De militancia y despidos

 Fotografía gentileza de María Coronel

Fotografía gentileza de María Coronel

Sentada en la mesa de un bar María se da tiempo para combinar una merienda y atender esta entrevista. Hace un ratito llegó desde la localidad de Famaillá, a unos 35 km al sur de la capital tucumana. En la ‘ciudad de la empanada’ estuvo hasta hace poco menos de una hora trabajando en los preparativos de las actividades que se realizarán la semana siguiente en el Sitio de Memoria “La Escuelita de Famaillá”. María Coronel fue nombrada Coordinadora de este Sitio en agosto del 2015. Desde entonces, viaja con asiduidad para gestionar, planificar, limpiar, adecuar un lugar que la tenía a ella como único personal contratado. El 14 de enero de este año le llegó a su casa el telegrama de despido. Sin previo aviso. Sin ningún tipo de explicación, María se enteró que había quedado oficialmente desvinculada.

“La cara del cartero no me la olvido más. Porque es el cartero de mi barrio, sigue yendo pero ya no me mira a los ojos”, dice María mientras recuerda esa mañana. La noticia tuvo la ambigüedad de lo que ya se imaginaba y la sorpresa de lo que no se espera. “Yo me lo veía venir, pero me lo imaginaba un poco menos brusco de lo que ha sido”, comenta y explica que, viendo cómo se venían dando los despidos en diferentes áreas vinculadas a los Derechos Humanos, suponía que en cualquier momento le tocaría. “Pensaba que a lo mejor, como es el único cargo iban a consultar las funciones. Pero el mecanismo es al revés, despiden y luego van viendo a quién”, dice María mientras ríe. Ella es de esas personas que casi siempre ríe mientras habla. Quizás la manera de desdramatizar para hacerle frente a las adversidades, a los dolores y a las ausencias.

Al momento de la publicación de esta nota María Coronel todavía no fue oficialmente recontratada en su cargo. Su continuidad se resolvía, en teoría, la semana siguiente a aquel 14 de enero. Sin embargo, poco más de un mes después del despido, sigue faltando la última firma. Pero María sabe mucho de compromiso, de resistencia y de ganar espacios y derechos que no se ceden. “Aunque yo no tenga garantía de volver, yo sigo y voy a seguir trabajando porque lo siento como obligación personal, ya se me ha hecho un poco carne”, afirma la mujer que pasó más de la mitad de su vida luchando y militando. El trabajo que María venía realizando (y que sigue haciendo más allá de seguir despedida), es acompañado por una 'Mesa de Consenso'. Un grupo de personas comprometidas con la defensa de los Derechos Humanos y con las políticas de Verdad y Justicia. Ese grupo sigue firme junto a ella trabajando para que el ex centro clandestino de detención se convierta en un espacio de Memoria.

Cuando María habla de la militancia que le heredaron 'sus viejos' lo hace con un orgullo que conmueve. Ella los conoció más por recuerdos ajenos que por propios. Hija de José Carlos Coronel, asesinado por la dictadura cívico-militar en setiembre de 1976, y de Cristina Bustos, detenida desaparecida en 1977; nieta de “La Gringa”, una aguerrida Madre de Plaza de Mayo, siente que la militancia le vino en el ADN. Si bien está comprometida con su trabajo en la 'Escuelita' y encontró ahí otro espacio donde seguir militando, tiene claro que nada es tan simple y tan lineal y que a la hora de decidir cómo continuar sin un contrato, habrá que replantearse algunas cosas. “Hay una cuestión de derechos laborales por lo que no seguiría cumpliendo estas funciones ad honorem”, sostiene convencida. “Pero sí armar una estructura de trabajo para que empiece a funcionar porque ese lugar es nuestro. Luchamos mucho para que se lo reconozca como lo que fue”, aclara con la certeza de quien no está dispuesta a resignar espacios.

El despido de María se suma a una larga lista dentro del ámbito público como del privado que se dieron en los últimos meses. Para unos, es una muestra más de políticas de ajuste y de precarización laboral; para otros es la manera de depurar un Estado repleto de ñoquis. “Ser tratado como ñoqui es indignante", arremete, "pero más allá de eso da mucha bronca que la gente se compre ese discurso cuando vos estás viendo que no les importa a quién se despide”, asegura.

Quienes conocen a María no dudan en decir que es ‘una mina muy laburadora’. Quizás por eso, cuando la separaron del cargo y eso se hizo público, recibió un apoyo que superó sus expectativas. Desde las diferentes organizaciones sociales, la prensa, sindicatos y la Secretaría de Derechos Humanos de la provincia, entre otros organismos y organizaciones, salieron a difundir y a repudiar su despido. “No es que para que algunos se queden contentos están corriendo a los kirchneristas, no es así”, dice con más dolor que enojo. “Están tomando criterios como estos: ‘agarrame los contratos de los últimos seis meses y correlos a todos’. No hay una apreciación de los lugares y las funciones”, agrega y pone en tela de juicio el discurso de que solo se trate de una persecución política.

El panorama se presenta desalentador para muchos organismos y militantes de esta y otras áreas. Más allá de las medidas tomadas, lo que existe es temor por lo que pueda pasar y la incertidumbre genera tensiones difíciles de sobrellevar. Pero para María el panorama no es tan oscuro, “Yo, a la defensa de estas políticas, no me la imagino complicada”, dice con una tranquilidad que puede desconcertar. “Es que no estamos defendiendo políticas de 12 sino de 40 años”, argumenta la mujer que aprendió a enfrentar las adversidades y a no resignar ningún derecho. “Yo no estoy defendiendo un gobierno en particular. Estoy defendiendo una política de Derechos Humanos que la venimos peleando hace mucho y que hoy tiene una base sólida”, afirma.

María no escatima críticas a la militancia de la que es parte. Habla de la necesidad de formación, de no repetir consignas sin terminar de entender de qué se trata, de la necesidad de ser más propositivos y no esperar una figura mesiánica. “Somos, como militantes, muy seguidores y muy poco constructores, me parece que modificar ese perfil del militante es necesario para construcciones más serias y profundas”, dice como reflexionando en voz alta. A la generación del ‘algo habrán hecho’ le siguió la del ‘no te metás’ y la militancia, estigmatizada en la década del 70, lejos de desaparecer fue tomando fuerza. El regreso y el fortalecimiento de la democracia fue el contexto propicio para que miles de jóvenes se encuentren y se reconozcan como militantes. María replantea ese compromiso pensándolo más allá: “Creo que es una buena oportunidad para revisar las cosas y hacerlas de vuelta; el tema es cómo viene el compromiso. Yo todavía veo mucha gente sacándose muchas facturas, y en lo propositivo quedando a mitad de camino”.

María Coronel es una despedida más, pero, paradójicamente, María no es una despedida más. Es alguien que se reconoce y se muestra orgullosamente militante, con una familia atravesada por las más grandes alegrías y amores y por los más grandes desgarros en nombre de esa militancia. Quizás su desvinculación esté relacionada con esa actividad que estructura su vida. Posiblemente, su retorno al cargo también se vea impregnado de su militancia. Porque se trata de una mujer que no entiende otra manera de luchar por lo que cree justo si no es a través de su ser militante. Porque, además, pone mucho ahínco en su formación, en la visión crítica, y en el trabajo con y para los otros. Desde ese lugar, María hace añicos cualquier estereotipo y hace evidente que ningún despido cuyo único sustento es el prejuicio, es justo.