Sentencia ESMA: dos historias tucumanas

 Escuela de Mecánica de la Armada, actual Espacio Memoria y Derechos Humanos |  Oscar Valdebenito , bajo licencia  CC BY-SA 3.0 .

Escuela de Mecánica de la Armada, actual Espacio Memoria y Derechos Humanos | Oscar Valdebenito, bajo licencia CC BY-SA 3.0.

“Yo desde que declaré que dije quiero estar en la sentencia”, dice la Turca con el pasaje en mano. “Quiero estar y quiero estar adentro”, y explica que la sala de audiencias de Comodoro Py es bastante reducida. “No, yo no voy a poder ir. Ni yo ni mi hermana”, dice María convencida de que le tocó estar donde debe estar. “Hace cinco años que pregunto: ‘¿Este año es la sentencia?’ y no, no era. Este año que no pregunté va a ser y va a ser justo el 29”, suelta entre risas, aunque algo de fastidio se cuela a pesar de la convicción de que este es el lugar que elige para escuchar la sentencia a los imputados en el secuestro de su mamá. Estas son dos tucumanas militantes que estuvieron en los 12 juicios por delitos de lesa humanidad que se realizaron en la provincia y que vivieron cada una de esas sentencias como propias. Dos tucumanas que ahora esperan la sentencia por los suyos. Un veredicto que llega a cinco años de iniciado el proceso oral y público en el que se juzgan a 54 imputados por los delitos cometidos contra 789 víctimas.

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‘La Turca’ o ‘la René’ –así, anteponiendo el artículo al nombre propio o al apodo– es como se la conoce a Emma René Ahualli. En el 2013 le tocó declarar por el secuestro de su compañero y padre de su hija, Emilio Carlos Assales. Más de 4 años después, este miércoles 29 de noviembre se dicta sentencia en el debate oral y público más grande del país hasta el momento: la megacausa ESMA (que unifica las megacausas ESMA I, II y III) y entre las casi 800 víctimas se encuentra Emilio, militante de la agrupación Montoneros y conocido por sus compañeros como ‘Tincho’. “Cuando tuve que declarar en este juicio yo fui relajada, tranquila; entré con los dos dedos en V en alto, así”, dice y levanta la mano recreando ese momento. La mirada picarona detrás de sus anteojos y la sonrisa orgullosa con la que muestra cómo entró en 2013 debió haber sido la misma con la que recorrió la sala hasta llegar al lugar donde debía sentarse para dar su testimonio. Ocurre que esta no fue la primera vez que la Turca declaraba. “En Mendoza, que estuve 3 días declarando, yo siento que es como si me hubiera sacado ‘así’ una mochila, como de 400 kilos”. En el 2011, La Turca fue testigo en el juicio que se realizó en la provincia cuyana por el asesinato del periodista y escritor Francisco ‘Paco’ Urondo y la desaparición de Alicia Raboy. En ese mismo hecho fue secuestrada la hija de Paco y Alicia, Ángela Urondo Raboy, de apenas 11 meses. La Turca es la única sobreviviente de la emboscada y contó con detalles su historia en un juicio que terminó con cuatro condenas a perpetua y una a 12 años de prisión.

Esta vez la Turca sentía que sobre el secuestro de ‘su Tincho’ no había mucho más que decir. En enero de 1977 se había quedado esperándolo en la plaza con su hija de unos seis meses. Los dos militantes sabían cómo actuar si sospechaban que el otro había sido secuestrado. Cuando pasó el horario acordado para reencontrarse, la Turca se fue del hotel donde se alojaban juntos en Capital Federal y no supo nada más de Emilio hasta 1979 cuando Sara Osatinsky, María Alicia Pirles y Ana María Martí dieron lo que se conoció como el ‘Testimonio de París’. Las tres mujeres sobrevivientes de la ESMA y exiliadas en Francia contaron detalles de lo que hablaron con Tincho mientras compartieron cautiverio con él en ese centro clandestino.

“En el juicio de la ESMA yo sentía que lo revivía al Tincho porque ahí fui a contar y a mostrar quién era él”, recuerda la Turca mientras habla de las fotos que se llevó para que las proyectasen mientras ella daba testimonio: “Una de él con sus compañeritos de la escuela, otra donde estaba bailando con su hermana cuando ella cumplía 15 años. Porque él era tan divertido, amante de la vida, ¡jodón como él solo! Me hacía cada cosa, me hacía renegar y me decía: ‘¡Cuándo en la vida vas a tener un pendejo como yo, Turca!’. Así me decía”. La mirada de la Turca se enternece cuando habla de Tincho. Las anécdotas van saliendo como si el tiempo no hubiera pasado. “Le gustaba cocinar. Nuestra primera discusión fue porque yo me metí a revolverle la olla”, dice y se ríe y baja la mirada cuando habla de la primera vez que lo vio: “A mí me ha gustado el grandote”; o cuando recuerda la noche en que ‘ya no se podía hacer la tonta’ y se puso de novia con la complicidad de ‘la Petisa’, la compañera con la que compartía el departamento.

