Historias de dolor y de lucha

 Fotografía de Bruno Cerimele | Agencia Infoto

Fotografía de Bruno Cerimele | Agencia Infoto

Testimonios crudos, historias de vidas truncadas, arrebatadas. Los relatos de los testigos que pasaron entre el martes 25 y el miércoles 26 mostraron cómo se vivieron esos años de terror. Madres cuyas fuerzas no se agotan. Hijos cuyas infancias fueron un martirio. Niñas que les quitaron la oportunidad de descubrirse y construirse como mujeres en libertad. La deuda que la última dictadura militar tiene con la sociedad argentina se descubre cada vez más inconmensurable.

Una madre, una búsqueda

Ella entró caminando parsimoniosamente. Un pañuelo blanco le cubría la cabeza. Sus manos estaban ocupadas, iban sosteniendo un andador, por eso la foto en blanco y negro de su hijo la llevaba colgada del cuello. Paso a paso llegó hasta la silla dispuesta para los testigos. Con sus 91 años y una importante disminución auditiva hizo un esfuerzo más y contó su historia. Un esfuerzo más porque Celina Kofman busca a su hijo desde 1975. En esa búsqueda se encontró con otras madres y se convirtió en una de las referentes de la Asociación Madres de Plaza de Mayo de la provincia de Santa Fe.

‘Queca’, como le dicen a Celina, dijo que no tiene dudas que Jorge Kofman (su hijo desparecido) estuvo en Tucumán. “Mi hijo era un militante de un partido popular. Yo sabía que se encontraba en Tucumán por razones de militancia porque pertenecía al Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT)”, sostuvo la mujer. Contó que fue por medio de Enrique Gorriarán Merlo (lider del PRT) que supo que Jorge estuvo detenido en el penal de Villa Urquiza. “Ahí empieza la larga y dura lucha en la búsqueda de mi hijo”, relató ‘Queca’.

“Creíamos estar en el infierno mismo”, dijo refiriéndose a las condiciones en las que se encontraba la provincia cuando llegó desde Santa Fe. “Tucumán era una ciudad sitiada”, había dicho antes. Su búsqueda la llevó hasta la ‘Escuelita de Famaillá’. Allí funcionó el primer centro clandestino de detención tucumano. “Grité con todas las fuerzas de mi corazón el nombre de Jorge”, contó 'Queca', que se había acercado hasta el alambrado perimetral de la escuela. “Nunca sabré si lo oyó o no”, lamentó la testigo.

Recordó con nombre y apellido las personas con las que habló, los que con palabras o con silencios le confirmaron que Jorge Kofman estuvo en Tucumán, que había sido torturado, que lo habían llevado a la cárcel de Villa Urquiza. El paso de Jorge por el penal le fue oficialmente negado. “No solamente nos arrebatan cobardemente nuestros hijos, los mataron, los exterminaron en campos de concentración sino que quisieron borrarlos”, dijo contundentemente Celina ‘Queca’ Kofman.

Del sometimiento al testimonio

RC y GA decidieron declarar amparadas por el Protocolo de Tratamiento a Testigos Víctimas de Delitos Sexuales. El protocolo en cuestión contempla que la sala sea desalojada de imputados y de público, sin embargo las testigos pidieron que solo se retiren a los imputados. Quizás esta sea una de las maneras que ellas encontraron para que, eso que les hicieron en el encierro salga de esa especie de 'oscurantismo' y se sepa. Se sepa de sus propias bocas, las mismas que fueron calladas por décadas de dolor y sometimiento.

RC contó cómo su cuerpo fue violentado desde el primer momento. Cuando irrumpieron en su casa, en marzo de 1975, la desnudaron y mientras le introducían una cachiporra le decían: “Qué lástima que esto no lo pueda ver Bulacio”. Ángel Tomás Bulacio, dijo RC, había sido secuestrado en enero de 1975. Luego fue trasladada a la ‘Escuelita de Famaillá’ donde los interrogatorios bajo torturas continuaron. Fue llevada al penal de Concepción, luego a la Jefatura de policía y finalmente fue recluida en el penal de Villa Urquiza. Allí vio a muchas mujeres cuyos nombres intentó recordar con mucho esfuerzo mientras cerraba los ojos, “Voy a imaginar celda por celda”, dijo y empezó a enumerar a las otras reclusas.

“Hijita, no se queje. Si es subversiva, bánqueselas”, contó que le dijo el ex juez federal Manlio Torcuato Martínez cuando la vio en el penal de Concepción. “Yo soy una de esas que fue reducida a servidumbre sexual por Marcos Fidencio Hidalgo. A la hora y las veces que él quisiera”, respondió cuando se le preguntó por lo que había vivido en Villa Urquiza. Marcos Hidalgo fue director del penal y los testimonios indican que solía estar secundado por un grupo de guardiacárceles a los que les decían ‘la patota de Hidalgo’.

La perversión del ex director de la cárcel tucumana y la ostentación de su poderío quedaron reflejadas en la escena que describió RC: “En su despacho tenía un colchoncito tirado en el piso, se sacaba toda la ropa, ponía el arma al lado y nos sometía”. “¿Nunca se le ocurrió tomar el arma?”, le preguntó a la testigo el defensor particular José Luis Chaván. Una pregunta objetada por el fiscal Pablo Camuña y a la que el presidente del tribunal calificó de improcedente.

