Dakar: muerte y destrucción

 Fotografía cortesía de Pro Eco

Fotografía cortesía de Pro Eco

Es la expresión de un colonialismo arraigado en países que son saqueados desde los tiempos del ‘descubrimiento’. Llamado deporte, el Dakar constituye una herramienta más de un modelo consumista impuesto por esferas de poder que, por gusto y diversión de unos pocos, arrasan con la naturaleza, la arqueología y la biodiversidad de países latinos.

Antes de que llegara a estas tierras pasó por Europa y África, continentes de los que fue expulsado por el impacto ambiental que producía y las vidas que se llevaba consigo. El relato oficial es que África se volvió inseguro para este evento, pero la vergüenza francesa que prohibió que se incluyera en el título de esta competencia el nombre de su capital, París, deja entrever que las circunstancias eran otras.

“La visión colonialista tiene que ver con este capitalismo de grandes multinacionales que vienen y arrasan con el agua y con el territorio, así como las multinacionales mineras o incluso Monsanto que también quiere instalarse, investigando todo lo que es la caña (de azúcar) transgénica”, decía Diego Frías, integrante de la agrupación ecologista Pro Eco.

Los recorridos no se hacen públicos. Esto tiene varias consecuencias, entre ellas el hecho de que las personas que viven en las zonas afectadas por el rally no puedan ejercer su derecho constitucional de presentar objeciones administrativas o judiciales, o algo tan básico como estar prevenidos.

La muerte como parte del entretenimiento es otro ingrediente de esta competencia. A veces, los propios protagonistas de la carrera; otras, los espectadores que, al lado de las rutas sobre las que surfean los pesados vehículos, esperan eufóricos su paso. Pero estas muertes nada significan ni para la justicia, que las archiva y las etiqueta como ‘conductas propias de una carrera’, ni para un sector de la sociedad que clama por más sangre.

Sin estudios de impacto ambiental previos y con muertes de por medio, el Rally Dakar hace su pasada y deja su huella por estos países del sur del mundo. Mientras tanto, organizaciones ecologistas tratan de generar conciencia. “La gente siempre pone el oído, salvo alguno que otro que le gusta el tema deportes, pero siempre nos escuchan (...) tratamos de pensar juntos, de cuestionar esto y que no siga ocurriendo”, decía Frías.

Las resistencias sociales y populares se expanden por todo el territorio. Tal es el ejemplo de la justicia cordobesa que prohibió que la trasnacional Monsanto construyera una planta en la municipalidad de Malvinas Argentinas, al aceptar un recurso interpuesto por ambientalistas y vecinos de esa localidad, tal como recalcó Diego Frías, “es cuestión de defender”.

Organizarse y defender. Luchar por esta tierra que tanto ha sufrido el uso y abuso de agentes externos (internos también). Terminar con el saqueo y la destrucción a cambio de la diversión de unos pocos y la muerte de otros tantos.

Marianella Triunfetti

mtriunfetti@colectivolapalta.com.ar