La Turca es tucumana. Su militancia la llevó a vivir en Mendoza. Su militancia fue el camino que la cruzó con el cordobés Emilio Carlos Assales. Juntos vivieron en Mendoza primero y en Buenos Aires después. Tincho y la Turca tuvieron una niña: ‘la Loli’. La única foto de la niña con su papá se la sacó Tincho en una escapada a la plaza de los Dos Congresos. “Como una premonición, porque a los pocos días lo secuestraron”, dice la Turca y recuerda que “en un descuido me la robó y se fueron a pasear los dos solitos”. Fue en Buenos Aires donde la Turca se quedó trabajando como masajista hasta 1987, año en que regresó con la pequeña Dolores a Tucumán. La vuelta fue dolorosa. “Cuando volví yo sentí que me faltaban los amigos”, dice y los ojitos picarones se le ponen vidriosos. Y así, con los ojos cargados de emociones se acuerda de los padres de María y Lucía. “Yo los conocía al ‘Negro’ y a la Cristina. Fue tan impresionante encontrarlas, verlas. La María es tan parecida a su papá, tan parecida al Negro y la Lucía a la Cristina”.

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María Coronel es actualmente la directora del sitio de Memoria La Escuelita de Famaillá. Este 29 de diciembre su trabajo y su militancia la tendrán a cargo del cierre de las actividades 2017 en ese espacio. “Dónde voy a estar más contenida que aquí; este es mi lugar, aquí siento que puedo hacer la diferencia. Así que si tengo que escuchar la sentencia en algún lugar prefiero que sea acá con mis compañeros con los que he construido la militancia”, dice. Se enteró de que sería la sentencia este 29 y de inmediato se comunicó con su hermana. Cuenta ese diálogo y la decepción que ambas sintieron al saber que no iban a poder viajar a Buenos Aires. “Ella al principio estaba triste porque es más melancólica y yo estaba enojada porque soy más ‘negra resentida’”, suelta y se ríe a carcajadas haciéndose cargo de sus refunfuños. Pero con el pasar de los días, cada una por su lado, empezaron a sentir que lo que hacen, sus trabajos y sus vidas, son lo que eligieron hacer desde la convicción y el compromiso. Que sus padres estarían orgullosos de ellas y que la ausencia física en el lugar la sentencia no hacía la diferencia.

Lucía, la hermana menor de María Coronel, es médica. “Ella ese día tiene que tomar exámenes en la escuela de enfermería en uno de los barrios más pobres de Córdoba. Todas sus alumnas son empleadas domésticas que están haciendo una carrera gracias a que les han puesto una carrera en su barrio, es el lugar donde más le gusta laburar a mi hermana”, explica María con un orgullo que la desborda. La hermana mayor no duda en reconocer que Lucía se convirtió en su confidente, su amiga, y que no se imagina haber podido sobrevivir sin ella. Lucía tenía 10 meses cuando fue secuestrada junto a su mamá Cristina Bustos. Antes del secuestro de Cristina, José ‘el Negro’ Coronel fue asesinado. Que María se quedara sola era un escenario posible. Un escenario que no fue real por la tenacidad y la fuerza de la abuela ‘Gringa’.

La Gringa supo del secuestro de su nuera y salió a buscar a su pequeña nieta. “A mi hermana mi abuela la rescata una semana después de que la secuestran”, cuenta María al explicar que en la megacausa ESMA figuran como víctimas tres miembros de su familia: su mamá, su hermana y su tío. “A mi tío lo secuestran unos días después que a mi mamá y él era el único hijo que le quedaba a mi abuela. Entonces mi abuela pensó: ‘lo único que me queda para quitarme son mis nietas’ y con mi abuelo nos agarraron y nos fuimos a Jujuy, a Ledesma”, dice refiriéndose a la ciudad Libertador San Martín conocida por el nombre del ingenio azucarero. “Era muy loco porque mi abuelo era de los pocos que no tenía relación con el ingenio; él tenía una joyería desde que mi viejo era adolescente. Él era ferroviario y cuando queda sin trabajo termina siendo viajante y termina poniendo una joyería que se llamaba ‘Remember’, mirá vos”, dice y entre risas hace alusión a cómo ‘la Memoria’ fue una constante en su vida.

