Cuando el castigo es la vida misma

Fotografía de Javier Sadir

Fotografía de Javier Sadir

Hace unos años se realizó en Tucumán la presentación del libro “La vida como Castigo”, de Claudia Cesaroni, abogada del CEPOC (Centro de Estudios en Política Criminal y Derechos Humanos). En el libro se relata la historia de jóvenes argentinos que fueron condenados a prisión perpetua siendo menores de edad, y reflexiona acerca de cómo el Estado se puede equivocar, con una persona, de todas las maneras posibles. Una de las historias es la de Claudio, un joven tucumano de la localidad de Pacará. Su vida es la prueba misma de cómo el Estado interviene para convertirla en el peor de los castigos.

Claudio vivía en el seno de una familia cuyo padre era un hombre violento, quien ejerció como policía en Tucumán durante la última dictadura militar. El Estado le brindó un arma para que sea torturador, y las torturas siguieron con su familia después de terminado el terrorismo de Estado. Golpeaba a su esposa y abusaba de su hija. Cuando Claudio se enteró de los abusos a su hermana, mató a su padre. Tenía 14 años. La justicia lo alejó de su familia y lo envió a diferentes institutos de menores. Ya más grande, Claudio formó parte de una banda delictiva dedicada al robo. En los robos cometió homicidio y fue condenado a prisión perpetua. Pero Claudio era menor de edad.

El Estado preparó al padre de Claudio para ser torturador, le brindó un arma. Claudio mató a su padre con esa misma arma, para defender a su hermana y a su madre. El Estado separó a Claudio de su familia, tal vez cuando más la necesitaba y lo condenó a prisión perpetua siendo menor de edad.

Errores del Estado que hicieron la vida de Claudio el peor castigo. Y esta es solo una historia. Como ella hay a montones.

La historia de Mirtha es otra en que el Estado no reparó en las circunstancias que rodeaban el caso. Mirtha vivía en Taco Ralo, una localidad rural de Tucumán. Su madre, con tres hijas a cargo, fue abandonada por su padre. Se quedaron a vivir con su abuelo. El abuelo abusaba de sus nietas. A pesar de eso Mirtha pudo terminar el secundario, sin que en ningún momento alguna autoridad de la escuela se diera cuenta de los abusos que sufría. Una vez terminado el secundario decidió venirse a la ciudad para seguir sus estudios universitarios. Quedó embarazada de su novio, quién al enterarse la abandonó. Mirtha vivió en silencio y soledad su embarazo. En la desesperación parió a su beba sola en el monte, vio que era una nena, la envolvió en una campera, y la abandonó. Llegó a su casa y asustada como estaba, se quebró, y contó lo sucedido. Fue trasladada a la Maternidad junto con la beba que fue rescatada pero no sobrevivió. Mirtha pasó dos años en la cárcel esperando su condena (el máximo de tiempo que permite la Constitución Nacional), que fue de ocho años. La condena llegó cuando ella había armado una nueva familia, con una bebé y un marido que la apoyan. La sentencia fue apelada y la Corte decidió anularla para dictar una nueva. En este momento Mirtha se encuentra en libertad, con su familia, esperando la nueva sentencia.

De nuevo en esta historia una niña en una situación de desprotección y abandono desde la infancia. Abandono del padre y del novio. Abuso del abuelo. ¿No es suficiente castigo para Mirtha el dolor de su vida y la muerte de su hija? ¿No es mejor rehabilitación la de estar cerca de su familia que la cárcel de nuevo?

Fernando Korstanje, presidente de O-IRSE (Observatorio del Instituto de Rehabilitación Santa Ester), conoció a Mirtha en la cárcel mientras daba un taller de teatro y respecto a su caso comentó a La Palta "la condena no tiene en cuenta las circunstancias que se dieron en el caso de Mirtha... Hay una hipocresía, y unas ganas de castigar y de ver gente presa en la sociedad que es, claramente, lo que me repugna".

Los actos delictivos no son justificables. La pregunta aquí es ¿qué gana la sociedad con una persona como Mirtha presa? Nada. Absolutamente nada.

La dureza de las leyes y de sus intérpretes es la que genera tantas historias como la de Claudio y Mirtha. Las cárceles están abarrotadas. Sus ocupantes siempre son los mismos. Los pobres, los marginados, los que quedaron fuera del sistema. Y por ellos pocos son los que se preocupan. La sociedad hace la vista gorda a las clases marginadas, contra ellas ponen alarmas, pero a la hora de condenar, todos quieren cárcel y castigo.

Marianella Triunfetti

mtriunfetti@colectivolapalta.com.ar

Links de interés:

Presentación del libro de Claudia Cesaroni

Nota: El dolor después del dolor