Once años para salvar el mundo: la crisis climática para la juventud tucumana

Fotografía de Ignacio López Isasmendi

Fotografía de Ignacio López Isasmendi

El planeta se está calentando. 2018 fue el cuarto año más caluroso desde mediados del siglo XIX, cuando los científicos comenzaron a registrar las temperaturas promedio anuales; los otros tres récords en temperatura sucedieron desde 2015, según informó la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA, por sus siglas en inglés) . El informe está construido con las colaboraciones de más de 470 científicos de casi 60 países de todo el mundo. 

La investigación concluye que la concentración promedio anual global de dióxido de carbono (CO2), metano y óxido nitroso atmosférico aumentó con respecto a 2017 y fue la más alta en el registro de medición moderno de 60 años. Para descartar posibles variaciones epocales en estos registros se midió la concentración de CO2 en el núcleo de bloques de hielo de la Antártida y Groenlandia que contienen agua de hasta hace 800.000 años y los resultados fueron los mismos. La concentración de gases de efecto invernadero en la actualidad es ostensiblemente mayor y pone en peligro el equilibrio climático del planeta.

¿El efecto qué?

El calentamiento global no es sólo un problema del futuro lejano. El efecto invernadero producido por los desechos gaseosos de la producción industrial humana genera cambios que crean una espiralización y aceleración de los efectos del calentamiento. 

Sucede más o menos así: el CO2 está presente de forma natural en la atmósfera, estableciendo una película gaseosa que permite el ingreso de la luz solar, pero bloquea parte de la radiación que no absorben la tierra ni los mares y que es devuelta en dirección al espacio exterior como reflexión. Esto genera una temperatura propicia para el desarrollo de la vida: sin esta capa de gases de invernadero la tierra sería fría e inhabitable; con mayores niveles en la atmósfera, la temperatura del planeta se eleva. 

Desde la Revolución Industrial, en el siglo XVIII, la humanidad fue aumentando las cantidades de este gas al quemar carbón, petróleo y gas, lo que produjo un aumento de las temperaturas promedio. Además de magnificar fenómenos climáticos como inundaciones, sequías y huracanes de mayor envergadura, esto genera que los polos y glaciares pierdan poco a poco sus masas de hielo que, por su color blanco, funcionan naturalmente como espejos que reflejan la luz solar y devuelven la energía calórica al espacio (según la NOAA, la temperatura del Ártico en 2018 fue la tercera más alta desde 1900, sólo después de 2016 y 2017). 

Cuando estas masas se reducen dejan expuestas mayores áreas de mares que, por su color oscuro, absorben esa energía y se calientan. Esto se llama ciclo de retroalimentación positivo y magnifica el efecto de los gases de invernadero . La retracción de los casquetes polares también deja al descubierto regiones de tierra que estuvieron tapadas por el hielo durante cientos o miles de años, destapando materia orgánica en descomposición que libera toneladas de metano a la atmósfera, más o menos lo que pasa cuando el freezer de casa se rompe y deja los alimentos a temperatura ambiente. El metano es mucho más eficiente que el CO2 para retener el calor por lo que el efecto se incrementa.

El calentamiento de los mares, por su parte, produce la desaparición masiva de arrecifes de coral, uno de los principales encargados de absorber carbono y depositarlo en forma mineral en el lecho marino extrayendo los excedentes de la atmósfera: usted está más o menos aquí. Sin arrecifes de coral y de las miles de especies que viven en ellos la capacidad de los mares de absorber CO2 disminuye y el efecto invernadero empeora. 

El ciclo se repetirá hasta que las temperaturas hagan que la vida en la Tierra sea imposible. Eso no está tan lejos en el tiempo. El informe del Panel intergubernamental de expertos en cambio climático (IPCC, por sus siglas en inglés) explica que la humanidad tiene 11 años hasta alcanzar un calentamiento de 2°C si se sostienen los niveles de emisión de CO2. Este hecho podría tener consecuencias catastróficas para los diferentes ecosistemas naturales y en la economía humana, por lo que propone tomar medidas urgentes para limitar la cifra a 1.5° C: el calentamiento global es un hecho científico ampliamente demostrado; se está acelerando y los responsables son los seres humanos. 

El panorama parece empeorar cuando los acuerdos internacionales para frenar la crisis climática se desmoronan por acción de dirigentes como Donald Trump, que desmiente los informes científicos referidos al tema y retira a Estados Unidos de los tratados para frenar el calentamiento global, o de Jair Bolsonaro que desconoce a la Amazonía como patrimonio natural de la humanidad. “Es una falacia decir que el Amazonas es parte del patrimonio mundial y es un error decir, como afirman los científicos, que nuestra selva tropical es el pulmón del mundo”, declaró el presidente brasileño en la Asamblea Anual de las Naciones Unidas.

Fotografía de Ignacio López Isasmendi

Fotografía de Ignacio López Isasmendi

¿Qué hacer?

