Aniversario de lucha I: Pozo de Vargas

Fotografía: Ignacio López Isasmendi.

Fotografía: Ignacio López Isasmendi.

“Allá, a fines del 2001 llegamos por primera vez a este campo y no había ninguna evidencia de la existencia de un pozo. Solo los testimonios, los comentarios”, dijo Víctor Ataliva parado frente al Pozo de Vargas. ‘El Chino’, le dicen a Víctor. Y es parte del equipo de arqueólogos que trabajan en la extracción de restos óseos en ese lugar: un pozo de agua utilizado durante la última dictadura cívico militar como un sitio de inhumación clandestina. El Chino improvisó unas palabras para el puñado de familiares que se habían reunido el miércoles 24 de abril en El Pozo. Se había previsto un acto simbólico con la presencia de familiares y militantes, pero el tiempo inestable hizo que se suspendiera. La necesidad del encuentro y el abrazo, ese que da fuerzas para seguir peleándola, hizo que varios llegaran.

Fotografía: Ignacio López Isasmendi.

Fotografía: Ignacio López Isasmendi.

En el 2002, un 24 de abril, empezó la excavación. La exhumación de cada pedacito significó recuperar la Historia y las historias. Hoy, 17 años después, ciento once víctimas del terrorismo de Estado fueron identificadas. Ciento once familias pudieron saber cuál fue el destino de esa persona a la que buscaron por más de 40 años, y el 24 de abril fue una excusa para agradecer el trabajo que viene realizando a lo largo de todo este tiempo el Colectivo de Arqueólogos Memorias e Identidades de Tucumán (CAMIT). “Nosotros aprendimos de ustedes que nunca se trató de una intervención de arqueología forense sino de recuperar las trayectorias de vida de las personas que fueron arrojadas aquí”, dijo el Chino Ataliva y, dejando claro que este trabajo trasciende a todo el equipo de arqueólogos, agregó: “Para nosotros es un gran reconocimiento que ustedes estén aquí a la par nuestra. Nosotros estamos aquí trabajando porque ustedes estuvieron siempre acompañando y apoyando este trabajo. Y hoy es importante que este pozo no solo sea eso para lo que lo usaron, sino que sea reconocido como un sitio de memoria”.

Fotografía: Ignacio López Isasmendi.

Fotografía: Ignacio López Isasmendi.

El acto improvisado siguió con una presentación de cada uno de los que habían asistido. “No nos conocemos todos, así que digamos nuestro nombre y por qué estamos acá”, dijo Josefina Molina, hija de Dardo Molina cuyos restos fueron identificados en 2014. Cada uno fue contando su propia historia y la del hermano, tío, cuñada, padre: aquel del que una vez no supieron más hasta que una notificación no les dejó dudas de dónde había estado durante los últimos 40 años. “Nosotros, los familiares, hemos tenido los restos de nuestros de familiares aquí durante tantos años, así que de alguna manera estamos más que conectados y muchas veces nos sentimos hermanados”. “En otras oportunidades yo había venido a acompañar a los compañeros aquí al Pozo y jamás me imaginé que iba a estar acá”.“Si bien el tema es doloroso, los familiares hemos sabido cambiar el dolor, que te quita fuerzas y transformarlo en fuerza mayor”. Las palabras de cada uno de los familiares terminaban con un abrazo o un aplauso que le daba forma a esa fuerza de la que se nutre la lucha.

Ya sobre el final, una de las asistentes sacó de una bolsa un cartel con siluetas de colores, impermeabilizadas artesanalmente para que resistiera lo más posible el paso del tiempo. Se lo entregó a los arqueólogos y posaron juntos para registrar el momento.

“Nos falta poco para culminar pero lo más importante es que ante esos discursos negacionistas, este lugar es la prueba contundente de que existió una política sistemática para perseguir y exterminar a determinadas personas por sus lazos de solidaridad, por su militancia política, gremial y sindical”, había dicho Víctor Ataliva.

“Gracias CAMIT, que hicieron posible ese logro tan imposible que este pozo no sea el olvido, sino la memoria. Y aquí, en este sitio de memoria, entre todos nos damos fortaleza”, dijo Roxana Arias en lo que fue el final de un acto para recordar.