminaron con la vida de Chocobar. Las imágenes fueron filmadas por el propio Amín mientras avanzaba con los otros hombres armados. Ese material que había quedado perdido cuando se cayó la cámara fue recuperado por una de las comuneras, publicado en internet y entregado a la Justicia. “Lo vi y me di cuenta que me había olvidado. No podía creer que me había olvidado. Me impresionó mucho todo lo que pasaba ahí. Ese tipo con una cámara filmando, todas las palabras que se dicen en esos tres minutos son increíbles”, comenta. 

Allí comenzó un camino transformador. Se puso en contacto con la comunidad y empezó a investigar sin tener muy claro cómo terminaría ese recorrido. “Encontrar la forma de esta película llevó muchísimo tiempo, pasé por todas las ideas”, dice, y recuerda que su trabajo como cineasta siempre estuvo ligado a la ficción. “En la ficción no tenés el contacto con el dolor terrible de la familia”, y reconoce que el aprendizaje junto a la comunidad fue a varios niveles.

Finalmente, la búsqueda en la película no fue dirimir el hecho policial. Dice que eso era tarea de la justicia y resultaba bastante sencillo. La búsqueda fue entender por qué pasó lo que pasó. “No pensé en el territorio como un personaje, lo que yo pensé fue: tenemos que ver dónde viven, la belleza que es eso y lo organizado que está ese paisaje por esa gente. No es que vinieron ayer e hicieron una casita de chapa y plástico. Tienen sus cultivos, tienen caminos. Y la voracidad que hay sobre esa belleza porque alguien de la ciudad lo ve y decís ‘claro, yo también quiero esa tierra’ y ahí entendés más”.

A lo largo del film se hace evidente, dirán los espectadores que asistieron al preestreno, el racismo estructural. Lucrecia admite que podría haber muchas imágenes más que demuestren la mala educación, las groserías; lo brutos que son (‘somos’, dice ella) los citadinos, los criollos, los que ostentan títulos profesionales y/o de propiedades. Pero ese no fue el objetivo. “Deseo que nos dé vergüenza ser criollos. Seamos indios, tratemos de ser indios en el trato con el otro. De ser un poco más educados”, anhela.

El cine al servicio de la comunidad

Foto: Lucrecia Martel en su visita a Tucumán (2026) - Marianela Jerez | La Palta

Durante los años que duró la investigación, junto a su equipo digitalizaron documentos y los devolvieron ordenados. Fue una forma concreta de construir el archivo en un país que, como señala, ha negado sistemáticamente el acceso a la escritura de la propia historia indígena. La investigación la llevó a expedientes coloniales, a remates dudosos, a firmas acumuladas hasta convertir una arbitrariedad en ‘verdad burocrática’. “El que más junta papeles en este país es el que va a tener razón”, dice. Y advierte que esa lógica nunca favoreció a las comunidades, sino a quienes tenían vínculos en el Estado, jueces amigos o acceso al cabildo.

Durante el juicio, la discusión sobre el contexto histórico fue limitada bajo el argumento de que se trataba de determinar responsabilidades penales individuales. Sin embargo, los imputados apelaron una y otra vez a supuestos derechos de propiedad. Martel recuerda con indignación que ciertos testimonios históricos que negaban la continuidad del pueblo chuschagasta fueron citados como prueba. En ese momento, sin saber si efectivamente la película tendría alguna forma, intentó acercar su investigación como prueba. Trató de advertir a dos historiadores tucumanos que estaban siendo citados como fuente con datos erróneos o inconclusos, que no era solo una disputa académica, sino la posibilidad de afirmar o borrar una existencia. No obtuvo respuestas. 

Su deseo de que el cine aporte un servicio a la comunidad aparece como una necesidad y un imperativo. En un contexto de cuestionamientos y recortes al Instituto Nacional de Cine hay que preguntarse por qué la sociedad no salió masivamente a defenderlo. “Y es porque no estamos dándole un servicio a la comunidad”, concluye. Advierte que el cine, más que arte es un trabajo y que quienes forman parte deben involucrarse en la Historia y responder a la propia comunidad. “Que nuestra comunidad diga, ‘estos chicos ayudan, nos ayudan a que entendamos cosas, descubren cosas, investigan, nos hacen reír’. Pero si no damos un servicio, si no estamos nosotros intentando encontrar la forma de conectar con el público argentino también nos merecemos un cachetazo”, provoca.

Martel Insiste en que hay muchas cosas en el mundo que, como sociedad, es necesario conocer. “Ir en profundidad, que nos saque de la estupidez en la que estamos”, dice sin medias tintas. “Si no sabés qué hacer es que no salís de tu casa. Entonces tenés que largar un poco las redes.Caminando por tu barrio te vas a encontrar mil temas, conversá con los vecinos, con la gente. Lo que sobran son cosas para hacer y narrar en el cine. Y, por supuesto, también las que quieras inventar, pero para inventar tenés que conocer algo del mundo”.

Para ella, no existe cine “sin posicionamiento político”. Incluso una superproducción de superhéroes transmite valores sobre quién importa y quién no. En las superproducciones donde explotan edificios y vuelan vehículos por el aire solo interesa el superhéroe con su traje maltrecho, pero nadie se pregunta por las personas que estaban en esos edificios o esos vehículos y eso, señala, es un posicionamiento político. La neutralidad disfrazada de entretenimiento es una ficción peligrosa.

El cine al servicio de la memoria

La película, que dura dos horas, se estrenó el jueves 5 en salas de todo el país. Muchas de las imágenes que aparecen en pantalla fueron registradas por jóvenes de la comunidad que participaron en talleres de formación audiovisual y luego desarrollaron una producción propia.

“El racismo es un invento colonial”, afirma Lucrecia Martel. Su mirada también interpela a cierto progresismo que folcloriza lo indígena y busca comunidades “intactas”. “Las personas no son estampas; son sujetos complejos, atravesados por contradicciones, procesos y transformaciones”, dice hacia el final de la entrevista que brindó durante su visita a Tucumán. Martel no pide unanimidad. Pide conversación, pide vergüenza, pide curiosidad. “No necesitamos ser Noruega —dice—. Necesitamos que cada uno haga un poco mejor su trabajo.”

La comunidad estuvo presente en el preestreno y permaneció sentada hasta que apareció el último crédito. En la pantalla se sucedían los nombres de muchos de ellos: comuneros que colaboraron con la película mientras atravesaban el dolor y la larga espera de justicia. “Nada se hace con la voluntad de una sola persona”, dice Martel. Tampoco la memoria.

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