Los testigos, verdaderos héroes

 Fotografía de Bruno Cerimele

Fotografía de Bruno Cerimele

A las 10 de la mañana del jueves 6 se reanudó la audiencia y siguió la ronda de testigos que había empezado la semana anterior. Lo primero que se hizo fue recordar a las partes, principalmente a la defensa, que el trato que deben recibir los testigos debe ser de absoluto respeto, teniendo en cuenta sobre todo que la mayoría de ellos fueron víctimas de los delitos que se juzgan. Así, con la sala llena de familiares, amigos y otras personas que fueron a apoyar a los testigos que debían declarar en la fecha, empezó un nuevo día en un juicio que es un paso más en la reconstrucción de la memoria. La primera en presentarse fue Luisa Vivanco, quien con una admirable entereza relató todo cuanto sabía sobre la desaparición de Nélida Sosa de Forti. El relato sobre cómo esta mujer junto a cinco de sus seis hijos fue detenida antes de subirse al avión rumbo a Venezuela, donde la esperaba su esposo para tratar de sobrevivir en el exilio, fue contundente. En silencio la sala entera escuchó hablar sobre los niños que fueron detenidos y luego abandonados en la calle con sus manos y sus pies atados y con sus ojos vendados. Esos niños que nunca más volvieron a ver a su madre. El relato incluyó datos que retrataron la situación de terror que se vivía en el país, anuncios que pedían a la comunidad que denuncien cuando viesen trasladarse una familia con muchos hijos, carteles que advertían que de detenerse en la zona de Arsenales el centinela abriría fuego.

Aún con todas las advertencias la defensa quiso nuevamente hacer presente la teoría de los dos demonios, como si estos casi 30 años de democracia no hubieran demostrado que la guerra jamás existió. Luisa demostró en su declaración que aprendió a ser mucho más fuerte de lo que se hubiera imaginado y cuando estuvo por retirarse un fuerte y espontáneo aplauso de agradecimiento estremeció la sala.

Luego declaró Marcelo A. el último testigo al que la defensa se atrevió a increpar. Con sus 82 años habló sobre la investigación que libró por su parte para dar con el paradero de su sobrino. En su declaración involucró a los hermanos Benedicto (el imputado y el defensor), afirmó conocerlos desde chicos con lo que dejó claro que no los confundía con otras personas. El doctor Benedicto nuevamente hizo su denuncia por falso testimonio, el defensor oficial Ciro Lo Pinto pidió una pericia psiquiátrica y nuevamente el maltrato, la desestimación de los testigos y la intimidación fueron las armas que supieron y pudieron usar.

A las 13.10 fue llamado a declarar Juan Z., un ex obrero del Ingenio San Juan. Esta víctima contó, en casi 20 minutos, lo que le hicieron vivir en el año 1975. Las torturas que recibió, dijo, fue porque querían que diga que tenía compañeros extremistas.

Más tarde fue el turno de Manuel A., que trabajaba como “maestro de azúcar” en el Ingenio San Juan. Fue llevado e interrogado por su primo Manuel Tártalo, y contó que cuando él fue liberado Tártalo ya había desaparecido y nunca más lo volvió a ver. En su testimonio habló sobre los llantos y los gritos que escuchaba, todos productos de las más inimaginables torturas. Terminó su relato afirmando “hasta el día de hoy tengo miedo”.

Estas dos últimas declaraciones ya no fueron interrumpidas por los abogados defensores, ninguno parecía animarse a decir palabra alguna ante la dolorosa narración de lo sucedido hace tantos años. Sin embargo no hay que ser tan ingenuo y considerar que evidentemente los letrados están cambiando su estrategia.

El siguiente testigo, Raúl S., empezó contando como la noche que entraron a su casa para llevárselo, unos hombres encapuchados encañonaron a su madre y a su esposa, que cerró la puerta para que su hijo de apenas 1 año no lo viera. Y que desde entonces el llanto de los niños le produce una angustia que recientemente entendió a qué se debía.

A Raúl lo tuvieron detenido en tres lugares diferentes y por los datos que recuerda deduce que primero estuvo en la escuelita de Famaillá, que luego fue trasladado a la jefatura de policía y que por último estuvo en Arsenales. De los 60 días de torturas y golpes le quedan secuelas imborrables y  para que le dejen de pegar tuvo que decir que era guerrillero.

La declaración de Juan Carlos G. no dejó lugar a dudas la activa participación de Albornoz. No solamente lo vio sino que escuchó como todos se dirigían a él por su apellido. Recordó que antes de ser liberado le leyeron lo que se suponía era su declaración. Ante esa lectura Juan quiso dejar claro que no estaba de acuerdo con dos puntos, uno que sí hubieron apremios ilegales y otro que él no había afirmado que Fote lo haya convocado para ser parte de la guerrilla. De todos modos tuvo que firmar, sino no salía.

