Infancias trans: acompañar puede salvar una vida

Foto: Marcha del orgullo extraordinaria (Enero 2025) - Mariela de harao | La Palta

“Hasta acá llego mamá, porque yo desde los cuatro sé que soy una niña”, le dijo su hija. Tratar de imaginarse la mezcla de miedo, angustia y claridad que le atravesaron el cuerpo a esa mamá en esos momentos es bastante difícil. Ella trata de poner en palabras lo que sintió no solo esos pocos segundos, sino los días siguientes. El miedo por el desconocimiento, la angustia porque se dio cuenta de lo que venía pasando todos esos años en los que no sabía cómo ayudar a una niña que iba perdiendo el brillo de los ojos. La claridad al empezar a entender por qué pasaba lo que pasaba. Y ahora se abría un nuevo escenario donde no sabía bien cómo ni por dónde empezar pero sí tenía una certeza, la decisión de acompañar una niña, casi adolescente, trans.

En una provincia donde todavía pesan con fuerza los prejuicios, acompañar a infancias y adolescentes trans es un camino que es mejor recorrerlo en compañía. Muchas de esas mamás encontraron ese espacio en la Fundación Transformando Familias. Allí llegan con todos esos miedos, con las dudas, y también con una angustia que pronto se darán cuenta que es compartida. Las tres mujeres que conversan con La Palta prefieren preservar su identidad. No es casual: en los últimos años han sido blanco de críticas, ataques y acusaciones por acompañar a sus hijes. Aún así, eligieron hablar porque creen que compartir sus experiencias puede ayudar a otras familias.

El momento en que todo cambia

Cada historia tiene su propio comienzo. A veces aparece como una conversación difícil. Otras veces, como un proceso silencioso que dura años. Una de las madres recuerda el momento en que su hija finalmente pudo decirlo. Durante dos años había estado encerrada, deprimida, sin ganas de nada. “Yo no sabía qué más hacer”, cuenta. “Una vez que ella me lo pudo decir, porque eso también creo que ha tenido la suerte o la fuerza o no sé qué de poder decirlo, ahí empezamos a transicionar” cuenta, y deja claro que se trató de una transición familiar.

Otra, recuerda que el desconcierto inicial fue enorme. Su mundo de la diversidad sexual se limitaba a otras identidades conocidas, pero no a las identidades trans. “Tuve que empezar a estudiar, a aprender quiénes son las personas trans, qué necesitan”, dice. El proceso no fue sencillo, dirá en más de una oportunidad, y destacará que involucró también a abuelos, padres, hermanos. Todas estas mamás que hablan desde la experiencia y que tuvieron que aprender a atravesar los prejuicios insisten en que el acompañamiento hace la diferencia.

Cada una de las tres madres que dieron su testimonio para esta nota sostienen que hubo un antes y un después en sus hijes. De un lado se vivía con tristeza, aparecían síntomas de depresión y las invadía la desesperación. Del otro, si bien no era tan sencillo, aparecía de nuevo el brillo, la alegría y la esperanza de construir un mundo más habitable. Mientras una mamá recuerda la etapa en que su hijo jugaba a escondidas, las otras asienten y comentan que les pasaba lo mismo. “Abría la puerta y lo veía jugando, y cuando me veía se asustaba. ¡Se escondía para ser! Hoy es otra persona. Tiene otro brillo en los ojos. Son lo que tienen que ser”.

Las madres hablan también del otro lado de la historia: el de los prejuicios que todavía circulan con fuerza. En los últimos años, dicen, se multiplicaron las acusaciones hacia quienes acompañan a sus hijes trans. “Nos tratan de perversos, mutiladores, adoctrinadores”, dice una de ellas. La frase le provoca una mezcla de ironía y tristeza. “Si yo hubiera adoctrinado a mi hijo, esto no hubiera pasado y lo hubiera obligado a ser quien no es”.

Saben con certeza que la identidad de género no es una elección ni una moda. “No se contagia. No se elige. Viene con uno”, explican. Es que cuando sus hijes pudieron decir con claridad quiénes eran y poner un límite a las otras personas, se dieron cuenta de que todo estuvo ahí desde muy pequeños. Pero fue la mirada heteronormada la que les impidió mirar más allá. “Hay chicos que sufren años porque los padres no quieren ver. Algunos, pasan toda su adolescencia esperando cumplir 18 para poder irse de sus casas”, sostiene una de las mamás. “O se escapan antes”, agrega otra.

Foto: Marcha del orgullo extraordinaria (Enero 2025) - Marianela jerez | La Palta

Ese abandono familiar ha sido históricamente una de las marcas más duras en la vida de muchas personas trans adultas. Durante décadas, la expulsión del hogar empujó a gran parte de esta población a la marginalidad.

Entre el prejuicio y la realidad desigual

Las desigualdades de las que son víctimas las personas trans profundizan cualquier otra situación de vulnerabilidad. La expulsión temprana de las casas, del sistema educativo, de la posibilidad laboral ponen a estas personas en situación de calle y de explotación extrema. Distintos relevamientos de organizaciones como la Asociación de Travestis, Transexuales y Transgéneros de Argentina (ATTTA) estiman que la expectativa de vida de la población travesti-trans en el país ha rondado históricamente los 35 a 40 años, atravesada por la violencia, la exclusión social y la falta de acceso a derechos básicos.

En Argentina hubo avances importantes en materia normativa, como la Ley de Identidad de Género de Argentina, sancionada en 2012, que reconoce el derecho de las personas a ser identificadas según su identidad autopercibida, o el Decreto de Cupo Laboral Travesti Trans de 2020, que busca ampliar el acceso al empleo en el sector público. Sin embargo, la inserción laboral continúa siendo una deuda pendiente y muchas personas trans siguen encontrando barreras para acceder a educación, salud y trabajo. Por eso, dicen estas madres, el acompañamiento familiar puede cambiar el rumbo de una vida. “Acompañar una identidad trans salva una vida”, afirma una de ellas sin dudar.

Aprendizaje personal y colectivo

En la conversación aparece una idea que se repite: el aprendizaje. No solo dentro de las familias, sino también en la sociedad. “No se trata de confrontar creencias”, dice una de las madres. “Se trata de aprender a respetar al otro, entender que todos podemos convivir dentro de la misma sociedad”. Y lo explica de la forma más sencilla posible: “Mi hija va a seguir siendo mi hija, con su corazón, su inteligencia, sus valores. Yo la voy a acompañar siempre, como cualquier madre acompaña a sus hijos. Su género no cambia la persona que es ni el amor que yo le tenga”.

Para muchas familias, el primer momento es la incertidumbre. Para estas familias la decisión fue tratar de entender, aprender y acompañar. “Busqué la fundación pensando que nadie más estaba pasando por lo mismo”, cuenta una mamá que integra la fundación Transformando Familias. El espacio nació, explican, sobre los pilares del amor para saldar una deuda social histórica del no reconocimiento de los derechos de las personas transgénero. Allí encontraron un lugar donde las historias se parecían y donde el acompañamiento colectivo hacía más llevadero el proceso. “Nos hemos contenido y también hemos ayudado a otras familias que llegaron después”, remarcan. Pero la fundación está abierta para asesorar, compartir experiencias y saberes con quienes deseen hacer un mundo más inclusivo. Las historias recuerdan algo que a veces queda opacado en los debates públicos, que detrás de cada identidad hay vidas concretas, infancias, familias y procesos que pueden ser dolorosos pero que buscan ser amorosos.