AG, por su parte, contó que fue secuestrada el 5 de mayo de 1975. Señaló la hora exacta en que entraron a su casa quizás porque es uno de esos recuerdos imborrables. Pero de ahí en más el tiempo se hizo difuso. No tiene claro cuántos años estuvo en el penal de Villa Urquiza pero dijo que cree que fueron alrededor de dos. A su hermano Vicente se lo llevaron después que a ella y hasta la fecha permanece desaparecido.

Infancias sin infancias

Los recuerdos de la niñez se caracterizan por imágenes de rodillas raspadas, de pantalones rotos de tanto jugar, de manos sucias que tapan caras igualmente sucias pero sonrientes, de globos y tortas de cumpleaños, de risas, llantos y consuelos a esos llantos.

Ellos, Mirta y Elvio Ferreyra tienen recuerdos diferentes. Las rodillas que Mirta recuerda son las de su padre a las que ella se aferraba, con apenas tres años, para que no se lo llevaran. Sus manos, mientras declaraba, estrujaba un pañuelito de papel. Su mamá estaba embarazada y el día que nació su hermanito es una fecha que trae a la memoria más dolor. Esa fecha es referencia de cuando “volvieron a entrar a la casa”, porque no les alcanzó con llevarse a Alberto César Ferreyra, volvieron a saquearlos.

“Hay muchas personas que podrían haber declarado pero ya no están”, dijo Mirta, que reconstruyó los testimonios que fue recogiendo su abuelo a lo largo de una búsqueda que se llevó su vida. Una búsqueda que ella heredó y que continúa porque su papá es otro de los desaparecidos que fueron vistos en el penal de Villa Urquiza. Algunos ex detenidos, que estuvieron en el pabellón de ‘presos comunes’, hablaron con Alberto César Ferreyra. Él les había pedido que le digan a su familia que estaba allí adentro pero cuando su abuela fue a preguntar por él se lo negaron. “El señor Molina falleció. Él sí quería venir a declarar, él se acordaba de mi papá”, lamentó Mirta frente al tribunal.

Elvio Ferreyra no tuvo fiestas de cumpleaños. Le tocó nacer el  mismo día que cumplía años su padre. Llegada esa fecha el llanto, el dolor, la desesperanza eran las emociones que se recrudecían. Con nueve años se enteró lo que le había pasado a su papá e intentó quitarse la vida. Su hermana Mirta también tuvo un intento de suicidio. La muerte de su madre a manos de quien fuera su pareja (posterior a Alberto) significó más soledad. “Mis abuelos no pudieron ser mis abuelos, tuvieron que ser mis padres”, había dicho Mirta, que además destacó: “Ese hombre (el que asesinó a su madre) tuvo un juicio, estuvo preso. Mi papá no. Mi papá está desaparecido”.

Justicia, justicia, justicia

 Fotografía de Bruno Cerimele | Agencia Infoto

Fotografía de Bruno Cerimele | Agencia Infoto

“Que se haga justicia. Que se haga justicia. Que se haga justicia”. Tres veces hizo ese pedido SR (testigo de identidad protegida). Tenía quince años cuando fue secuestrada. “Hace dos días se cumplieron 39 años de mi desaparición forzada”, dijo la testigo. Y que la sobreviviente haya hablado del secuestro propio como una ‘desaparición’ no es un dato menor. “Me sentía una vieja”, fueron sus palabras cuando se refirió al momento en que fue puesta en libertad. Esos tres años presa, los abusos a los que fue sometida, el horror que le hicieron vivir, desaparecieron, tal vez, una parte importante de ella.

La declaración de SR fue tomada a través del sistema de videoconferencia. Al retirarse, la cámara que muestra la imagen de los testigos quedó registrando la silla vacía, esa en la que ella había estado sentada unos segundos antes. El audio no se había cortado porque en instantes declararía otra persona desde ese mismo lugar. El llanto desconsolado de la testigo llegó a través de los parlantes. El sonido gutural de ese llanto estremeció a los presentes.

SR pidió tres veces seguidas, casi mecánicamente, que se haga justicia. Mirta Ferreyra suplicó que esa justicia sea completa. La sustanciación de este juicio es ya un acto de justicia. Porque en estos debates orales la verdad contada en primera persona aparece casi irrefutable. La sentencia de un tribunal que escuchó y valoró las pruebas producidas es también una justicia deseada. “Que les den una sentencia y que después no los dejen salir. Es muy doloroso cruzarlos por la calle”, pidió Mirta. Y para esta cronista es inevitable pensar que el tercer pedido de justicia de SR tiene que ver con esto, con que un juicio y una sentencia no parezcan quedar en nada cuando son liberados aunque estén condenados

Nuevos testimonios se escucharán entre el martes 2 y el miércoles 3 de diciembre. El último mes de este décimo juicio por delitos de lesa humanidad estará atravesado de acciones de los organismos de Derechos Humanos en repudio a la excarcelación de los condenados en la megacausa Jefatura II Arsenales. Más de 100 hábeas corpus particulares fueron presentadas ante el juez Fernando Poviña que se suman al hábeas corpus colectivo de familiares y víctimas del terrorismo de Estado. Ante las negativas a las acciones que se vienen realizando la lucha continúa. Que la Cámara de Casación Penal deje firme la sentencia dictada en diciembre de 2013 será la próxima exigencia.