Operativo Independencia: de la fiesta al infierno

Fotografía de Julio Pantoja | Infoto

Fotografía de Julio Pantoja | Infoto

Los novios, la familia, los invitados. La fiesta de casamiento de Liliana Lazarte y Humberto Carrizo se realizó el 23 de marzo de 1975 en la localidad de San Pablo. Cinco decenas de invitados se habían acomodado en el patio de la vivienda familiar. En ese mismo patio en el que, horas antes, habían armado unas carpas porque la noche prometía lluvia. Cerca de la medianoche, la fiesta se convirtió en una caótica escena que podría inspirar un libreto cinematográfico. El jueves 11, en la audiencia número 19, Roberto Giamastiani reconstruyó aquella noche y los días que le siguieron. ‘Yamba’, como se lo conoce al testigo que llegó desde Francia para declarar en la megacausa, era uno de los invitados que terminó esa noche secuestrado.

La irrupción de un grupo de civiles y de uniformados en la vivienda devenida en salón de fiestas. Las filas separadas de hombres y de mujeres. La calle con aquellas personas sacadas a empujones a punta de pistola. El camión adonde fueron subidos los que luego serían transportados a los centros clandestinos de detención. Esos fueron los puntos en común entre los testimonios de Yamba, de su esposa Sara Delicia Carrizo, de José Antonio y Juan Enrique Díaz, de Manuel Yapura, de Lidia Lazarte, de María Cristina Aranda, de María Liliana Lazarte, y de Humberto Carrizo. Otros detalles fueron aportados por algunos de ellos, quizás porque no todos los vieron o algunos los olvidaron. Entre esos detalles están los ojos rojos y desorbitados de quien dirigiese el operativo, la altura y la contextura de este hombre, la presencia de una persona con el rostro cubierto, con un casco y con la apariencia de haber sido golpeado; la lista de nombres. “A medida que íbamos diciendo los nombres, una persona con casco decía sí o no y cuando decía sí, nos separaban”, contó Sara Carrizo.

De acuerdo a lo que figura en el requerimiento de elevación a juicio, entre las personas detenidas aquella noche se encontraban Juan Luis Lavergne, Claudio Sandoval, Orlando Suárez, Juan Enrique Díaz, Eduardo Oscar Díaz, José Antonio Díaz, Luis Alberto Díaz, Roberto Eduardo Giambastiani, Sara Carrizo, Raúl Horacio Bracamonte y una joven de 13 años cuya identidad de preserva por haber sido víctima de delitos sexuales. Las mujeres, de acuerdo a lo manifestado por las testigos que pasaron por la sala de audiencias, fueron llevadas a la comisaría de San Pablo y liberadas más tarde.

El descarnado testimonio de la mujer que en ese momento tenía 12 años fue escuchado con la sala casi vacía. “Me arrancaban la ropa, me escupían, sentía las cucarachas y los bichos caminando por el cuerpo. Me agarraban de las manos y otro me violaba”, dijo la testigo con los dedos entrecruzados como intentando detener el constante temblor de las manos. “Alguien dijo ‘levantala, ponele el pantalón’ y me sacaron. Afuera estaba mi mamá”, contó la mujer que apenas sostenía la fuerza de su voz. “Que tu hijo aparezca o no volvés a ver a tu hija”, amenazaron a su madre exigiendo que uno de sus hermanos se entregue. “Mi mamá me decía: ‘olvidate de todo’. No me quería llevar al médico porque decía que no tenía que contar nada”, recordó ante los abogados y los jueces.

La sala de audiencias suele desalojarse para que los testigos que se acogen al Protocolo de Atención a Testigos Víctimas de Delitos Sexuales declaren sin público y sin la presencia de los imputados. Esta testigo solicitó al tribunal una excepción, sus tres hijas la escuchaban y la abrazaron al finalizar su declaración. El hermano de esta mujer fue más tarde secuestrado y se encuentra en la actualidad desaparecido. “Solo quiero encontrarlo al ‘Negro’”, dijo en repetidas oportunidades. “Esta es mi verdad, señor Juez, y hoy estoy acá pidiendo que se haga justicia”, agregó sobre el final de su testimonio. “No voy a parar hasta que lo encuentre al ‘Negro’”, concluyó.

