Salir del silencio y decir basta

 Fotografía de César Cura | Colectivo La Palta

Fotografía de César Cura | Colectivo La Palta

Al sudeste de la provincia de Tucumán, en el departamento de Simoca, una pequeña localidad se caracteriza por su pobreza y por el abandono. Los habitantes de Villa Chicligasta esperaron durante años que un poco de los avances que el mundo ofrece les toque de alguna manera. Poco y nada del tan mentado desarrollo les ha llegado todavía. Lo que sí llegó fue el hartazgo. Ante tanta desidia el pueblo dijo basta y decidió cortar la ruta y tomar la comuna exigiendo algunos de los derechos negados. Esto ocurrió la última semana de setiembre. Un mes después las cosas parecen que van a tomar un nuevo rumbo.

Durante esos días de ‘toma’, los vecinos eligieron cinco personas para que integren la ‘mesa de gestión’. Esa mesa es la encargada de exigir y controlar que los reclamos sean escuchados y las promesas se cumplan. Entre los cinco miembros de la comisión se encuentra Walter Albarracín, que no duda en decir que sin las medidas tomadas nada se hubiera conseguido. Es que los años de espera y el olvido por parte de las autoridades fue una constante a la que parecían haberse acostumbrado.

Durante tres años los habitantes de Villa Chicligasta esperaron contar con una ambulancia. El camino de apenas 13 kilómetros que une el pueblo con la ruta 157 nunca fue pavimentado. La asistencia de los chicos a la escuela tiene más obstáculos que posibilidades. Y estos tres puntos, tan básicos, simples y elementales, fueron los ejes de los reclamos de los pobladores. “Una ambulancia es lo que más pedíamos y por suerte, por ahora, tenemos una”, dice Albarracín, que junto a más de un centenar de vecinos tomaron la comuna. “Acá lo que vino pasando es que no había soluciones”, afirma y describe las angustiosas condiciones en las que viven.

“Los chicos no tienen cómo ir a la escuela. Son 8 kilómetros los que tienen que caminar y vos viste los calores que hacen”, se lamenta y explica por qué piden un transporte escolar. Mientras Walter habla, uno imagina a esos chicos recorrer esos 8 kilómetros caminando para llegar a un aula que ni siquiera tiene ventiladores, y entiende por qué los docentes se bajaban en la ruta y apoyaban el corte que realizaban los vecinos.

Los manifestantes pidieron, también, que el delegado comunal Mario Castro no regrese a hacerse cargo de la comuna. “La bronca que había era que a él le dieron 30 mil pesos para invertir en los transportes en el mes de marzo y no se hizo nada”, denuncia Walter. Tanto él como el resto de los vecinos esperan que el Tribunal de Cuentas investigue el manejo de los fondos porque, según advierten, son muchas las inversiones que no se hicieron. Sobre el comisionado pesan algunas sanciones por su accionar poco claro en cuanto a la administración de la comuna y sus fondos.

Después de todas las quejas en contra de Castro y de la licencia que este debió tomarse tras las medidas de fuerza de los vecinos, el jueves firmaron un acta acuerdo. La mesa de gestión aceptó que el delegado comunal continúe en su cargo con la condición de que se cumpla con los reclamos. “Por el momento, como le dijimos al ministro, lo vamos a apoyar (al delegado Mario Castro) pero si él no soluciona los demás problemas, el corte vuelve”, advierte Albarracín.

“A los vecinos les diría que nos quedemos tranquilos, que tratemos de ver que Chicligasta salga adelante”, sostiene Walter que junto a Roberto Rojas, Manuel Medina, Rosa Ruiz y Cristina Cata fueron elegidos por los vecinos para garantizar que el pueblo más postergado entre los postergados empiece a ser escuchado.

Un mes después de haber decidido realizar acciones para visibilizar los problemas que atraviesan la vida cotidiana de Villa Chicligasta, la esperanza aparece entre los vecinos. Acostumbrados a las promesas incumplidas, esta vez los lugareños decidieron estar atentos y no caer en el engaño. Con la convicción de dejar un mejor pueblo para las futuras generaciones, con el deseo de que la vida se haga más llevadera en un lugar sumido en la pobreza y con la certeza de que si no los escuchan volverán a gritar, los pobladores de este rincón tucumano se mantienen alerta y esperanzados.