Miradas bicentenarias: la voz del niño indígena

 Fotografía de Bruno Cerimele

Fotografía de Bruno Cerimele

El niño vendedor de chicles, o el chiclero como se lo conoce en México, no va a la escuela. Tiene la mirada cansada. No sabe de matemáticas, pero logra vender más de la mitad de la caja en una mañana. La niña Karla lo observa desde la ventana del aula de su escuela. Le llama la atención por qué él no está allí, haciendo tareas escolares. “El chiclero fue el que despertó la curiosidad en mí por los pueblos indígenas”, dice la doctora en educación Karla Berenice del Carpio Ovando en una conferencia universitaria sobre educación intercultural bilingüe, muchos años después. Y es ese chiclero el primero impulso de Karla para adentrarse y estudiar las comunidades indígenas del estado de Chiapas, en el sureste México. Allí realizó dos investigaciones: La educación español-tsotsil en Chenalhó y Las funciones psicosociales del trabajo artesanal en artesanos tsotsiles en la Ilusión, Chiapas.

A través de estos estudios, la doctora mexicana observó la educación que recibían los niños indígenas del lugar. “Esa niñez que concebimos como el niño adulto, quienes por circunstancias de la vida deben olvidarse de su infancia para ayudar a mamá o papá con los gastos del hogar”, manifiesta Karla dentro de la publicación. Esos niños adultos que sienten vergüenza de ser indígenas. Entonces, la catedrática se pregunta: ¿Por qué sentir vergüenza de ser quien soy cuando lo que estoy trayendo a la mesa es enriquecedor? Existen muchas cuestiones que impiden la escolarización del niño indígena. Uno de los principales tiene que ver con un problema lingüístico. “La lengua es parte de la identidad. Cuando yo pienso en mi lengua materna, yo pienso en mi mamá. Es la conexión con ella”, dice Karla e insiste en los derechos humanos y lingüísticos del niño. Esa vulneración de derechos lleva al bilingüismo sustractivo, que es justamente el reemplazo de una lengua por otra. Según el estudio de Karla del Carpio, los niños indígenas suelen ser introvertidos, a tener rechazo a cualquier tipo de aprendizaje escolarizado, a sentirse inferiores e incluso a manifestarlo con temor, temblando en clase. “Algunos de los y las participantes mencionaron que sienten que el español y el estilo de vida de los kaxlanes (mestizos) están dominando a su comunidad indígena, es decir, sienten que están perdiendo sus tradiciones y su vestimenta típica. Perciben que ya casi todo se les ha quitado y que lo único que les queda es su lengua materna, aunque esta también está en peligro debido al modelo educativo que se aplica en la escuela”, escribe en sus conclusiones la autora.

La situación con la que se encontró Karla en Argentina es peor. En el país que celebra el bicentenario de su independencia, Del Carpio sintió un shock al descubrir que no existen lenguas indígenas en práctica actualmente. Esclavos de una lengua extranjera, Argentina aculturizó a los ancestros. “Los pueblos originarios aquí han demostrado que tienen una voz a través de otros recursos. Por ejemplo a través de los textiles. Ahí muestran esa resistencia y dicen 'mirá, tenemos cultura, somos parte de Argentina'”, expresa la doctora en educación y manifiesta que en Argentina se puede trabajar en conjunto: “hay que crear conciencia de los beneficios que tiene un bilingüismo aditivo”. A la vez, los pueblos originarios a lo largo de estos años de independencia fueron testigos de la otredad. Ese otro que no es parte del nosotros. “Viendo con esos ojos al otro como diferente a mí. En otros contextos se considera al otro, al de afuera, como mejor. ¿Por qué no vemos así a las riquezas de la comunidades indígenas?”, se pregunta Karla en relación a la mirada positiva hacia otras culturas como la europea y la falta de valor sobre la propia cultura. “En Canadá se habla de The First Nation, que significa que son los primeros que llegaron acá”, agrega Del Carpio.

Entonces, ¿qué es la educación intercultural bilingüe? “Es unir a nuestra gente. Es construir este puente. Es ser más libres”, responde la doctora en educación y señala que para conseguir esto se necesita el apoyo del sistema educativo y del gobierno, en un proceso que vaya de abajo hacia arriba y viceversa. “Pero considerando la voz de los pueblos para conocer qué es lo que necesitan y vale la pena para ellos. Que no sea el gobierno el que imponga al niño indígena, porque no es el gobierno el que sabe. Pero si los escuchamos podemos crear políticas, por ejemplo lingüísticas”, manifiesta Karla del Carpio y resalta la importancia de la voz. De ese conocimiento que resiste a pesar de todo y que es parte de la historia de los pueblos. De ese niño encorvado de tanto vender chicle, que salió de la escuela, pero dice “aquí estoy”.