María Cristina Aranda fue una de las testigos que pudo identificar a aquel hombre que tenía puesto un casco y un pasamontañas y que estaba evidentemente golpeado. El día viernes, cuando fue su turno de declarar, recordó que uno de los secuestradores hablaba con el ‘Chato’. Ante la consulta de quién era esa persona, respondió: “Un hombre de apellido Juárez que desapareció”.

Juan Eugenio y Francisco Armando Aranda eran vecinos de los novios y vivían en diagonal a la casa donde se realizaba la fiesta de casamiento. Esa noche fueron llevados a la base militar que se encontraba en el ex ingenio de Lules. Algunos testigos señalaron que los vieron en el centro clandestino de detención que funcionaba en la ex Escuela Diego de Rojas, conocido como ‘La Escuelita de Famaillá’. María Cristina contó cómo su papá inició la desesperada búsqueda de sus hermanos. “Fue al ingenio Lules y ahí le dijeron ‘sus hijos son duros; no quieren colaborar’ y cuando él le preguntó a qué se refiere con colaborar le dicen que sí conocían 'nombres' pero que no los dicen”, aseguró María Cristina. A don Aranda le dieron un día para que se entreviste con sus hijos. “Él les iba a pedir que si sabían algo que digan”, recordó María. “Pero los chicos son asesinados el 3 de abril”, agregó. De acuerdo a lo publicado por los medios de comunicación local, los hermanos Aranda habían sido sometidos en un enfrentamiento. “Así como los de mis hermanos, sé de otros casos fabricados, que no murieron en combate”, sentenció la mujer con firmeza. “Mi papá los reconoció únicamente por los documentos embarrados. No los pudo ver. Le dijeron que los recuerde como eran y nos entregaron dos ataúdes cerrados”.

Más tarde, los fiscales solicitaron que se exhumen los cuerpos de los hermanos Aranda. Son muchos los testigos que declararon haber compartido cautiverio con ellos. “Cómo van a decir que estaban en un enfrentamiento si estuvieron conmigo, encerrados, golpeados, en las mismas condiciones que yo”, dijo uno de los sobrevivientes. Son muchos los testimonios que dan cuenta de cómo se fraguaban los enfrentamientos, de cómo el temor a la guerrilla se había sembrado en las poblaciones del pedemonte tucumano, de cómo la desconfianza en el otro se iba convirtiendo en la nueva forma de relación entre vecinos.

Roberto Giambastiani, a diferencia de los Aranda, fue liberado. Las condiciones en las que vivió tras su liberación lo llevaron a exiliarse en Francia. Los recuerdos de su paso por la Ex Escuela Diego de Rojas los tiene tan presentes, como si estos 41 años no hubieran pasado. "Estás en la Escuelita de los niños cantores; aquí el que no canta, muere", recordó ante el tribunal durante su declaración. Antes de retirarse pidió decir algo más: “Estas ratas inmundas, sólo quería decirle a ellos, que solo contribuyeron a aumentar la inmundicia en el mundo", sostuvo con la cabeza en alto señalando pero sin mirar a los imputados.

Los testimonios que completaron las jornadas 19 y 20 versaron, además de este hecho, sobre otros que serán retomados en publicaciones posteriores. Algunos testigos advirtieron que entre los captores de aquel 23 de marzo se encontraban Julio Pelagatti y Guillermo Ravena. Este jueves 18 a partir de las 9 de la mañana dará inicio una nueva jornada de audiencias. Una nueva oportunidad de reconstruir una historia que se abre paso 41 años después.