Juan Carlos es ciego debido a las veces que le pusieron las picanas en sus ojos. Cuando en la audiencia le preguntaron si podía reconocer a alguien más él respondió: “Si tuviese vista los reconocería a todos”.

La lista de testigos terminó con Jorge Antonio A. y con Teresa del Carmen B., dos sobrevivientes más que demostraron tener el valor de contar lo que saben y lo que vivieron, que pudieron hacerle frente a la muerte y ganarle al olvido.

El viernes 7 de diciembre siguieron testificando más obreros de los ingenios tucumanos. La simpleza de sus palabras sumó valor agregado a la verdad que describen. Tanto Aníbal R. como Hugo O. son testigos víctimas que hablaron sobre Benito Brito, otro de los sobrevivientes de la última dictadura militar. Ambos describieron la forma en que fueron secuestrados, las torturas que recibieron y cómo fueron liberados, descripción que deja a las claras que todo respondía a un mismo procedimiento prediseñado para la represión.

Las palabras de María del Valle B. fueron las que recrearon el dolor más profundo en la sala. Las dos jornadas fueron intensas y dieron una ínfima muestra de tanto horror, pero el relato de una sencilla mujer que cuando le pidieron que entregue las armas ofreció los machetes y cuchillos de pelar cañas, dejó absorta a la audiencia. Quizás no solo fue el modo en que contó su historia, quizás nadie puede ser indiferente a una madre que hablaba de los golpes que recibía en su vientre mientras estaba embarazada, quizás fue porque ni ella pudo sostener su entereza al decir: “Mi hija nació en octubre, con los hombritos rotos”. Quizás porque todos los presentes sintieron que era una mujer extraordinaria cuando afirmó “Yo no sé de qué estoy hecha para aguantar tantas torturas”. Lo cierto es que nadie dijo nada, nadie pudo evitar tener un nudo en la garganta de impotencia ante María del Valle que no se quiso poner la dentadura en todos estos años, la misma que le sacaron a los golpes, y que decidió dejar así porque es su testimonio, porque tuvo esperanza que algún día se haría un juicio y ella podría contar lo suyo.

La cuarta testigo fue Hilda del Rosario R., que dio respuesta a la que fue una insistente pregunta de la defensa cuando empezó la rueda de testigos hace unas semanas atrás. “Quisimos hacer la denuncia pero la policía nos decía que nosotros mentíamos”. Esta es una de las tantas razones por la que algunos familiares de desaparecidos no denunciaron sino hasta muchos años después. También puede pensarse en el miedo de hablar, al terror ante lo que se sabía pero no se decía y otras tantas cosas que irán saliendo a la luz a lo largo de este y otros juicios.

Benito Brito tiene también secuelas físicas en su pierna de las torturas recibidas durante su detención, pero las secuelas que no se ven, que se van descubriendo con los años quizás uno pueda imaginárselas, mínimamente, al escucharlo decir “cuando paso por la ex brigada me siento mal”. Afirmó que escuchó gritos y llantos de mujeres que jamás podrá olvidar.

Los testigos por el caso Chebaia fueron Analía C., Graciela C. y Rubén C., que confirmaron la declaración de Villagra realizada la semana anterior. Don José Chebaia fue llevado de su casa y le sustrajeron un sobre con dinero destinado a pagar un crédito. José se encontraba enfermo y supieron que estuvo internado en el hospital militar, también se enteraron que a los 3 días murió, pero nadie, ni el genocida Bussi ni Benjamín Menendez les quisieron dar datos de él a pesar de haberlo conocido por su actividad empresarial.

Graciela fue detenida unas horas, pero los llantos y los gritos que escuchó allí la marcaron para toda la vida. En un momento de su declaración contó que por las noches escondían a los bebes en un botinero y los tapaban con cajas de zapatos para que, si entraban a llevárselas a ellas, no los tocaran.

Antes de la declaración de Rubén C. habló Martina H., que fue citada por el caso Pereyra. Por ese mismo caso se presentó a declarar Segundo J., que también fue testigo del secuestro de Exequiel Pereyra. Este último testigo repitió una y otra vez que las personas que se llevaron a su amigo y compañero de facultad usaban una camisa marrón como la que se utiliza en el liceo militar.

Fueron dos días intensos, los familiares de los imputados, muchos de ellos declarados culpables en otras causas, escuchan estos relatos sin inmutarse ante nada. ¿Será que ya los conocían y nada los sorprende? ¿Será que no les interesa? Lucen orgullosos sus remeras con la leyenda “Familiares de presos políticos” y venden libros en la puerta del Tribunal que desde sus títulos mismos reivindican el accionar de estos asesinos. A esos mismos asesinos les gritan “héroes” cuando en realidad los verdaderos héroes son los testigos que acuden a la sala y por fin pueden construir la Historia Argentina.

Gabriela Cruz

gcruz@colectivolapalta.com.ar