La infancia de las hermanitas Coronel pasó en Jujuy con rondas de la Madres. “Yo viví algo que aquí no vivieron muchos de mis compañeros; me sentí cuidada. La gente sabía qué nos había pasado y nos cuidaba, nos protegía. Aquí muchos vivieron una infancia recibiendo hasta maltrato”. El regreso a Tucumán implicó la distancia de la abuela que les había enseñado a estar orgullosas de quienes eran. La militancia de sus padres era, para la abuela Gringa, un valor indiscutible. “Mi abuela cuando hacíamos algo que a ella le enorgullecía nos decía que éramos dignas hijas de montoneros”, comenta María. “Yo no entendía mucho esto de ‘digna hija de montoneros’, pero sabía que era algo de lo que tenía que estar orgullosa”, agrega cuando habla de cómo la militancia de sus padres no fue algo que se haya cuestionado.

Sus primeros pasos en la militancia en Tucumán los hizo sumándose a las rondas de las Madres. Allí se fue encontrando con otras personas que habían perdido a sus padres y, sin saberlo, estaban dando forma la agrupación HIJOS, ganándose unos a otros como hermanos, con un lazo que a más de 20 años ha demostrado ser indestructible, a pesar que muchos de ellos, incluso María, ya no se encuentran militando en la agrupación. “Ellos son mi familia y son mis hermanos. Cuando me han pasado las cosas más dolorosas yo no estuve sola, porque mi hermana no estaba en el país, pero han estado ellos, y ellos son la familia que yo tengo”, y advierte que la sentencia del 15 de septiembre, de la megacausa Operativo Independencia, la siente como propia. “No es por quitarles peso porque sé que es importante; mi hermana declaró, mi abuela peleó por esto, pero la sentencia del 15 es la de mis hermanos y esta sentencia voy a estar aquí, con mis hermanos”.

Cuando a María y a Lucía les llegó la citación para presentarse a declarar como testigos en Buenos Aires ambas sintieron que era el juicio en el que debía estar la abuela Gringa. Hacía tres años que había fallecido y eso es una de las injusticias que resultan imposibles de revertir. “Ella no sabía que ella era víctima en esta causa; se ha enterado ahí con todo lo que eso implica simbólicamente”, recuerda María y relata los preparativos para ese día. En Comodoro Py no permiten ingresar con nada simbólico, ni fotos ni ningún tipo de elementos como los que los testigos llevan a la sala de audiencias del Tribunal Oral Federal de Tucumán. “La Nati me hizo un prendedorcito con la foto de mi mamá de mi papá y de mi tío para que yo me lo ponga aunque sea afuera”, recuerda. “Porque yo tenía la foto de mi mamá y de mi papá que estaba recortada como si la hubiese cortado un chiquito en el jardín por el bordecito y me los pegaba con una traba de gancho y ella me lo ha diseñado y lo imprimimos y le puse el plastiquito”, cuenta reparando en cada detalle de los preparativos en las que sus ‘hermanas de HIJOS’ participaron. “Pero mi hermana, que es revolución pura, se dio el gusto y ha sacado en medio de su declaración el pañuelo de mi abuela”. El pañuelo del que habla María tiene un valor incalculable. “Es un pañuelo bordadito a mano; con punto cadena tiene bordado con el nombre de mi vieja y de mi tío. Y ese me acuerdo lo tenía mi abuela en su bolsita fucsia”.

La bolsita de plástico color fucsia la conserva María. La Gringa se las entregó cuando supo que sus nietas estaban militando en HIJOS. No estaba de acuerdo en que las nietas a las que había protegido de la manera que mejor supo y pudo hacerlo estuvieran ahí, pero como sabiendo que no había nada más que hacer les entregó, de alguna manera, su legado. “Ahí había habeas corpus, todas las presentaciones que ella había hecho, y mi tesoro más preciado que es el pañuelo bordado a mano por ella que fue el primer pañuelo que llevaba. Ese día se lo dí a mi hermana y le dije: ‘no te van a dejar entrar porque de hecho a las Madres no las dejan entrar con los pañuelos’. Y ha llegado un momento en el que ella iba haciendo su relato, hablaba con una claridad, super bien plantada. Entonces ella iba contando y en un momento sacó el pañuelo y les ha dicho: ‘a mí lo que me duele es que este era el lugar en el que tenía que estar mi abuela. Y yo agradezco los juicios, pero han llegado tarde’, y ha mostrado el pañuelo”.

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Este 29 de noviembre se conocerá la sentencia por el secuestro de Cristina Bustos y de Emilio Carlos Assales junto al de otras 789 víctimas. Las hijas de Cristina y de Tincho –más que amigas, hermanas– estarán poniendo el cuerpo en sus lugares de trabajo y militancia. La Turca va a estar en Buenos Aires, poniendo el cuerpo en la sala de audiencias a un momento que sin lugar a dudas es histórico, pero que en sí mismo, como todos los días de las sentencias, se sostiene en años de trabajo, de compromiso y sobre todo de lucha. Lucha que no termina después de un veredicto, sino que se fortalece y se resignifica.