La acción de los gobernantes genera también resistencias. La irrupción de la adolescente sueca Greta Thunberg, de 16 años, parece ser el reflejo de una nueva etapa de participación juvenil en la escena política, capaz de capitalizar las décadas de reclamos y estudios sobre el efecto de las acciones humanas en el planeta. A los 15 años Greta decidió faltar cada viernes a clases y sentarse frente al Parlamento sueco para exigir que su país adecuara las emisiones de carbono a los estándares del Acuerdo de París (2015). La escena recorrió el mundo y cientos de miles de personas con las mismas inquietudes se organizaron para canalizarlas. Así la “Huelga mundial por el clima”, el último 27 de septiembre, generó manifestaciones masivas en varias ciudades y las juventudes fueron sus protagonistas.

Tucumán no fue ajena a esta movilización, aunque no contó con los mismos números que las grandes capitales. Cerca de 100 chicos se concentraron en la plaza Independencia con carteles y puestas en escena. Agostina, de 19 años, tomó el megáfono para pedir “justicia climática”. Es su futuro el que está en juego. “En 10 o 15 años el aire va a ser irrespirable, no habrá agua. Tenemos que pensar si queremos tener hijos en este mundo”. 

El cielo de la tarde del viernes estaba despejado, pero no era azul celeste, estaba tapado por una capa de hollín ocre. Terminaba septiembre y hacían más de 38°: a nadie le parecía raro pese a que el promedio de máximas para septiembre es de 30º.

Algunos jóvenes exigían consumo consciente, otros dejar de comer animales, hubo quienes pedían plantar árboles. “Creo que va más allá de los comportamientos individuales, tenemos que pensar más en términos colectivos, en los medios de producción, en las empresas -reclamaba Nerea, de 23-. Tenemos que pensar en los políticos y sus propuestas para defender nuestros territorios, si venden la Patagonia a las empresas yankees, si se dedican a extraer el petróleo mediante el fracking o a la megaminería a cielo abierto. Además de los reclamos puntuales como el uso de plásticos o los derechos de los animales hay que pensar que es el sistema el que está mal”. 

Y parece ser que es un poco de todo. Por un lado las pautas de consumo (alentadas por la publicidad y las necesidades de ganancias de las empresas) llevan a sobreexplotar las capacidades del planeta de producir recursos. Para explicar esto los científicos acuñaron el término Earth Evershoot Day (Día de Sobregiro de la Tierra) que es el día del año en el que se calcula que la humanidad consume los recursos naturales que el planeta puede producir en un año. Para 2019 ese día fue el 29 de julio o el 2 de agosto según diferentes estudios; en 1970 había sido el 29 de diciembre.

Fotografía de Ignacio López Isasmendi

Fotografía de Ignacio López Isasmendi

Las personas son responsables por sus formas de consumo, pero los Estados pueden intervenir a través de campañas de concientización, difundiendo formas de vida más saludables y equilibradas. En países como Argentina donde las problemáticas económicas tienen mucho peso es difícil discutir esto. Con un 35% de personas en la pobreza tratar de limitar el consumo no parece ser una política acertada. Aunque el problema sigue siendo el mismo: mientras unos consumen de más otros consumen lo mínimo indispensable. El tema parecería encarrilarse por formas equitativas de acceder a los recursos pero también, y principalmente, en la necesidad de limitar la contaminación industrial. 

Bruno Rodríguez, el argentino de 19 años que habló a los líderes mundiales en la ONU junto con Greta Thunberg, denunció que el 71% de las emisiones de carbono a nivel mundial son responsabilidad de 100 empresas. Ante estos números de poco sirven los esfuerzos individuales. Rodriguez -perteneciente a la agrupación “Jóvenes por el clima”- también reclamó por un ecologismo humanista, consciente de las diferencias económicas entre los países y entre las personas: de nada sirve un planeta sano si sólo unos pocos pueden disfrutarlo.    

Pensar por fuera del sistema

Es necesario pensar, además del consumo, en las formas de producir: no sólo evitando contaminar fuentes de agua, el aire o la tierra sino hacerlo de forma sustentable. Volver a la producción primaria de la chacra o la granja parece casi imposible, pero hacerlo de forma masiva y sin más límites que el lucro empresario lleva al planeta a un punto sin retorno. La extensión excesiva de la frontera agrícola elimina las barreras naturales contra las inundaciones y debilita la capacidad del planeta de absorber el CO2. 

La concentración irracional de la tierra conduce al lucro excesivo y a la desigualdad económica estructural. La extracción de minerales del suelo no debe generar la destrucción masiva de los ecosistemas cercanos. Tampoco los animales pueden seguir siendo tratados con los mismos criterios que los minerales; si la humanidad va a seguir sirviéndose de ellos para alimentarse, puede pensar al menos en procurarles un tránsito digno por el mundo.

Las juventudes están empezando a pensar por fuera de los sistemas establecidos y de los discursos políticos tradicionales y eso puede mover el amperímetro estatal. La crisis climática, el acceso a los recursos y el acceso al aborto son los temas que las nuevas generaciones están poniendo sobre el tablero y que necesariamente tienen que redundar en un cambio sistémico para que la humanidad pueda subsistir de forma armónica con la naturaleza. No queda mucho tiempo.

Sobre el informe del Panel Intergubernamental de expertos en cambio climático:

Ir a la fuente - National Geographic.